Dos semanas atrás escribí que la familia Novella ha logrado dominar el mercado nacional del cemento a fuerza de restringir la libre competencia.
Algunos piensan que afirmar algo así supone, de plano, a) haberse vendido a Cementos Tolteca, b) preferir lo extranjero en vez de lo nacional, c) crear una imagen negativa para nuestro país y, en suma, d) ser un ‘mal’ guatemalteco.
Resulta, entonces, que criticar el acaparamiento de mercados basta para ser acusado de traición a la patria, pero los clanes familiares cuya meteórica prosperidad descansa en el hecho de no dejar que otros entren al ruedo en igualdad de condiciones, esos sí, faltaba más, merecen ovaciones de gratitud y pleitesía por poner en alto los colores de la bandera chapina y, de paso, abrir puestos de trabajo (¡vaya, qué magnanimidad, por dios!).
No se trata aquí de ensañarse con ningún nombre ni apellido en particular. De hecho, considero comprensible que cada uno haga todo lo que esté a su alcance por ensanchar y consolidar sus respectivas operaciones empresariales. Es lo que ocurre en todo el mundo –o casi. Lo que llama la atención es que tales prácticas suelen llevarse a cabo olímpica e impunemente de espaldas al interés del resto (que somos aplastante mayoría), a fuerza de yugular la circulación del dinero. Y lo que ya de plano raya en la infamia es que el Estado interviene –si es que lo hace– en su calidad de cómplice o, más grave aún, de sirviente. Espero que queda claro ahora por qué la necesidad de contar con un Estado (ya no digamos grande ni pequeño ni mediano pero sí, urgente y decisivamente) fuerte.
>lacajaboba@gmail.com
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