Los escritores se vuelven entrañables en la juventud. Son magos que abren mundos insospechados y escrutan en la condición humana de manera inapelable. Hilvanan diálogos sutiles y rotundos, y desvelan escenas electrizantes y conmovedoras que adquieren vida propia y significado único en cada lector.
Para mí uno de esos escritores entrañables es Carlos Fuentes. No es para menos. Me acompañó tardes y noches enteras –fines de semana también– en mi habitación, en el ruletero, e incluso cuando me iba a barranquear con Terry, mi viejo pequinés, escandalosamente fiel. Eran tiempos de persecución y niebla en Guatemala, y La región más transparente parecía una transportación al mismo país que bien pudimos compartir. Y Las buenas conciencias, esa crisis de adolescencia donde encontraba a Jaime Ceballos diciendo: “No hay culpables ni inocentes, todos somos a la vez víctimas y cómplices”.
Cuando finalmente, hace unos diez años, compartí con Carlos Fuentes un par de almuerzos y unas breves charlas, parecía un viejo amigo que, siendo muy jóvenes, nos había reunido a contarnos historias que a nadie más confiaba. En uno de los grupos de comensales, esa vez reunidos por Carmen Moreno en la residencia de la embajada de México en Guatemala, estaba Arturo Montenegro, cuya memoria, hasta donde me consta, solo compite con la de David Dubón, otro maestro entrañable, aunque menos famoso.
Empezando la comida Arturo alzó su copa, como quien va a ofrecer un brindis por el insigne escritor. Pero inesperadamente comenzó a declamar: “Vivirás ese día, idéntico a los demás, y no volverás a recordarlo sino al día siguiente, cuando te sientes de nuevo en la mesa del cafetín, pidas el desayuno y abras el periódico. Al llegar a la página de anuncios, allí estarán, otra vez, esas letras destacadas: historiador joven. Nadie acudió ayer…”
Cuando Fuentes fue escuchando esas palabras, frunció el seño. Intrigado, buscó al narrador. Lo encontró sentado a su izquierda. Entonces alzó la cabeza hacia el centro de la mesa para ver si reconocía el rostro del memorioso. Arturo se sintió escrutado y su cara enrojeció, sin que su poblada barba pudiese disimularlo; paró de hablar y soltó una nerviosa carcajada. Carlos Fuentes abandonó su gesto incrédulo y sonrió. Levantó también su copa buscando a Arturo y brindó: “Por Aura”.
Carlos Fuentes murió, me dicen. Pero es la clase de seres humanos que no mueren porque son Midas de la humanidad: en cada conciencia que tocan abren un portal y otro, cada vez distinto.
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