EL 15 de abril de este año se exhumaron otras 99 osamentas, pertenecientes a 99 ciudadanos guatemaltecos asesinados en lo que sin duda fue una matanza colectiva, de las muchas que hubo en 1981. Para el entendimiento de un ladino urbano clasemediero, esta es una noticia más de las que se leen rápidamente. Resulta insoportable advertir que esta desmesurada nota del horror contrainsurgente no subleva el ánimo en el marco de nuestra cruda cultura de la muerte: ¿no merecería esta noticia un comentario editorial? La muerte de un homosexual en Chile a manos de 4 enloquecidos homófobos ha despertado recientemente una enorme repulsa pública. ¿No provoca un efecto de indignación y vergüenza recordar la excusa que en la defensa de la democracia y el orden se asesinara tanta gente? Ahora son 99 indígenas, cuyos cadáveres, atados de las manos con un lazo común, todavía guardan las señas de la tortura. Algunos de los huesos revelan que también había mujeres y niños entre los asesinados. Son secretos enterrados que ahora revelan la verdad que animó la crueldad homicida del momento. Son despojos que también acusan sin apelación posible. La centena de cadáveres desenterrados a mediados del mes pasado señalan, de nuevo, la culpabilidad militar. En esta oportunidad siete esqueletos fueron identificados y “¡los huesos hablan!”
La noticia periodística no refleja lo que significa el proceso de identificación de la osamenta, que se mueve durante años como un oscuro y doloroso ejercicio de ver, tocar, dudar, dejar en su lugar, unos huesos; buscar por otro lado y seguir así en una búsqueda donde todavía hoy día, treinta años después, hay mucho miedo, un miedo viejo junto a la carga de esperanza por encontrar al deudo desaparecido. Todo ello para satisfacer el rito del entierro y así cerrar el largo martirio de su duelo, porque donde los han encontrado ciertamente estaban bajo tierra, sin embargo no estaban enterrados.
Pero los centenares de familiares “saben que los huesos hablan”; por eso asisten e insisten, atónitos, al largo y doloroso proceso de reconocimiento del pariente desaparecido. Cuando el cadáver es reconocido es como devolverle una forma de vida a la muerte. Es la esperanza convertida en la obligación del entierro. Hemos olvidado que casi 6 mil osamentas han sido localizadas en los últimos años, pero muy pocas han sido reconocidas. Hacia el 18 de abril de este año, la benemérita Fundación de Antropología Forense entregó los huesos de 7 personas, identificadas plenamente, en varias zonas de Rabinal, Baja Verapaz, muertos durante la guerra. El tiempo y la humedad van destrozando los huesos, y los vuelven irreconocibles. En su lugar, en la conciencia adolorida, solo queda el recuerdo. La inmensa mayoría –¿20 mil? ¿40 mil? desaparecidos ¿cuántos fueron?–están perdidos en el vientre de esta nación herida y no tienen nombre.
No serán nunca identificados; los deudos prolongarán su martirio personal, porque sin el rito del entierro sus almas sufrirán el exilio del olvido. Y saben también, como lo registra el libro de Victoria Sanford Buried Secrets y como lo sabemos también nosotros, ladinos, urbanos, clasemedieros, que cuando los desaparecidos “se vuelven número, sus historias se pierden”. Y se acepta, ya sin indignación, que fueron 20, 40 o 100 mil. Como el número ya no importa vale, de nuevo, la frase de Stalin: “un muerto preocupa, pero muchos son solo una estadística”.
¿Quién los mató? ¿Por qué fueron arrojados a fosas comunes? ¿Hubo algún registro de sus nombres? ¿Mujeres y niños también? Las fosas donde estaban apilados son socavones profundos donde pareciera que estaban escondidos. La certeza de los criminales es que nunca serían encontrados. Pero los huesos gritan y dicen quiénes fueron. El sitio era muy conocido, está ubicado en el terreno que ocupa actualmente el Comando Regional de Entrenamiento de Operaciones de Paz (sic), donde antes estuvo la Zona Militar 21, región de Cobán, Alta Verapaz. Es esta la enésima vez que ocurre y no por casualidad o por un descuido. Desata la vergüenza no solo la noticia del encuentro de la osamenta, de las condiciones como fueron asesinados, del sitio donde estaban. En otros países el aparecimiento de 99 cadáveres despertaría el furor y la condena moral de los victimarios ¡y también la vergüenza de que esto haya ocurrido y que los huesos digan quiénes fueron y que no sean castigados!
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