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    Guatemala, domingo 22 de julio de 2012

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    DOMINGO

    Entre dos tierras, IV Parte: Rebeca madre y padre a la vez

    En Guatemala una cuarta parte de los hogares están dirigidos por una mujer con 2 roles: madre y padre. En 2011 deportaron de Estados Unidos a 80 mil guatemaltecos; a su regreso, reconocer al país que dejaron es tan complejo como adaptarse al que migraron. Estas son las historias de Rebeca y Giovanni, cada una refleja cómo se vive entre dos tierras.

    Mamá y papá son el mismo

     

    El timón temblaba en sus manos. Rebeca llevaba los labios fruncidos y el corazón saltando más alto que los neumáticos desgastados del camión sobre la terracería. Apenas se estaba acostumbrando a su nuevo trabajo: la habían transferido a una escuela primaria escondida en lo alto de una montaña. Para llegar tenía que despertarse de madrugada y esperar al camión de Pepsi que pasaba a diario; el chofer le permitía subirse, a veces en el asiento del copiloto, a veces en medio de los envases de vidrio. Para regresar a casa debía esperar que alguien bajara o tomar el picop público que salía todas las tardes, y eso significaba menos tiempo con sus pequeños. Por eso no dudó en aceptar la oferta del dueño de un camión arenero: “Rebe, usted sabe manejar, ¿por qué no se lo lleva y me lo deja allá abajo?”. No fue la única vez que lo hizo, ni la primera en que hacía labores que la sociedad tradicionalmente ha destinado a los hombres.

     

    Ella misma construyó un cuarto más para su casa. Cada mes ahorraba un poco y lograba comprar algunos blocs. El distribuidor los dejaba unas cuatro cuadras abajo y ella tenía que cargarlos: se ataba una manta a la espalda y los subía hasta la puerta. Rebeca, como muchas mujeres en Guatemala, es un padre y una madre; para ella los estereotipos de género se funden en uno solo.

     

    Rebeca vivió con el padre de sus dos hijos hasta que la menor estaba por cumplir dos años y el mayor cuatro. Era un matrimonio difícil porque el esposo bebía y malgastaba dinero en las apuestas, pero la gota que derramó el vaso fue que tenía una amante. Rebeca, lejos de echarse a llorar, buscó empleo y decidió mudarse a casa de sus padres para que la madre le ayudara a cuidar a los pequeños y así empezó a reponerse.

     

    Años después abrieron una nueva escuela en la colonia Paraíso y le ofrecieron trasladarla. A ella le encantaba la idea porque estaría más cerca de sus hijos, pero también porque en la zona 18 tenía una casa. Una pequeña vivienda que había comprado estando casada y que desde la separación su marido alquilaba sin entregarle a ella un solo centavo.

     

    Rebeca se armó de valor y les dijo a los inquilinos que era el último mes que podrían habitarla. “Pero es que don Güicho nos alquila”, le replicaron, “pues don Güicho no es el dueño. Les advierto que voy a venir con manguera a limpiar todo y si tienen algo que se arruine sáquenlo porque se les va a mojar”. Llegó más tarde, manguera en mano, a tomar posesión de lo que le correspondía.

     

    Sus hijos ahora ya sobrepasan los 30 años, pero no han dejado de agradecerle todo lo que ha hecho por ellos. “Sos un padre a toda madre”, le dicen, y para el día del padre le llevan un pastel. Ser padre y madre, llevar dos papeles al mismo tiempo, es difícil pero altamente satisfactorio. Los dos hijos de Rebeca son profesionales y ella, cuando vuelve la vista al pasado, ríe, “¡cargué blocs, construí una casa y manejé un camión!”, cuenta entre carcajadas. Eso de que hay tareas para hombres y para mujeres, no se aplica a ella.


    Un padre a toda madre

     

    Ser madre soltera en Guatemala cada vez es menos un tabú. Las abuelas solían señalar con el dedo a la mujer divorciada y a la que no se había casado: “A sus hijos, nada más así los tuvo”, decían por lo bajo. Era motivo de vergüenza, pero las cosas cambian y ahora muchas madres solteras, lejos de sentirse discriminadas, se sienten admiradas. No pasa siempre, claro está, hay otras que aún sufren las críticas de los más conservadores.

     

    De acuerdo a un informe del INE de 2010, el 22 por ciento de los hogares guatemaltecos tiene una jefa. Cerca de 500 mil familias son monoparentales. En el área urbana sucede más a menudo que en la rural. Mientras en lo rural es un 19 por ciento de hogares los que dirige una madre soltera, en lo urbano alcanza un 26 por ciento. Son también más las madres solteras ladinas que mayas.

     

    “Se estigmatiza a la madre soltera porque existe el matrimonio en primer lugar. El matrimonio es el derecho a la maternidad con patrimonio, la palabra viene de la unión de maternidad y patrimonio. La madre soltera tiene maternidad sin patrimonio”, explica el psicólogo Enrique Campang, “por eso el insulto de ‘hijo de puta’ no es por el hecho de ser de una puta, si no porque es un hijo que no tiene patrimonio”.

     

    Durante 2011 el Organismo Judicial recibió 7 mil 910 juicios orales por pensión alimenticia en todo el país. Eran casi 8 mil mujeres las que exigían a sus exesposos que se hicieran cargo de la manutención de sus hijos; muchas tienen que llegar a la vía judicial para conseguirlo, otras nunca lo logran. Al padre de los niños de Rebeca le asignaron una pensión de Q45 por cada niño –hace 34 años– y ni siquiera eso pagó. Rebeca nunca fue a denunciarlo ni a exigirle porque temía que sí él le daba el dinero tendría derecho a quitarle a los niños.

     

    “La asimetría en la reproducción de los humanos provoca que la carga física y mental sea más fuerte en la mujer y menor en el hombre; lo que le permite al hombre acumular patrimonio en forma de productos agrarios, ganado, tierras o riqueza. Siendo este uno de los orígenes de la desigualdad económica y social”, explica Campang. “A la madre por sí sola le es muy difícil la gestación y crianza, sin un apoyo solidario que le de protección material, que en este caso surge un acuerdo económico que da origen a la familia,  en que se une la maternidad de la mujer y el patrimonio del hombre”.

     

    Carolina aprendió a jugar fútbol. Su esposo murió cuando su hijo tenía tres años y desde entonces sintió que tenía que llenar su papel. “Me decían constantemente que mi hijo se volvería un delincuente o que su sexualidad estaba amenazada porque no tenía padre”, recuerda. Por eso veía los partidos anticipándose a cuando su niño creciera y le pidiera jugar pelota. Terminó volviéndose una fanática desmedida, “de los que sufren y lloran por un gol”, dice entre risas, aunque la verdad no le hubiera hecho falta, al chico el fútbol no le interesó demasiado, prefería pasar las horas en la computadora, y más de una vez tuvo que pedirle a su madre que no gritara tanto con cada jugada de su equipo.

     

    La doctora estadounidense Peggy Drexler estudió por más de una década cientos de casos de niños varones criados únicamente por mujeres (madres solteras y parejas lesbianas) y determinó que no existen diferencias con los educados con un hombre en casa. Los hijos de madres solteras no eran ni más indisciplinados ni más irresponsables que los que sí tenían padre. Tampoco encontró problemas emocionales ni apegos enfermizos con la madre.

     

    En Guatemala, Gloria Azucena Hernández realizó un estudio comparativo entre madres solteras y casadas y halló, por ejemplo, que no existen diferencias significativas entre la autoestima de las solteras y las casadas. “En tiempos anteriores –dice su estudio– las madres solteras sufrían un mayor señalamiento y en consecuencia, su valía se ponía a prueba ante la sociedad. Pero ahora hay mucha más posibilidad de que su estabilidad emocional resista”.

     

    Desde luego ser madre soltera no es fácil, la psicóloga Dora Maldonado también investigó el tema en Guatemala y concluyó que en la madre soltera se manifiestan ciertos problemas como “sentimiento de culpa por el control maternal incompleto; tienden a padecer de miedo, ansiedad o angustia por dejar a los hijos con terceras personas; cansancio psíquico y físico que pueden generar apatía y desinterés en el quehacer diario y privación de la recreación”. Cuando la carga económica se comparte entre dos, el peso es menos y el tiempo más, la madre soltera no lo tiene, por lo tanto su cansancio siempre será mayor.

     

    Maldonado determinó también que entre el 39 y 59 por ciento de las madres solteras “persiste demasiado el sentimiento de culpa”. Las mujeres creen que han privado a sus hijos del derecho de un padre y eso las hace sentirse mal.

     

    Rebeca no tuvo tiempo de debatirse entre si hacer o no las tareas de padre, simplemente las hizo. Nunca le tuvo miedo a manejar un camión, las circunstancias se lo exigieron y sus hijos se lo agradecieron.

     

    Giovanni, volver a un sitio desconocido

     

    Al salir del aeropuerto se encontró por primera vez con su país. Con una ciudad de la que no tenía ni siquiera recuerdos, pero que según los oficiales de inmigración estadounidenses era su sitio, el lugar donde debería estar. Giovanni López salió de Guatemala hace 26 años, cuando no había cumplido 2 años de edad. Sus padres se aventuraron a cruzar el río y desafiar las fronteras, para huir de un país donde la pobreza lo va tragando todo. A ese país volvía Giovanni, a la fuerza, solo, sin dinero y sin un familiar a quien buscar.

     

    Creció en Estados Unidos y de Guatemala poco supo, nunca pensó que volvería y menos así, deportado y en el momento menos indicado, cuando estaba a punto de cumplir su sueño: convertirse en boxeador. Un promotor le había arreglado una pelea en Las Vegas, sería su pista de despegue, pero apenas unos días antes la Policía lo detuvo por conducir sin licencia y lo mandó deportado después de pasar siete meses en prisión.

     

    No era le primera vez que tenía problemas con la Policía. En 2004 cometió un delito menor y supuso que lo enviarían de regreso, o que lo condenarían a 5 años en la cárcel; pero no, el juez, por extraño que parezca, le cambió la cárcel por servicio a la comunidad y le perdonó la deportación. Giovanni no lo podía creer, la vida le daba una segunda oportunidad y no iba a desperdiciarla. Desde entonces se ofreció como voluntario en una organización que apoya a jóvenes en riesgo. Iba por las calles hablando con los muchachos para convencerlos de que se alejaran de las pandillas, que estudiaran y volcaran sus energías en el arte.

     

    Pero en 2010 ya no hubo escapatoria. Volvió con los sueños rotos, pero con una idea firme en la cabeza: no voy a sentir lástima de mí mismo.

     

    “El que es perico dondequiera es verde”, se dijo en silencio.

     

    Ya en Guatemala consiguió hacer una llamada telefónica. Su madre angustiada, al otro lado del teléfono, ya temía lo que había sucedido. Las primeras dos noches las pasó en casa de un muchacho guatemalteco que conoció en la cárcel de Arizona, deportado al igual que él, quien al verlo desamparado le ofreció posada.

     

    Dos días después se comunicó con su padre, que le tenía una buena noticia: había llamado a la organización con la que Giovanni colaboraba en Estados Unidos y ellos habían hecho una colecta para recaudar fondos y enviárselos. Así pudo mantenerse los primeros dos meses.

     

    Han pasado dos años desde que regresó y está acostumbrándose a una nueva cultura. La diferencia más grande que encuentra es que los jóvenes en Guatemala no creen que pueden cumplir sus sueños, no luchan por alcanzarlos porque dan por sentado que no lo lograrán. “Sienten lástima de sí mismos”, dice, “yo les digo que nunca hay que sentir lástima, que muchos cuentan cómo se cayeron, pero muy pocos cuentan cómo se levantaron y uno tiene que ser de los que cuentan cómo se levantó”, dice. Y él se levantó pronto. Ahora tiene una casa de huéspedes en Quetzaltenango y un proyecto que apoya a los jóvenes que quieren ser músicos. Grabó ya un disco y está en preparativos para sacar otro. Motiva a los jóvenes a trabajar por sus sueños, a volcarse en el arte y les da como ejemplo su propia vida. Aunque fue difícil, algo le quedó claro: el que es perico donde quiera es verde.


    La identidad híbrida

     

    “Aquí la vida es más dura, you know” dice Pedro de León, un hombre de 46 años que fue deportado, “it’s hard but, también más chilera porque uno aquí anda libre y allá es como si estuviera preso, buey”. Habla con un acento mexicano marcado y a veces tiene que buscar en su cabeza las palabras en español. Después de quince años viviendo en Estados Unidos ya no es el mismo que un día se marchó en busca de un mejor empleo. Su esposa a menudo tiene que pedirle que repita lo que ha dicho, porque no le comprende.

     

    “La vivencia migrante implica una identidad híbrida. Uno incorpora diferentes cosas y puede tener referentes opuestos a la vez” explica la antropóloga Aracely Martínez.

     

    El año pasado volvieron deportados cerca de 80 mil guatemaltecos, muchos de ellos después de años de vivir en una cultura diferente, otros cuando apenas empezaban a conseguir dinero para enviar las remesas. “Cuando le deportan o regresa por sus propios medios hay otra trayectoria identitaria porque es otra vez adaptarse al país, es renegociar consigo mismo qué del país le sirve, qué de lo que trae le sirve y cómo adaptar ese bagaje cultural a una nueva situación”, cuenta Martínez. “Da igual si uno se va de mojado que como estudiante, siempre tenemos que renegociar nuestras identidades y referentes, siempre hay un proceso adaptativo como individuo” agrega.

     

    Para Pedro lo más complicado de volver fue reencontrarse con las razones que lo expulsaron: pobreza y subdesarrollo. Volvió sin un centavo y pasó de ser el que proveía a la familia a ser la carga de la familia. A criterio de Martínez, más que el choque entre dos culturas lo que afecta al deportado es la forma en la que vuelve: “Es esa violencia, de encarcelarlos y estigmatizarlos como delincuentes. Yo le pondría más la carga a la deportación, no tanto al contacto cultural”.

     

    “La cultura no es estática” explica Martínez, “siempre estamos cambiando, la identidad se mueve. Conozco una aldea donde las mujeres ya no usan el traje, hablan k’iche’ y usan jeans. La estética ha cambiado en las comunidades y eso no es algo malo, es parte del cambio normal que viene por el contacto con otra cultura”.

     

    Las migraciones provocan esos cambios, de ahí que muchas aldeas tengan casas con estilos estadounidenses. La hibridación de las culturas no es necesariamente un choque, aunque hay cuestiones que causan desasosiego en los que vuelven. Giovanni se lamenta de lo poco emprendedores que son sus paisanos, Pedro de la delincuencia y de que sea complicado abrirse paso solo.

     

    Vivir con dualidades es complicado, pero no imposible. Giovanni, Ixkik, Leslie, Jorge y Rebeca son cinco ejemplos de cientos de guatemaltecos que muestran que es posible vivir entre dos tierras.

    Marta Sandoval msandoval@elperiodico.com.gt

    21 julio 2012

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