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La Columna

La paz esté con nosotros

Lado b



Luis Aceituno

2017-1-3


De la firma de los Acuerdos de Paz tengo algunos recuerdos desordenados en la cabeza. Pasaron ya 20 años, los suficientes para que ese acontecimiento que pensamos capital en la Historia de este país, y en nuestras vidas, comience a convertirse en retórica y olvido, en un acto protocolario que se celebra de oficio, sin entender mayor cosa de su significado. Tal vez porque estas dos décadas resumen en sí mismas nuestra imposibilidad de crear una sociedad mejor y la paz solo signifique uno más de nuestros proyectos fallidos. La paz, por supuesto, no es solo la ausencia de una guerra declarada, supone nuevas maneras de relacionarse y de afrontar los conflictos, nuevas maneras de vivir en comunidad, nuevas formas de concebir el pasado y el futuro. Los únicos que pueden defender la guerra son aquellos que se beneficiaron de ella, los que convirtieron la sangre de las víctimas en una fuente de beneficio económico. Para todos los demás, vivir en paz será siempre mejor que vivir en guerra, aun cuando, con lujo de cinismo, se pueda afirmar lo contrario.

Soy poco dado a celebrar acontecimientos nacionales, no compro banderas para el 15 de septiembre, ni quemo cohetillos cuando la Selección Nacional de fútbol logra milagrosamente ganar un partido. Pero la firma de los Acuerdos de Paz, confieso, la viví con cierto estado de ansiedad, a ratos parecido a la euforia. Se cerraba, al menos simbólicamente, una etapa de mi vida que yo creía definitiva. Había crecido en un país en donde el peso sobre la libertad individual y colectiva era asfixiante, en donde expresar opiniones llegó a convertirse en delito. En donde se castigaba con tortura y muerte cualquier indicio de disidencia, ya no digamos de rebelión frontal hacia el poder establecido. En donde la dictadura militar llegó a mostrar una crueldad sicópata contra gente que no podía defenderse. En donde se asesinó, se masacró, se arrasó, se saqueó en nombre de la seguridad nacional y los valores patrios. Un país que exterminó a lo mejor de su juventud en vez de protegerla. Que condenó a las generaciones por venir a la ignorancia, la miseria y la violencia. Que, por primera vez en su Historia reciente, Guatemala fuera capaz de anteponer el diálogo a las balas, la civilización a la barbarie, los acuerdos y las negociaciones a la confrontación sangrienta, era algo que nos enaltecía como sociedad y que despertaba esperanza.

La paz se logró y ha sido uno de los acontecimientos más luminosos de nuestra historia. Negarlo no es necesariamente una traición a la patria, pero sí a nosotros mismos, es reconocer que como colectividad estamos perdidos, que somos un error del sistema, un ente monstruoso y autodestructivo. Lo que falló no fue la paz, sino que como sociedad dejamos en las manos de los sectores más corruptos y reaccionarios la construcción de la democracia. Nosotros nos limitamos a votar por una serie de impresentables cada cuatro años y creímos que con eso saldábamos nuestra cuenta. Los resultados dos décadas después están a la vista o apretujados en las cárceles del sistema. Nosotros, la generación del cambio, de la posguerra, del futuro, del nuevo milenio, estábamos demasiado ocupados adaptándonos al nuevo orden económico mundial, a las tendencias y modas de la posmodernidad, a las revoluciones tecnológicas, que se nos olvidó presionar por un país que nos incluyera a todos sin excepción. La democracia es el sistema más imperfecto que podamos conocer, pero es lo que tenemos. Lo demás, ya lo sabemos, se parece demasiado al horror.


Luis Aceituno

2017-1-3

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