Un traficante de gasolina le permite a un periodista ser testigo de su rutina de seis días por semana. Cuenta algunos de sus secretos, da consejos y comparte la máxima de su vida: todos tienen un precio.
Andrés manejaba su camioneta no con el ritmo de la música sino con el que impone la carretera: esquivando los agujeros y adelantando a viejos y lentos camiones que parecen grandes elefantes que nunca llegaron a la sabana que ahora es la Costa del Pacífico. Andrés no entiende el comentario y sigue maniobrando para evitar cualquier accidente; después de todo, atrás, donde debería llevar asientos, porta más de 190 galones de combustible, lo que nos convierte en un cerillo gigante que busca la chispa adecuada, como dice Enrique Bunbury: “Todo arde si se encuentra la chispa adecuada”. Andrés tampoco entiende, él está en lo suyo: viendo posibles peligros para él y sus chicos que vienen atrás, con tres vehículos más y varios cientos de galones de gasolina de contrabando cada uno.
Andrés es el líder y por eso va adelante, como la punta de la flecha, también sabré minutos después que es porque es agresivo y duro en la negociación. Él veía por el retrovisor sin poner importancia al espectáculo que en el cielo daban los rayos y los truenos formando una sinfonía natural antes de que cayera El Diluvio.
Pero antes llegó una patrulla que encendió las luces, Andrés los ignoró porque sabe que las luces rojas y azules son solo el anzuelo para los culpables confesos e inexpertos. Esos que se quiebran a la primera pregunta. Él no, soportaría la tortura china antes de confesar.
Así que los policías hicieron sonar su bocina que parece una cabra electrónica pidiendo ayuda. Andrés, entonces, continúo su camino y aceleró un poco más. ¿Huiría? Los policías no se despegaron y repitieron el ritual de la bocina.
Varios cientos de metros después giró inesperadamente y entró en el patio de una casa a orillas de la carretera, no era su casa y tampoco le importó. Mientras apagaba el motor soltó la primera regla, si existiera el decálogo del traficante estaría entre ellas: jamás debe negociarse en la carretera, hay que llevar a los agentes a un lugar donde crean que están en desventaja. En este caso, la desventaja es la propiedad privada.
Después bajó con el dinero justo, para él, Q200 y la actitud necesaria. Desde el asiento del copiloto no se podía escuchar todo, pero las condiciones impuestas desde el principio era ser un observador, nunca tomar el papel secundario ni cómplice.
Las voces de los dos policías y de Andrés, al principio, eran tenues, casi murmullos. Pasan los minutos y aunque la conversación no deja de ser eso, una conversación, está en la frontera de la discusión. Después de todo, de un lado estaba alguien que tenía experiencia en la danza de argumentos y del otro, los policías que sabían que tenían en la ley lo que necesitaban.
– Acá está, esto es lo que tengo, dijo Andrés, ya con vos firme.
– Eso no alcanza, más con lo que llevás allí, dijo uno de los policías.
– Bueno, lo toman o lo dejan, no tengo más.
– Pero eso no alcanza.
– Aquí está, si no lo quieren, llévenme a la estación, allí están las llaves, nos vamos ya. No les voy a dar más.
Diez minutos después estábamos nuevamente sobre la carretera. Al preguntarle ¿por qué se arriesga así?, dio la segunda regla: no se trata de cuántos contactos se tenga, sino a los indicados.
– Si nos hubieran llevado, 20 minutos después estaríamos otra vez afuera y con la gasolina. Y los policías, al siguiente día, de regreso en la capital. Esto es como un reloj: todo muy preciso. Andrés tiene su zona segura: les paga Q3 mil semanales a los jefes de las subestaciones de Tecún Uman, Catarina, Malacatán y El Tumbador, además de pagos eventuales a otras subestaciones cuando debe cruzar la frontera de los municipios, porque el mercado así lo pide.
Al final entendí que el peligro no era viajar con un traficante de gasolina, el riesgo era que un periodista viajara con un traficante.
El “ingeniero” de la gasolina
Andrés no es Andrés, pero así quiere ser llamado. Él es un tipo alto que un día tuvo cuerpo atlético por practicar fútbol en la universidad y pasar horas en el gimnasio. Hoy, esos músculos marcados apenas emergen de su cuerpo como las ruinas que quedan de una civilización que sugieren la grandeza que existió.
Los mejores años de galán podrán haber pasado, pero en el negocio de Andrés lo que importa es el tiempo que se mantiene activo sin problemas con la ley y con bajo perfil: genera plusvalía.
Por eso encontrar a Andrés fue difícil. No lo habría sido tanto si antes explicaran que se debe buscar en la Costa de San Marcos al doble de Mesut Özil, ese futbolista alemán de padres turcos que tiene los ojos grandes y una eterna expresión de asombro, así es Andrés.
Si no fuera traficante de gasolina los políticos pelearían por él: tiene la capacidad de negociación de pocos, una lista de contactos que pasa por gerentes de agencias de bancos, policías federales mexicanos y empresarios de gasolina que llenan sus cisternas con combustible de contrabando y lo hacen pasar por legal.
También tiene sentido común para saber que con la Policía, los militares y los zetas no se pelea ni se enemista: se colabora, pero sabe que ceder mucho es como ponerse una soga al cuello que cualquiera puede apretar. Andrés es una fuente de sabiduría popular que la ha ganado desde hace 7 años cuando traficó sus primeros 15 galones de combustible, ahora cree que ya pasó del millón.
Para poder verlo fueron necesarias más de 20 llamadas y peregrinar por 4 municipios de San Marcos: Ayutla, Malacatán, El Tumbador y Catarina. Cuando se llegaba a un lugar él ya se había esfumado, lo hacía para asegurarse de que eran periodistas y no policías de la capital quienes querían ver sus ojos saltones.
La reunión se realizó fuera de una casa donde guarda sus vehículos y ánforas llenas de gasolina. Esta era modesta, de un solo piso y con un pequeño patio, donde correteaba un niño de 5 años que le huía a los recipientes de plástico como si tan siquiera rozarlos haría que saliera del ánfora el peor de los monstruos de la televisión: en esa parte del país la advertencia de no acercarse a la gasolina es el equivalente a no hablar con extraños.
–No se va a acercar, no llega a menos de un metro de donde está la gasolina, fue lo primero que aprendió–, dice una voz que sale de entre dos vehículos, al fin Andrés. El niño es hijo de un trabajador suyo, él no tiene hijos. No alcanza los 30 años y ya es millonario. Le falta un semestre en la Universidad de San Carlos (Usac) para ser ingeniero.
– Disculpen (por el paseo en cuatro municipios), pero estaba viendo todo, el negocio. Están tras de mí, me lo dijo el gerente de un banco, conexiones que uno hace, pidieron mis estados de cuenta, crecí mucho y sospecharon, ya nada está a mi nombre– explicó.
Después, pidió que si se estaba grabando que se dejara de hacer y prohibió las fotografías, lo dijo todo relajado como un maestro Zen hasta que sonó su teléfono y toda esa imagen cayó:
– ¿Queeeeé? Séquenme los carros ya, pero ya. No es gente (policías) de acá. Ya me dijeron que con ellos no se puede hacer nada–, informó al interlocutor.
Después regresó a su estado imperturbable para contar que, en 2005, cuando estaba por cerrar la carrera universitaria en la capital, visitó a su familia en San Marcos y su hermano le pidió que acompañara a sus trabajadores a la frontera con México, le dio una bolsa con dinero y que se lo entregara a una persona, un policía.
– Cuando regresé me dio Q1,000 solo por media hora. Mi hermano vendía gasolina y ganaba mucho, ya tenía 10 carros. Yo, aunque tenía muchas esperanzas en la carrera, me decepcionaba y me decía que no quería terminar como otros ingenieros: manejando un carro en la cooperación internacional ganando Q10 mil. Así que al finalizar el semestre regresé decidido a vender gasolina.
Andrés empezó con un préstamo de Q3 mil que le dio su hermano.
– Por la tarde de mi primer día llegó mi hermano y me dijo: págame lo que te presté. Yo le respondí, ¡pero si es el primer día! Él me aseguró que con lo que había vendido no solo le podía pagar el préstamo, sino que ya tenía ganancia. ¡Era cierto, le pagué a mi hermano y aún así gané Q3 mil 500!
Andrés tenía una ventaja sobre el resto de vendedores de gasolina: era aplicado, como en la universidad. Creció rápido. Pasó de tener 100 ánforas de 15 galones cada uno a 1,000 recipientes para transportar la gasolina. Dejó de guardar su dinero en bancos y contrató a 3 personas que le llevan la contabilidad y le cuentan el dinero.
Él iba a otra velocidad y en el mundo de la ilegalidad ese es un problema: los costos y la exposición suben. Lo supo cuando le pidieron Q60 mil por dejarlo seguir trabajando. Por eso entró en un clan llamado “Los 45”: son quienes trafican gasolina en la frontera baja con México y, están agrupados no para ayudarse sino para mantener el orden y evitar que se violente la venta de gasolina; después cada quien puede hacer lo que quiera, menos robar, esas son deudas de sangre.
Según Andrés a diario “Los 45” filtran al país 150 mil galones de combustible en un pedazo de frontera. La Cámara de la Industria calcula que 250 mil galones entran cada día sin pagar impuestos, los datos le quedan cortos al empresariado si se toma en cuenta que en la parte alta de San Marcos y Huehuetenango no hay ni siquiera policías que paren a los contrabandistas. Fácil, el número puede ser el doble.
Todos tienen un precio…
El río Suchiate es cómo ese gigante que despierta con el invierno. Su corriente es cruel con quien quiere atravesarlo en época de lluvia. Aunque esa mañana de mayo estaba quieto, casi perfecto para atravesarlo. Aún así quienes pasan en balsas las ánforas cobran 15 pesos por una de 15 galones. El precio de verano baja a 10 pesos.
Andrés y otros de su grupo tienen un lugar seguro a unos minutos de Tecún Umán para pasar la gasolina. Además, él tiene su propio equipo de logística en México y en Guatemala: personal que llena los recipientes en Ciudad Hidalgo y vehículos para transportarlos a orillas del río.
Andrés evita dar la ubicación de sus distribuidores y no se acerca a las gasolineras que le venden, como un buen mago no revela todos sus trucos, solo explica que hay dos distribuidores: unos que son de Pemex y otros que los administran empresarios locales. Ambos, le surten en las propias gasolineras, aunque es prohibido llenar recipientes, pero el trato es pagar 10 pesos al despachador por cada uno que llene. Él se queda lejos esperando que todo esté listo para volver a ver sus muchachos que trabajan sin parar hasta trasladar 3 mil 500 galones, el promedio que lleva diario a su bodega.
Para pasar el tiempo él da vueltas por calles de Ciudad Hidalgo mientras explica que en México el combustible se vende por litro, cada uno cuesta 9.80 pesos, unos Q5.50. El galón lleva 3.7 litros, así que el galón, en teoría, sale a Q20. Pero por los contactos que Andrés tiene se agencia el litro a 8 pesos, unos Q4.50. Así, pues, el galón tiene un costo de Q16.6. Él, en Guatemala, lo vende a Q24.
Si Andrés fuera más ambicioso o arriesgado, podría tomar las ofertas que llegan a su celular: pipas de 20 mil o 45 mil litros de gasolina que son robadas supuestamente por Zetas.
–Llaman y dicen que tienen un animal, son las de 20 mil litros, o un animalón, que son las de 45 mil litros. Las ofrecen a 6 pesos cada litro, pero hay que pagarle en efectivo y dan 2 horas para ordeñar la pipa. En 2 horas de no tener movimiento manda alarma el GPS y llega la Policía Federal o Municipal. Si no estás vivo, te agarran. A veces ni son robadas, el piloto está de acuerdo y las lleva a los puntos. Pero no deja de ser arriesgado.
– Ha pasado a otros que pierden su dinero y el combustible, porque esos no juegan limpio. Avisan a la Policía.
El periódico El Orbe, el de mayor distribución en Chiapas, entre sus noticias habituales tiene el robo de pipas de combustible y la captura de quienes la estaban “ordeñando”, pero pocas veces informa sobre detenciones de traficantes de gasolina.
Andrés tiene la respuesta: paga por protección. Antes de regresar a Guatemala se dirige a una tienda de conveniencia, ofrece un refresco y baja. Entra en la tienda. Unos minutos después ingresan dos hombres que llegaron en un carro rojo. Andrés sale con un Gatorade, una Coca Cola, que ofrece de cortesía, y unas galletas de chocolate, arranca y busca el lugar de encuentro con sus muchachos. Antes de bajar pregunta:
-¿Notaste algo raro?
-No
-Allí, dónde están las galletas les dejé el dinero a los federales, esos que llegaron en el carro rojo. Yo les pago 6 mil pesos por semana; a la Policía Municipal, 3 mil, cuando están apretando. La Marina también recibe dinero y hay que darle lo mismo que a los Federales. Hasta a un periodista le tuve que dar cuando capturaron a mi hermano, y él le tomó la foto. Los policías lo soltaron cuando les di 30 mil pesos, pero me dijeron que tenía que arreglarme con el periodista porque, si había foto, no se podía hacer nada. Al final, le dejé 3 mil pesos.
El río, de regreso, todavía estaba tranquilo, el gigante aún dormía. Las casi 250 ánforas fueron trasladas en poco más de media hora, mientras eran colocadas en los picops y la camioneta de Andrés, por sus 20 trabajadores. Todos trabajaban en sintonía, como una coreografía practicada hasta la perfección.
Encendió el motor y manejó con el ritmo de la carretera hasta que los policías lo detuvieron.
Antes de terminar el recorrido explicó que estaba en su etapa final, que le quedaba un año más y que después regresaba a terminar el semestre que le falta.
-¿Por qué se retira?, se le pregunta.
-Porque así como todos tienen un precio todo tiene un tiempo.
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