Jueves 5 Enero 2017
La Columna

Medio en forma

buscando a syd

— Maurice Echeverría

Eso del ejercicio está bien pero tampoco tanto.

Por supuesto, hay una poderosa razón para hacer ejercicio y es la de mantener el cuerpo saludable. Como muchos, tengo la superstición de que si hago ejercicio no voy a descomponerme violentamente, sino de a poquito. Y sin embargo nadie, por mucho ejercicio que haga, está exento de la metástasis o de morirse en un accidente vial o de que le caiga un piano encima, mientras cruza la calle. Por tanto, no me clavo. Está bien cuidar el instrumento de la vida –el cuerpo– pero no me interesa perder la vida cuidando el instrumento. Y desde luego está el hecho de que este cuerpo se va sí o sí, así que invertir demasiado tiempo y energía en salvarlo me parece pírrico, a ratos estúpido.

No quiero dar la impresión que no tengo amor propio. Lo tengo. Yo me amo. Yo me mimo. Un poco. Tengo ese rato en la mañana antes de bañarme, y ese rato me lo regalo, a veces, a mí. Lo uso para hacer ejercicio y algo de chi kung. Nada estrafalario. Una calistenia básica, más bien ridícula, cosa de poner el cuerpo a funcionar, no abandonar completamente el corazón, afirmar ligeramente los músculos, no perder la flexibilidad, despertar la energía. Pero desde luego no soy un engasado. No como esas personas que no se pierden un día de workout. Adelgazar, verse bien se torna un compromiso inderrumbable. En lo personal siento que hay que autoamarse, cómo no, pero sin exagerar. Y es que además estar gordo no es crimen. En mi caso, siempre estoy levemente gordo, me vale. Si quisiera no estarlo, me quitaría el pan y ya. Mi cuerpo es así de noble. Pero no me quito el pan y no me quito el helado, aunque admito que órganos y silueta podrían apreciar el gesto.

Desde luego, hay razones culturales para hacer ejercicio. Desde la ventana, los veo, a los corredores, tan mañaneros, tan respetables, en la ciclovía, que como se sabe va a dar al infinito. Son los privilegiados del sudor. Los que sudan por ocio y por salubridad. Y por mercado. En efecto, hay una vasta plaza económica para el fitness, que mezcla texturas motivacionales con una explosión de drogas corporales, creando una poderosa industria de retail y servicios. Y formulando lo que solo cabe llamar así: un culto. Así como se habla de iglesias religiosas o políticas hay iglesias musculares y cardiomusculares.

No es que quiera satanizarlos, a esos fitness freaks. La vida es dura. Si no estamos en forma, nos va a tumbar. Cada uno de nosotros tenemos retos personales, para los cuales necesitamos una ancha cuota de vitalidad y fibra. Y colectivamente, ya ni digamos. El 2017 va a ser impúdico y desgraciado, para todo el orbe. Es un hecho. Los conflictos van a ser delirantes. Una armada de zombis atacará los continentes. Salió en Wikileaks. Más vale estar un poco constituidos, digo yo. Y raparse, a lo Travis Bickle, el pirado de Taxi Driver. Pero de otra parte no es la primera vez que una armada de zombis ataca la humanidad: ¿qué sentido tiene pues el inmaculado six pack?

Esta columna la he escrito para decirles que mi propósito para este año es ponerme medio en forma, pero no más.

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