Valorar a las personas mayores porque reconozco su sabiduría.
Desde pequeño tuve amigos mayores; recuerdo vívidamente, mis visitas a la Escuela de Medicina (hoy Paraninfo), en las cercanías de la casa de mis padres. Cursando la primaria, tenía amigos de los primeros años de medicina; ellos me regalaban “ratones blancos” como mascotas y yo les vendía peces y les asesoraba en su crianza, pues a mis tempraneros doce años, significaba –para mí– un buen negocio, a través del cual tuve ganancias y pérdidas, pero sobre todo descubrí el espíritu emprendedor que me ha acompañado todos estos años.
La constante en mi vida, ha sido valorar a las personas mayores, porque reconozco que en ellas hay sabiduría. La experiencia es un bien precioso, aunque muchas veces menospreciado, sobre todo en las culturas “modernas” donde la inteligencia y la sabiduría, se equiparan –malamente– a la acumulación de títulos, el dominio de idiomas y hasta a la habilidad para manejar tecnología, que –muchas veces– lejos de promover la inteligencia, fomenta la abstracción, sustituyendo la comunicación real, por frívolas notificaciones virtuales, donde el lenguaje y el contacto humano, son relegados a décimo plano… es decir, promueve la deshumanización.
Invitado por dos queridos amigos, Guayo Mayora y Quique Neutze, llegué al Club Rotario más antiguo de Guatemala… institución que no termino de entender plenamente. En mi asistencia –últimamente casi esporádica– he sido testigo –eventualmente– de brillantes y constructivas disertaciones. Hace algunas semanas, tuve el privilegio de escuchar el testimonio de Marcel Ruff, un notable guatemalteco y visionario emprendedor de otros tiempos, quien relataba su participación, en la resistencia francesa, durante la Segunda Guerra Mundial. Marcel –siendo un muchacho– salió de su zona de confort, pues con su familia vivía en México y se dirigió a “la boca del lobo”, enardecido porque su sangre francesa hervía, cuando Hitler tomaba posesión del emblemático París mientras toda Francia lloraba.
Semanas más tarde, tuve el gusto de conversar largo y tendido, con uno de los rotarios más inspiradores que he conocido, Bruno Hahmann, a quien había visto en el bello Almacén La Perla, cuando él ya era Don Bruno y yo un niño que acompañaba a su padre, a ver a su amigo Jorge Zeissig, con quien pasaban horas conversando sobre su hobbie mutuo… la fotografía. Pues bien, Bruno, vivió el otro lado de la guerra, y también viajó –desde Guatemala– “al hervidero” –derivado de la persecución planteada en varios países de América– contra alemanes inocentes que aquí residían. Le tocó –irónicamente– estar del lado de “los malos”, siendo un buen muchacho que –según cuenta y lo creo totalmente– ejercía desde aquellos años los valores rotarios, dentro de los que fue educado. Al final del día, estos dos notables hombres, fueron muchachos arrastrados –inocentemente– a un conflicto sangriento… pero sus testimonios de vida, evidencian su grandeza humana, y yo, me siento orgulloso de estrechar sus manos. ¡Piénselo!
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