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    Guatemala, domingo 09 de diciembre de 2012

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    DOMINGO

    Rigoberta, la líder que no fue

    Veinte años después de recibir el premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú no se considera una líder indígena. ¿Acaso el pueblo maya necesita un héroe?, se pregunta. En dos décadas caben muchas buenas experiencias, muchos logros, pero también muchos reproches. Mientras ella dice misión cumplida, otros se lamentan por lo que pudo ser y no fue.

    Hace veinte años Rigoberta Menchú cruzaba el océano con la medalla más importante del mundo. Pero no volaba a su país, sino al vecino, a un exilio que ya muchas veces había tratado de cortar. La medalla nunca vio tierra guatemalteca (sigue en México) pero ella sí volvió, cumplió un sueño que llevaba años acariciando. “En ese entonces me parecía imposible regresar a Guatemala”, dice mientras acomoda su largo cabello en una cola; no ha podido disimular las lágrimas. Recordar ese tiempo, cuando sentía que lo tenía todo, que era capaz de tragarse al mundo pero no de vivir en su propio país, le produce cierta nostalgia. Rigoberta Menchú nunca ha escondido sus lágrimas. Ni las esconde ahora, cuando lo más duro pasó. A principios de este año falleció su hermana menor y en el sepelio Menchú lloró de una manera distinta, lágrimas de dolor y de paz, ya que era la primera vez que podía enterrar a un familiar cercano. La primera vez que era la naturaleza la que decidía la muerte y no una mano asesina, como la que le arrancó la vida a sus padres y a su hermano.

     

    Ganar el premio no fue, sin embargo, el fin de una lucha, ni el inicio de tiempos de tranquilidad para Rigoberta Menchú. El reconocimiento mundial no significó el reconocimiento de sus compatriotas. Más de veinte doctorados entregados por universidades prestigiosas en el mundo no sirvieron para que toda Guatemala se enorgulleciera de ella. Las críticas y los ataques no terminaron. Ni terminan.

     

    “Ella llega a cualquier país del mundo y le creen. Ella viene a Guatemala, habla en cualquier tarima y no le creen, y no solo no lo creen sino que le lanzan insultos”, dice Manuel Conde, que en 1992 era presidente de la Comisión de Paz. “Tuvimos un Premio Nobel de literatura que no pudo vivir en su país y optó por vivir fuera. Nos legó su obra pero no pudo hacer mucho para que los guatemaltecos que no sabían leer aprendieran. Tenemos una Premio Nobel de la Paz que no logra hacer mucho por la reconciliación y por la consolidación de la paz. Eso, como sociedad, nos tiene que llamar a una reflexión profunda”.

     

    No fue la líder que muchos imaginaban que sería “Cuando ganó el Nobel todo el mundo esperaba de ella liderazgo –dice Mario Roberto Morales, académico– pero no lo tiene. Ella creyó que su condición simbólica era suficiente, que con eso iban a seguirla y a votar por ella. Pero no fue así. El concepto de pueblo indígena que se tiene fuera de Guatemala es un concepto compacto, que aquí no existe. Aquí los K’ich’e y los Kaqchikel se odian más que los ladinos y los K’ich’e. Sin embargo, yo creo que un liderazgo político puede borrar esas cosas. Pero ella no lo tiene, no es Evo Morales y eso hay que aceptarlo. A veces creo que hasta es improcedente exigírselo, porque el líder político es un líder nato”, agrega. Ella también piensa que es improcedente exigírselo, no porque no lo tenga, sino porque nunca se lo propuso. Ser líder nunca fue su misión.

     

    “Los mayas, mis ancestros, nunca tuvieron apóstoles que los salvaran, no tenemos esa visión, no tenemos profetas en nuestra constitución espiritual, no hay héroes –explica–, más bien la fuerza de la lucha colectiva, de la gente por su dignidad. Si el pueblo ladino, que tiene las instituciones y el poder económico, no tiene un héroe, ¿por qué tendrían que tener un héroe maya? ¿Por qué el pueblo ladino tiene 26 partidos y no uno solo? ¿Por qué un pueblo que tiene el mismo idioma y la misma visualización del país del que se ha servido año tras año no está unido? ¿Será que la propuesta de unidad que se le quiere poner a las pueblos indígenas es un estigma? Nosotros los mayas no estamos exigiendo que los ladinos tengan un solo vocero, sería un error”, reflexiona.

     

    Hay quienes piensan, por el contrario, que ella sí pudo ser líder, una voz unificadora. “Pudo haber tenido más éxito jugando un rol como premio Nobel de la Paz en una sociedad dividida”, piensa Conde, “pudo haber sido una articuladora más efectiva, la gran voz de la reconciliación nacional. Nada legitima más a alguien que quiera la paz que haber sido víctima de la intolerancia y la violencia. Muchos asumen ese rol sin haber pasado por esa experiencia, pero cuando se asume ese rol y se ha vivido la violencia en carme propia, eso legitima más a cualquier persona. Ella pudo haber jugado ese papel, primero por su propia vida, y segundo, por la investidura del premio Nobel”.

     

    Para el sociólogo Arturo Taracena,, “la responsabilidad de no serlo (líder) va más allá de Rigoberta, aunque ella es la principal protagonista. Sigue teniendo liderazgo en un sector de la sociedad guatemalteca y en el combate por parte de los indígenas para que se ponga fin al racismo y a la subalternidad en que han sido colocados a nivel continental”. El racismo que sufre Guatemala dificulta terriblemente su camino, “para el mundo racista guatemalteco, la humillación más grande es que una mujer indígena sea Premio Nobel”, recuerda Miguel Ángel Sandoval.

     

    En su casa, en Mixco, su voz se confunde con el canto de los pájaros, las ramas de un árbol se mueven con el viento y opacan al sol que cae en su cara. Han grabado en su rostro una sombra tenue que atraviesa su ojo derecho y una luz que le ilumina el izquierdo. Rigoberta es así, es una mujer de sombras y de luces.

     

    Luces

     

    Otilia Lux es categórica: “Si Rigoberta no hubiera movido a la comunidad internacional y la comunidad internacional no pone sus ojos en Guatemala, hubiera sucumbido el pueblo maya, hubiera significado la extinción total. Por eso estamos muy agradecidos con ella”. Rigoberta Menchú era casi una niña cuando empezó a denunciar lo que estaba pasando en su país. Tenía 19 años cuando secuestraron, torturaron y asesinaron a su hermano. Un año después su padre murió en la quema de la Embajada a España; más tarde perdió a su madre a manos del Ejército. Su país le arrancó a su familia y la expulsó a México, a un exilio largo y doloroso. No se quedó callada, no renegó de su desgracia y se lanzó a llorar. No cruzó los brazos. Rigoberta denunció, gritó lo que estaba pasando en Guatemala y empezó una lucha por los derechos de los pueblos indígenas que no ha terminado y que la llevó al Nobel.

     

    Ya investida con el Nobel hizo un intenso trabajo internacional en pro del reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas. Trabajó en el grupo que consiguió, en 2007, tras años de esfuerzo, la Declaración Universal de los Pueblos Indígenas de la ONU. “Rigoberta ha hecho una enorme labor en ese tema y los indígenas del mundo se lo reconocen”, dice Lux. Su lucha por la justicia es muy importante. “Ella ha buscado justicia para los que cometieron genocidio”, agrega.

     

    Ser pionera en la participación política de los pueblos indígenas es otra de sus batallas ganadas. “Encabeza el primer partido indígena de este país. Se dice fácil pero no lo es”, recuerda Sandoval. “Antes no hubo un solo candidato indígena a Presidente y eso no se puede disminuir”.

     

    “Desde los años setenta queríamos hacer un partido político indígena y no lo habíamos logrado. Hubo uno antes que se llamó Frente Indígena Nacional, en el tiempo de Lucas García, pero era muy difícil y se disolvió. Y fue hasta ahora, que nació Winaq, que se cumplió ese sueño. Desde 1985 hasta ahora, diez mujeres mayas hemos sido diputadas. Cuando se recibió el premio Nobel no había mujeres mayas en el Congreso, hubo una en 1985, pero después ya no hubo. En 1996, después del premio, entraron dos. El premio contribuyó a que encontráramos más espacios”, opina Lux.

     

    Si bien ya existe la opción de un candidato indígena en la papeleta, todavía no consigue votos. En la pasada elección Menchú recibió poco más del 3 por ciento de los votos. Pero eso, a criterio de Sandoval, no tiene que ver con falta de liderazgo, “Rigoberta o yo podríamos ser Presidentes del país si tuviéramos Q200 millones. En Guatemala no hay elecciones democráticas, hay subasta de gente con plata”.

     

    Ella se siente orgullosa de haber llevado el caso de Ríos Montt a España, de haber formado la Asociación de mujeres Moloj y de haber puesto sobre la mesa temas incómodos para muchos. “Si me hubiera quedado en un trabajo más altruista, como también tuve la oportunidad de hacer, yo podría ser un personaje generoso, que no se mete en política, que se queda buscando el protagonismo de una alfombra roja, que escribe de vez en cuando algunas ideas románticas; habría sido distinto mi escenario y habría sido más complaciente. Y aquí en Guatemala el light tiene viabilidad”, reflexiona la premio Nobel. “La confrontación, el que se precipiten los temas sobre la discriminación, no gusta, hay una agenda contundente y yo de eso me siento orgullosa y eso es lo que voy a hacer mientras viva. Otros evaluarán, a mí me toca actuar y no puedo actuar a medias, es mi rol, es mi misión y es lo que voy a hacer”.

     

    “Es de reconocer su tenacidad, su esfuerzo sostenido. Criticó mucho la falta de libertades y condiciones para la participación y el ejercicio político. Y ahora formó un partido y recorrió el país entero y eso es evidencia real de que hemos superado eso que ella denunciaba, esa falta de condiciones para la expresión y participación. Es un paso importante y ella es testimonio vivo de eso”, piensa Conde.

     

    Sombras

     

    En su libro Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia la premio Nobel habla de la pobreza de su familia, asegura que nunca pudo ir a estudiar y que un hermano menor murió de desnutrición, entre otras cosas. El investigador David Stoll descubrió que no todo era real, mucho había sido exagerado. Un reportero de The New York Times encontró en Guatemala a Nicolás Menchú, el hermano que supuestamente había muerto de desnutrición: estaba vivo y bien. Halló también a varias monjas del colegio Belga que aseguraron que Rigoberta estudió en la capital y que, por lo tanto, no hubiera sido posible que trabajara todo el tiempo en una plantación de café como dice el libro. Eso debilitó fuertemente su imagen. En 1999 tuvo que reconocer que confundió algunas cosas en su biografía y que aunque no le pasaron a ella, sí le sucedieron a personas cercanas. Para nadie es un secreto que cientos de niños murieron de desnutrición y que cientos trabajaban en plantaciones de café sin posibilidad de ir a la escuela. Que no le hubiese pasado a ella no significa necesariamente que sea mentira.

     

    Incluso se llegó a cuestionar si le retirarían el premio. No fue así, el comité sueco aseguró que el galardón no se lo entregaron por el libro, sino por su lucha a favor de los derechos humanos.

     

    A criterio de Mario Roberto Morales, otra de sus sombras fue que “se volcó fuera de Guatemala y descuidó lo interno. Hizo algunas cosas que consiguieron que mucha gente la repudiara. Primero le cambió el nombre a su Fundación, que en un principio se llamaba Vicente Menchú. Después hubo un escándalo por un depósito que le hicieron por error y que ella no quería devolver, quería que se lo dejaran como donación. El asunto de las pruebas nucleares en Francia en el atolón de Mururoa: mucha gente se opuso y ella guardó silencio porque Madame Mitterrand había sido clave para el Nobel. Cuando medio mundo se vuelca a favor de los zapatistas, Rigoberta calla porque ella tenía una buena relación con el PRI. Su incursión de empresaria farmacéutica y aparecer con las vedetes mexicanas vulgarizó su imagen, la rebajó a la publicad. Y creo que todo se reduce a su soberbia”.

     

    Para Conde, un desacierto fue que nunca cambió el discurso acusatorio que mantuvo antes del Nobel. “Ella nunca perdió la actitud de señalar, de responsabilizar, y eso también va debilitando a un Nobel –dice Conde. Si Nelson Mandela hubiera mantenido una posición acusatoria, de señalar, de buscar venganza, no sería el personaje mundial que es, con esa autoridad frente a su pueblo y ante el mundo. Él antes que ir a buscar el reconocimiento del mundo logró encontrar el respaldo de su propia sociedad. Rigoberta es una mujer que ha demostrado su tenacidad para mantenerse en su esfuerzo personal, y creo que todo ese esfuerzo y energía habría servido mucho a la reconciliación nacional. Pudo haber hecho más en estos 20 años y sin duda también merecía más de vuelta. Creo que se quedó corta en algunas acciones, pero también creo que sus adversarios han sido drásticos con ella”.

     

    No hay una actitud de perdón en Rigoberta, ella lo deja claro: “Yo no comparto un perdón en abstracto, yo perdono cuando la persona pide perdón, y hasta la fecha, de los grandes crímenes que se cometieron con mi familia, nadie me ha pedido perdón. ¿Por qué habría de perdonar si el que necesita de mi perdón no me lo pide? Si alguien me dice perdóneme, entonces tomaré mi tiempo para asimilar la petición y trataré de iniciar un proceso sobre la base real y no en una abstracción”, cuenta.

     

    Se siente satisfecha con su trabajo y no le da mucha importancia a las críticas. “Hay personas que dicen que yo no he sabido usar correctamente el premio Nobel; y yo dije: ‘Cuando tengan uno, que me enseñen cómo se hace’, nada más. Yo he aprendido cómo lo hizo Mandela, cómo lo hizo Martin Luther King y no se compara con lo que yo humildemente puedo hacer, porque primero tengo otro contexto, otra época y otras limitaciones. Pero de otro premio Nobel aceptaría que me dé una lección, si hay un compatriota guatemalteco que tiene un premio Nobel y lo hace mejor que yo, pues lo voy a respetar”, concluye.

     

    Un premio que dividió

     

    El premio dividió. Incluso antes de que lo entregaran. En un país en guerra, el hecho de que una mujer que participaba en uno de los bandos recibiera una distinción tan importante incomodaba. “Fue tan fuerte el impacto que tuvo, aun antes de que se lo dieran, que Jorge Serrano y la derecha guatemalteca quisieron hacer un esfuerzo desesperado de lobby internacional para promover a una señora que hacía caridad, todo porque el gobierno sabía que un premio Nobel a una persona de la oposición iba a ser de mucho peso. Los reflectores iban a estar sobre Guatemala”, explica Miguel Ángel Sandoval. Y así fue, la atención internacional se volcó hacia un país en donde se cometían crímenes contra los derechos humanos. 

     

    Eso sirvió, a criterio de Otilia Lux, para crear un escenario en el que por fin se hablara de los derechos humanos de los pueblos indígenas, “la guerra había estado muy fuerte y no habíamos tenido oportunidad para crear un movimiento en pro de los pueblos indígenas, y ese premio nos abrió la puerta”, opina.

     

    El premio estuvo detrás del Acuerdo sobre Identidad y Derechos de los Pueblos Indígenas. “Si bien ya había avanzado muchísimo el acuerdo, hay que decir que el Nobel vino a forzar esa identidad, multicultural, multiétnica, multilingüe, en la agenda de los acuerdos de paz”, opina Rigoberta Menchú. Sandoval piensa que “si no hubiese habido ese impacto internacional, en Guatemala se hubiera hecho cualquier cosa menos ese acuerdo tan bonito que tenemos, se hubiera hecho un acuerdo que dijera que los pueblos indígenas se bañen y quién sabe qué barbaridades más”.

     

    Pero a criterio de algunos analistas, esa atención del mundo sobre Guatemala no fue necesariamente algo bueno para los pueblos indígenas. “Desde 1982 la guerra estaba perdida –explica Mario Roberto Morales–, era imposible ya, no digamos una victoria, sino al menos llegar siquiera a un equilibrio de fuerzas con el Ejército. De manera que lo que había era un simulacro de guerra, en el que había muertos, y ambos lados justificaban esa guerra para mantener el flujo de dinero que  les venía a cada uno. David Stoll opina que el Nobel de Menchú ayudó a mantener ese estado de guerra ficticia, que no por ser ficticia dejó de costar vidas. De acuerdo con Stoll el Nobel vino a prolongar la agonía de los indígenas, porque quienes estaban recibiendo el golpe de la contrainsurgencia eran ellos. Yo en lo personal no creo que Menchú supiera esto, porque el conocimiento de cómo estaba la guerra en el terreno solo lo tenían los guerrilleros guatemaltecos y después lo tuvieron los cubanos. Los movimientos guerrilleros estaban perfectamente controlados en el terreno y eso facilitaba masacres de población civil desarmada”. 

     

    Según Morales, “el beneficio fue grande para quienes le dieron el Nobel, para la organización guerrillera que promovió su candidatura, para ella en lo particular e indirectamente para los grupos indígenas culturalistas. Para las comunidades indígenas en la zona de conflicto armado fue nefasto, como dice Stoll, alargó la guerra”. 

    Marta Sandoval msandoval@elperiodico.com.gt

    9 diciembre 2012

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