Hay días de cansancio. Largos, pesados, densos. De una monotonía pestilente, cargados de la basura sutil que respiramos por la calle. El desaliento, el dolor que me aplasta la cabeza, el basurero que uno debe atravesar para llegar al otro lado de este lugar impreciso que habitamos, donde todo parece florecer como una tensa cena de familia, como un centro comercial el domingo a medio día, como una reunión de gente decente que se dedica a los negocios. Y salvarse de ser una pieza útil de la reproducción en masa que vomitan los colegios, las universidades, las empresas, las religiones, los fanatismos, los dogmas, las ideologías, los imperios. Todo huele mal en este lugar de sobornos, arreglos, amenazas, compras, chantajes, asesinatos y tratados de no agresión para construir el huevo divino del bienestar a toda costa. Pero no se puede dar un salto preciso encima de este malestar impunemente, desplegar las alas que no se tienen. Solo queda correr entre la mierda para alcanzar la otra orilla. Y todo, con el único objetivo de permanecer vivo, sano, lúcido. A salvo de la estupidez, del equívoco, del desamor.
Borgia. En una escena de la serie de televisión que lleva ese nombre, el Papa Alejandro VI, Rodrigo Borgia, contempla una imagen de Cristo crucificado y dice que no entiende por qué está representado así: clavado en la cruz, muerto, derrotado. ¿Por qué la Iglesia no promueve la imagen del Cristo que resucita? La línea de diálogo que reproduzco aquí no es exacta, excepto su esencia, porque no tengo buena memoria. Pero el lascivo y criminal Borgia acierta con esa observación que yo había pensado muchas veces, como tantos cristianos lo habrán hecho antes. Sin duda la proliferación de esa imagen terrible tiene que ver con la utilidad de la culpa, el sufrimiento que purifica y la manipulación de los fieles. El miedo siempre da resultado para influir en la mente de los débiles. Los gringos aprendieron muy bien esas lecciones y por eso su pueblo es una masa de corderos que va a morirse a la guerra santa promovida por los grandes capitales. Esas nuevas cruzadas contra los infieles para recuperar el Santo Grial cuya sangre ya no es la de Cristo sino el negro coágulo del petróleo. La política intervencionista no es más que la práctica de la rapiña. Y el Abrams M1A2 el vehículo insignia para llevar la paz de la espada, digo del fusil, las armas automáticas, la granada de fragmentación. La democracia en todo su esplendor. Quizá por eso me simpatizan los Borgia. Su hipocresía era de comedia. En realidad les valía madres airear sus asesinatos, sus pasiones compulsivas, su corrupción y sus ambiciones sin medida.
El amor, he oído decir con frecuencia, es respeto, sumisión, cariño (un poco desteñido, la mayoría de las veces, eso sí); tolerancia, capacidad para soportar el malhumor, la cólera, los malos modos, la frustración, la infidelidad, el desamor, la displicencia, el sordo ruido de viejos rencores. En suma, una decisión. Un acto de la voluntad. Un compromiso firmado para aguantar hasta la muerte. Una cruz. La cruz del Cristo bañado en sangre. Toda una filosofía del sufrimiento. Castigar, castigarse. Sufrir de buena gana para acceder al mundo de la otra vida que, quizá, no existe. Qué lo siento, talvez lo único que nos espera es la nada. La pasión, la inquietud por una piel, la respiración alterada, dicen algunas buenas personas, son cosas de adolescentes en una época cuando el cuerpo es proclive al pecado. No, el amor es una decisión. Una firma estampada. Uno recibe el paquete y no puede devolverlo. Todo en una caja, servido en un plato: los hijos lindos, obedientes y comedidos; papá y mamá, amorosos, comprensivos, exitosos. El perro, sin pulgas; la niña no aspirará una línea de coca sino hasta después de los quince años; el jovencito no embarazará a su novia porque aprendió a ponerse el condón. La decoradora avisa que pasará a verlos porque ahora la tendencia ha cambiado. Qué horror esas paredes peach. La vida es linda. Un huevo de Fabergé.
Guatemala, 20 de julio de 2012
>arturo.monterroso@gmail.com
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