Los políticos gobiernan para perder prestigio, lo cual no se repone con dinero. .
En el Ejecutivo de Otto Pérez Molina, como antes en el de Álvaro Colom y en el de Óscar Berger, y no digamos en el de Alfonso Portillo y más aún en el del fundador de los nuevos métodos, don Alvaro Arzú, prevalece una convicción: se llega al poder para obtener renta de él. Se llega después de una larga y afanosa lucha. El premio, por tanto, es considerado merecido.
A quienes solo pusieron trabajo, se les ofrece un hueso. Por eso es necesario desplazar a cuantos burócratas sea posible.
En estos días vemos las presiones de diputados oficialistas hacia varios ministros. Exigen plazas para los suyos pues al Partido Patriota poco le interesa fortalecer al Estado con una burocracia profesional. Antes prefiere pagar sus deudas de campaña.
A quienes pusieron además de trabajo unos cuantos o unos muchos billetitos, se les garantiza la devolución del capital y un rédito apetecible.
Nadie se cree la historia de esas empresas que hasta hace poco eran propiedad de los nuevos funcionarios y dejaron de súbito de serlo y logran ganar contratos con el Estado.
Los funcionarios se contentan con cumplir con las formas. Llenar requisitos esenciales para que la Controlaría pueda hacerse la desentendida y el Ministerio Público ignore a voluntad cualquier indicio de corrupción. La IVE, lo sabemos todos, solo ausculta las cuentas de los opositores y la SAT ni se entera de las incongruentes declaraciones de impuestos de quien tiene poder.
El sistema funciona a la perfección excepto porque la ciudadanía, menos cínica de lo que el liderazgo supone, se indigna ante estos hechos En buena medida por estos abusos es que ningún partido oficial ha logrado ser reelecto. De manera que haría bien alguien como Alejandro Sinibaldi, potencial candidato oficialista en las elecciones de 2015, en dar por descontando que la corrupción de hoy construye su derrota de mañana.
Y el presidente Pérez Molina y la vicepresidente Baldetti harían bien igualmente en recordar sus promesas de campaña. De poco sirve que se quejen de que este sistema ha funcionado así con todos los gobiernos anteriores y a esos se les fiscalizó menos. Tampoco es útil que expliquen los desmanes como vicios propios del sistema. Si este sistema electoral abona a hacer de la clase política rehén de los aportes e intereses privados, ellos como líderes están ahora en la posición de empujar los cambios necesarios. En campaña aseguraron que tenían la voluntad y el carácter para hacerlo. Su alternativa es ser más de lo mismo. Perder prestigio y desperdiciar su legitimidad, que no se reponen con dinero. Aquí la credibilidad de los gobernantes dura muy poco.
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