Hace algunos días murió Carlos Fuentes. Pervivirán su memoria y sus libros como constancia de su pensamiento preclaro y de una época de transformación y reconocimiento de la literatura hispanoamericana más allá de sus fronteras. Fuentes es un autor que contribuye a la comprensión del México contemporáneo que, a partir de la revolución de Villa y Zapata, avanza en el siglo XX hacia la modernidad. Pero no sin grandes tropiezos, como sucede también en el resto de América Latina, en su búsqueda de identidad y de un destino propio, alejado de los conquistadores, los nuevos imperios, las dictaduras y el vasallaje. Un lugar “donde las exigencias extremas de un continente saqueado (…) matan las voces del ser…”, dice Fuentes en un artículo (El País, 24 de junio de 1998) en el que cuenta su encuentro con Thomas Mann, cuando apenas era un muchacho que salía de la adolescencia. Heredero de la mirada incisiva de Juan Rulfo y de la inteligencia lúdica de Juan José Arreola; formado en la lectura de los clásicos y de los grandes escritores de todos los tiempos (Broch, Musil, Calvino, Sartre, Conrad, Joseph Roth, Dostoievski… pero también Onetti, Alfonso Reyes, Felisberto Hernández, Machado de Assis, Borges…); viajero incansable, amante del cine, conocedor del arte y admirador irredento de las mujeres, Fuentes desarrolló una visión universal de la vida y la escritura. Una visión que no le impidió seguir siendo profundamente latinoamericano y un ciudadano de México, con un arraigo en su cultura y su historia, el fundamento de su obra.
Con Carlos Fuentes me pasó lo mismo que con Vargas Llosa: descubrí sus novelas, que leí con un interés desaforado, y lo abandoné cuando percibí que la depuración del académico le ponía freno a la pasión de sus primeros libros. Así que el escritor que recuerdo es el de La muerte de Artemio Cruz. El último libro que logré terminar es Los años con Laura Díaz. Nunca leí Gringo Viejo pero vi la película de Luis Puenzo, que protagonizan Jane Fonda, Pedro Armendáriz y Gregory Peck. Tengo ahora en mis manos la edición conmemorativa de los cincuenta años de la publicación de La región más transparente, su primera novela. Quizás una relectura de este libro me lleve, con otros ojos, a la obra más reciente de este escritor lúcido, prolífico y contemporáneo de su tiempo. Me interesa, sobre todo, En esto creo (Seix Barral, 2002), un libro de memorias y ensayos en el que escribe cosas como estas: “Yo no soy inseguro ni subdesarrollado (…) Nunca he tenido los complejos atribuidos a nuestra clase media (…) lamento no ser humilde. Pido excusas por ello, pero no lo soy”.
En esa especie de invocación de lo sagrado de la vida cotidiana que precede al primer capítulo de La región más transparente, dice Ixca Cienfuegos —uno de los guardianes míticos de esta historia—: “En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta”. Y esta frase contundente y filosófica encierra el misterio de la vida de nuestros pueblos; de la magia y de la sangre sobre las que han sido erigidos. La novela fue concebida con una visión crítica y totalizadora del pasado y el presente de México, una “ciudad perro”, “tejida en la amnesia”. El libro es importante porque irrumpe en un medio conservador, como una avanzada del bum literario que siguió después. Junto a Fuentes, García Márquez, Cortázar, Roa Bastos, Vargas Llosa, Jorge Amado, Donoso, Lezama Lima… transformaron la literatura latinoamericana. Ahora estamos en otra búsqueda pero no podemos demeritar el trabajo de esos escritores fundamentales, tan importantes como sus predecesores: Miguel Ángel Asturias, Borges, Carpentier, Arreola, Sábato… “El mundo no nos es dado —dice Cienfuegos en otra parte de La región más transparente —. Tenemos que recrearlo”. Y esto exige imaginación y trabajo. “No creo que los libros se escriban solos —dice Fuentes—. Me levanto muy temprano y trabajo a partir de las ocho de la mañana, hasta que siento que no doy más”. “En la literatura solo se sabe lo que se imagina”.
Guatemala, 25 de mayo de 2012
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