El conflicto milenario entre árabes e israelíes, pueblos descendientes de Ismael e Isaac, hijos del mismo padre, Abraham, nos retrotrae al Génesis.
A Ismael, primogénito, hijo de Agar, la esclava de Sara, esposa de Abraham, los islámicos lo consideran como el elegido para ser sacrificado por su padre, salvado por Dios en el último momento.
Los judeocristianos, aunque reconocemos que Ismael fue el primer hijo de Abraham, situamos a Isaac, hijo de la promesa de Dios, como el elegido para el sacrificio, dado que Ismael y su madre, Agar, habían sido expulsados del hogar a petición de Sara, quedando Isaac como hijo único. Los musulmanes argumentan que el nombre fue cambiado y que el intento de sacrificio fue de Ismael, porque ocurrió antes del nacimiento de Isaac.
Israelitas como árabes palestinos consideran como tierra prometida a los territorios en donde se asientan ambas naciones, el Estado de Israel, Cisjordania y la franja de Gaza. El éxodo israelí desde Egipto termina en la tierra prometida, manzana de la discordia.
La diáspora israelí del año 70 de la era cristiana concluye en 1948 cuando Naciones Unidas, escuchando la voz de la nación israelita por intermedio de Guatemala y Uruguay, reconoce la existencia del Estado de Israel en territorios en disputa con el pueblo palestino, que hasta hoy mantienen a la región en constante zozobra.
Ahora, Naciones Unidas se enfrenta con el dilema de reconocer al Estado Palestino, pero igual que en 1948, sin llegar a definir claramente las fronteras y subsistiendo los grupos radicales que desconocen la existencia del Estado de Israel. Sin negociaciones serias directas entre las partes y sin llegar a un acuerdo justo, se crearían condiciones para una nueva guerra, quizás la final, la apocalíptica Armagedón. No es solo un asunto de quién tiene más amigos o fuerza (incluso nuclear, con el creciente riesgo iraní involucrado), sino de justicia.
Reconociendo los derechos y legítimas aspiraciones de ambos pueblos, es necesario que las decisiones de Naciones Unidas sean para prevenir guerras y no para provocarlas. Es indispensable lograr una solución justa y viable a este conflicto milenario, asegurando la convivencia pacífica de dos pueblos que, según su propia historia, son hermanos, con un mismo origen.
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