Dice Boaventura Sousa: “la verdadera amenaza (para la estrategia hegemónica de Estados Unidos) son las fuerzas progresistas y, en especial, los movimientos indígenas y campesinos. La mayor amenaza proviene de aquellos que invocan derechos ancestrales sobre los territorios donde se encuentran estos recursos (biodiversidad, agua dulce, petróleo, riquezas minerales), o sea, de los pueblos indígenas”.
¿Qué son esos movimientos? Hay de todo, pero más allá de la dispersión, hay un común denominador: la reivindicación de una identidad cultural de base.
Sus reivindicaciones se encaminan hacia el planteamiento de Estados plurinacionales. En Latinoamérica se da la paradoja que, en países con mayorías indígena, las mismas son discriminadas (como pasa aquí).
Desde hace ya algunas décadas los pueblos indígenas vienen llevando a cabo una serie de luchas en defensa de sus derechos plenos y de sus territorios. Los Estados nacionales donde habitan, más que acogerlos como ciudadanos los han marginado y reprimido históricamente. Se enfrentan a las fuerzas armadas y policíacas de los mismos países de los que son parte, a los terratenientes, a las empresas petroleras (en general extranjeras y afincadas en territorios que los Estados nacionales les otorgan pasando por sobre los pueblos originarios), a las empresas forestales y mineras, todo en un marco reivindicativo que va desde lo político hasta lo cultural.
Constituyen una “piedra en el zapato” para los grupos dominantes. Con una tradición que viene de sus siglos de resistencia a la dominación española, evidencian una democracia de base más genuina que muchas de las democracias representativas de los Estados que los acogen. Si profundizan esas prácticas de democracia directa, inmediatamente se tornan desafíos a los poderes tradicionales de sus países, pudiendo confluir con las tendencias más contestatarias de otros sectores sociales igualmente segregados y empobrecidos (trabajadores urbanos, pobrerío en general). Es decir: los movimientos indígenas vienen emergiendo en el mismo horizonte común de cambio social y político que levantan otros colectivos igualmente marginados, apostando por nuevas formas de democracia participativa, todo lo cual es un reto abierto al statu quo, tradicionalmente conservador y racista con un profundo sentimiento “antiindio”.
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