Jueves 9 Marzo 2017
La Columna

El Papa Joven

buscando a syd

— Maurice Echeverría

La serie The Young Pope, de Paolo Sorrentino, nos coloca enfrente a un memorable Jude Law, que hace aquí de Papa gringo, de Papa joven, y de Papa autoritario, un Papa que es a la vez falso y verdadero, y con quien las audiencias televisivas ateas y las católicas conectarán por igual.

Es porque The Young Pope nos abre la puerta al corazón de la Iglesia, la alta y la otra. Una tarea que no pudo ser sencilla, porque el Vaticano no necesariamente es la institución más abierta del mundo. El reto entonces fue retratarla por dentro, pero desde fuera, a través de lo que termina siendo una hagiografía delirante.

Poderosas descripciones de los ambientes físicos del Papa –en este caso, inventado– pero además un sondeo de sus imprevisibles atmósferas subjetivas. Nuestra serie empieza con la llegada de Lenny Belardo, Papa Pío XIII, el nuevo dueño del changarro papal (nuevo en el sentido de inédito, y nuevo pues por joven) entregándonos, en flashbacks, las vicisitudes de su infancia, y en presente sus demonios interiores y fricciones con el establishment vaticano. Todo relevo de Papa es ya difícil, pero este es ya absurdo.

Una pieza narrativa que siendo tan clara está cubierta de esa bruma imaginal sorrentiniana, ese profundo onirismo suyo, lo que en otro lado he llamado su surrealismo seráfico. Una narrativa simbólica, realmente, porque Sorrentino es un gran maestro del símbolo, lo cual le da fuerza poética y esotérica a todo lo que hace. Pero el símbolo no sustituye la palabra (ni el silencio, para el caso) que es usada con enorme virtuosismo y contundencia –Sorrentino es el dialoguista más exquisito. La mirada culta y enterada del director genovés, grave, numinosa, pero también maliciosa y humorística, penetra las intimidades de sus personajes, con toda suerte de comentarios, de insights estéticos. Es lo que uno espera del cineasta europeo más clásicamente europeo que hay en este momento.

Sabemos sí que Sorrentino es el rey del esteticismo, y lo que otros hacen muy bien, Sorrentino hace con la sensibilidad de un ángel. Este lenguaje suyo no descuida un color, un hilo narrativo, una palabra.

Maestro del detalle, altamente visual, altamente auditivo, altamente audiovisual y narrativo, nos ofrece todo el tiempo imprevistas soluciones de cámara, que lo dejan a uno con la boca abierta, cromatismos exuberantes, formidables perspectivas, drapeados deraccords, un soundtrack sin competencia (quien diga otra cosa será quemado en la hoguera) y una miríada de frases apodícticas y necesarias.

Ya la introducción de la serie –con el meteoro viajando a la par del Papa, de cuadro en cuadro, y cayendo por fin en Juan Pablo Segundo, homenaje a La Nona Ora– nos introduce a full a esta formidable atmósfera sorrentiniana.

Es como una ópera complejísima, con una puntuación muy elaborada, pero no sofocante tampoco, una ópera infinita en donde un Dios omnilatente estuviera pendiente de todos y cada uno de los instrumentos.

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