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    Guatemala, domingo 03 de junio de 2012

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    EL ACORDEÓN

    ¿De quién es el patrimonio nacional?

    La más reciente investigación de Marta Elena Casaús Arzú, “Museo Nacional y museos privados en Guatemala: patrimonio y patrimonialización. Un siglo de intentos y frustraciones”, publicada en la “Revista de Indias” (2012, España), activa una serie de críticas necesarias sobre los museos nacionales y privados en Guatemala. A través de esta entrevista la autora de “Linaje y racismo” nos aporta una serie de reflexiones sobre el abandono histórico del Estado de la responsabilidad en el cuidado y tutelaje del patrimonio cultural.

    Cuáles fueron las motivaciones que dieron pie a la fundación del Museo Nacional de Arqueología y Etnología? 

     

    -La primera iniciativa de fundar un Museo se dio en 1831 por la Sociedad de Amigos del País. La fundación definitiva se lleva a cabo en 1931 durante el gobierno de Ubico. Previo al ubiquismo ya existía una conciencia nacional y de reivindicar el pasado maya como elemento para la recuperación de la historia y la memoria nacional. También existía una legislación favorable a la creación del museo y a la prohibición de expolio arqueológico. Sin embargo durante esta etapa es cuando se produce el mayor expolio de las piezas mayas por parte de arqueólogos alemanes y norteamericanos, con el conocimiento de las autoridades guatemaltecas del momento.

     

    En tu investigación sostienes que tanto el atraso de la fundación del museo y este expolio sistemático de piezas mayas estaban relacionados entre sí, y que ambas situaciones se debieron a intereses específicos. ¿Podrías citarnos un ejemplo?

     

    -Sí, en lo específico, podría citar el caso del lingüista norteamericano y antropólogo mayanista William E. Gates. En 1922 se firmó el Acuerdo Gubernativo 791 con el cual el presidente José María Orellana y el Ministro de Educación, le nombraron Director General del Instituto de Arqueología y Director del Museo Nacional de Guatemala. Gates recolectó a lo largo de su vida una de las mayores colecciones de manuscritos y de objetos mayas a través de una sociedad privada que él mismo fundó y llamó The Mayan Society. Consiguió además que el gobierno guatemalteco emitiera una ley que le permitía controlar todas las excavaciones y sacar al extranjero las piezas que se obtuvieran, con lo cual las vendió a varias universidades como Tulane y Princeton. Estos hechos, sumados al desinterés del Estado, marcan 10 años de retraso en la fundación definitiva del Museo Nacional de Arqueología y Etnología. El expolio que se produce en ese margen de 10 años es enorme.

     

    ¿Qué importancia tuvo la iniciativa privada en la fundación del Museo Nacional de Arqueología y Etnología en 1931?

     

    -Comparada con otros museos latinoamericanos e incluso centroamericanos, como Costa Rica y El Salvador, la iniciativa de fundar sus museos viene de los Estados y no de la iniciativa privada. Pareciera que en Guatemala, más bien, hay un afán de patrimonializar la cultura por parte de la iniciativa privada. Entendemos el término “patrimonialización” como el proceso por el cual los sectores oligárquicos se apropian en el siglo XIX del Estado, de la tierra y la cultura y la consideran un bien propio, que hay que conservar porque representan los bienes espirituales de la nación y son “el alma de la nación”. El patrimonio histórico-cultural de una nación lo deciden las clases dominantes y es necesario teatralizarlo en conmemoraciones, monumentos y museos. Hay que conservar, catalogar y enseñar un repertorio de bienes simbólicos que forman parte de “nuestro pasado”. Y en ese pasado, según lo definían los Estados oligárquicos y las dictaduras liberales de Guatemala, no estaban los indios.

     

    En síntesis, los indios estaban fuera de la historia y de los museos. La misma fundación del museo estuvo acompañada de discusiones que expresaban el dilema que generaba la admiración por la civilización maya y la extrañeza por no poder explicarse su relación con los indios actuales, degenerados e inferiores. ¿Cómo primaron estas ideas en el atraso del proyecto de fundación del museo?

     

    -Para la generación de autores imbuidos en el positivismo racialista los indígenas actuales eran una raza inferior y degenerada que no se podía redimir más que a través de la mejora de la raza. Al igual que para otros pensadores racialistas de la época, la inmigración europea era el ideal para mejorar la raza. Y los mestizos y ladinos la solución intermedia. De acuerdo a García Canclini, lo que se define como patrimonio e identidad pretende ser el reflejo fiel de la “esencia nacional”, de ahí su teatralización y presentación en conmemoraciones, exposiciones universales, monumentos, plazas, palacios, museos, etcétera. Ser culto o tener cultura supone conocer un repertorio fijo y prescrito de objetos valiosos que han sido catalogados para ser expuestos en un museo y si no se encuentran en él, no es un descuido, como opinaba el Inspector de Monumentos y Director del Museo Nacional, Carlos Villacorta.

     

    Es decir, siempre hay una intencionalidad consciente o inconsciente de lo que debe de ser exhibido o no. La discusión de qué formaría parte del patrimonio histórico-cultural y qué no afecta la decisión tardía de formar un Museo Nacional de Arqueología y Etnología. También el hecho de que la Sociedad Económica de Amigos del País (SEAP) fuera la que se adueñara del patrimonio histórico-nacional indica que son las élites intelectuales a las que les corresponde tomar esas decisiones. Ese imaginario racial, así como la desconfianza de las élites económicas en la capacidad del Estado de preservar el patrimonio, sumado al profundo desprecio y discriminación hacia los pueblos indígenas descendientes de los mayas, provocó una escasa presencia estatal en la preservación del patrimonio nacional, dejando a las instituciones extranjeras, universidades norteamericanas en su mayoría, a la iniciativa privada, patronatos de empresas nacionales y centroamericanas, el control casi absoluto del patrimonio cultural hasta la actualidad.


    ¿Es lícito que las élites y la empresa privada tengan tanto poder sobre el patrimonio nacional, para custodiarlo y decidir sobre su presente y su futuro?

     

    -En ningún país la custodia del patrimonio nacional corresponde a la iniciativa privada. El país que tiene ese modelo de privatización de la cultura es Estados Unidos, pero con un cierto control y supervisión del Estado. En Guatemala, y supongo que en otros países de América Latina, el mayor problema es que desde el inicio de la formación de los museos la gestión del patrimonio cultural se hizo acompañada con la iniciativa privada y el Estado se desentendió. Esto por falta de medios económicos o por considerar que no era un problema del Estado forjar la identidad nacional, de modo que dejaron esa labor a la Sociedad Económica de Amigos del País y posteriormente a las expediciones norteamericanas de arqueología de diferentes universidades alemanas, norteamericanas o a instituciones como la Carnegie Institute. Pero, como hemos dicho, ese fue precisamente el momento que propició el mayor despojo de bienes patrimoniales.

     

    ¿Estamos hablando de una forma de condescendencia histórica que aun tiene vigencia?

     

    -Yo creo que es algo más que condescendencia. Es dejación de las obligaciones del Estado y abandono de sus funciones. Es no asumir la responsabilidad que le corresponde en la conformación de un proyecto nacional y que ese proyecto tiene que ser la suma del conjunto de todo el patrimonio histórico. Si se carece de esa conciencia de que el patrimonio nacional es propiedad del Estado y del conjunto de sus ciudadanos, difícilmente se puede forjar patria o contribuir a forjar una identidad nacional. En ese largo proceso de abandono de responsabilidad ahora nos encontramos con que la tarea del gobierno de perseguir a aquellos que expolian los bienes del país es algo que se abandona o se encubre.

     

    Esta “sistematización histórica”, de abandono y dejación de responsabilidades, ¿qué efectos tiene sobre el manejo de patrimonio en la actualidad? 

     

    En la perspectiva histórica, yo creo que la mayor dejación del Estado fue nombrar a un norteamericano director del Museo Nacional. En la década de los 30 todo el mundo sabía que era un expoliador de piezas mayas. Aún así la historia parece repetirse. En la actualidad dejar que una región como el Mirador, con todas las ruinas del preclásico Maya, esté en manos de una sociedad privada, PACUNAM, con patrocinadores privados norteamericanos, entre ellos Mel Gibson y  la hija de Walt Disney, y de las principales  redes familiares económicas, es más de lo mismo. Que el Estado se desentienda del patrimonio cultural contenido en una región de más de 3,000 kilómetros cuadrados es apoyar y dar continuidad a ese viejo modelo de privatización del patrimonio.

     

    ¿Cuál es la perspectiva a futuro?

     

    -A mí me preocupa enormemente esta cuestión de la privatización del patrimonio cultural y no digo que las personas o entidades lo hagan con un fin perverso o exclusivamente de lucro personal. Yo creo que todos ellos tienen la sana intención de preservar ese patrimonio, pero que todas las partes implicadas -el Estado, la iniciativa privada y las empresas internacionales- desconfían de la capacidad de gestión y de preservación de ese patrimonio. Históricamente el Estado le ha dado a la iniciativa privada atribuciones en este campo y le ha dejado todo el espacio jurídico y jurisdiccional para desarrollar estos macro-planes de desarrollo turístico, medio-ambiental y energético del Petén, sin la supervisión e injerencia directa del Estado en esta materia.

     

    ¿Cuál es el peligro de la ausencia del Estado en estos proyectos?

     

    -El simple hecho de que en PACUNAM no esté representado el Estado y sean las grandes corporaciones familiares -Paiz, Berger, Novella, Castillo- y un largo etcétera de sponsors privados y de empresas multinacionales las que apoyen esta iniciativa nos da un ejemplo de su fragilidad y del peligro que pueden suponer estas alianzas para el futuro del patrimonio cultural más importante de nuestro país.

     

    ¿Qué propondrías ante el problema?

     

    -Debería de desarrollarse una política pública al respecto y no permitir que estas zonas arqueológicas vayan a terminar siendo un parque Disney o una versión de Apocalipto como la de Mel Gibson.


    Frente a la magnitud histórica del problema, la eventual recuperación y devolución de piezas arqueológicas al Ministerio de Cultura y Deportes a través de acuerdos internacionales, ¿son estrategias tipo cortina de humo?

     

    -Yo creo que son  medidas de buena voluntad de algunos funcionarios o ministerios que son conscientes del problema, pero que no toman “el toro por los cuernos”. Eso implicaría definir una ley general de patrimonio nacional que impida que particulares o extranjeros puedan decidir, sin el consentimiento y supervisión del Estado, sobre los bienes culturales del país.

     

    El problema radica en que tampoco la iniciativa privada se fía del Estado por su ineficacia y escasa transparencia en la gestión del patrimonio. Pero peor es estar en manos de traficantes de piezas y expoliadores o en manos de los carteles del narcotráfico en Petén que también se dedican al tráfico de piezas mayas.


    Tomando tus palabras, el Museo Ixchel teatraliza como folklor la tradición textil. ¿Cómo afecta esta teatralización nuestra percepción sobre el indígena actual?

     

    -Cuando se ha querido incluir a los pueblos indígenas en la nación se ha hecho de una forma instrumental, como un objeto folklórico o de museo o como parte del pasado pero no del presente. En el boletín informativo del Museo Ixchel se hace hincapié en el colorido de los trajes, la utilización de diferentes tintes y materiales, en la variedad de los telares y tejidos, y en las exposiciones temporales donde se exhiben cuadros y fotografías de una gran belleza pictórica, pero con escasa relación con la realidad social del país. En estos espacios los indígenas aparecen no solo como el “indio petrificado” sino como “la india vestida, colorida y pintada”, como un retrato fijo de una realidad inmóvil, bella y perfecta en donde la pobreza, el sufrimiento o la fealdad son inconcebibles e inexistentes. El indígena aparece como un objeto estético, pero no con todo su valor ideográfico y cosmogónico o como parte de una cultura.

     

    Me llama la atención el uso del término “indio petrificado del pasado”, el cual mencionas como condición transversal de los museos en Guatemala. Pero la petrificación del pasado, de cualquier pasado, ¿no es una mirada que persiste en todos los museos del mundo y que ha propiciado la crisis conceptual de la idea misma de museo?

     

    -Sí que es cierto que este ha sido uno de los problemas de todos los museos del mundo, tanto los metropolitanos como los coloniales. La diferencia es que, en el caso de Guatemala, ha habido una ausencia manifiesta de propiciar un nacionalismo a través de la museografía. No ha habido esa idea de “museo patria” que acuñaron los mexicanos y que vincula el pasado con el presente. En el caso de Guatemala, esta idea no estuvo presente en la constitución y desarrollo de los museos. Solo a través de algunas honrosas excepciones, como el Museo Nacional de Arqueología y Etnología de los últimos tiempos o en la distribución museográfica del Museo Miraflores, encontramos elementos que nos dan algún respiro.

    ROSINA CAZALI

    3 junio 2012

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