La ambición de un presidente es trascender. Dejar huella. Ser referente entre antes y después. Quizá el único que no tuvo ese alcance fue Óscar Berger, pero sin duda el actual gobernante, Otto Pérez, sí lo tiene, y lo subrayó en su discurso inaugural.
En la historia de la República, bastan los dedos de una mano para contar presidentes que marcaron rutas de cambio. La mayoría pertenece al siglo XIX. Lograr ese propósito es difícil por la combinación de los factores que demanda. Es insuficiente reconocer la necesidad objetiva de la reforma profunda. Hay que adoptar ese propósito como causa principal y subordinarlo al resto de factores; además, se requiere estrategia: alinear factores positivos y hacer acopio de los recursos necesarios, en una evaluación de ambientes locales e internacionales.
Pareciera una operación técnica, fría, nítida y aséptica. Nada tan lejos de la realidad del poder, donde lo determinante son pasiones y miserias poco gobernables; lealtades juradas y traiciones reales. Es tan abrumadora la pelea pequeña, la queja constante y la intriga por doquier, que en ciertos momentos los mandatarios se abstraen, se enconchan o buscan formas de escapar. Allí es que se manifiesta la soledad del poder del Presidente.
Es la soledad del poder por la incompatibilidad entre el ideal y su conexión a tierra. En el campo del ideal están los formuladores de política y los estrategas de Estado, ordinariamente con baja conexión a tierra. Sobre el terreno, en cambio, están los intereses duros, tangibles e inmediatos, cuya energía marca el ritmo y delinea los contornos de un Gobierno. En ese terreno operan eficazmente múltiples redes de negocios, corrupción e incluso criminales. Los presidentes creen que pueden equilibrar ambos factores y emplearlos alternativamente (es parte de su poder de síntesis), y por lo general no pueden.
Ahora mismo se nota que el presidente Pérez está en el abrumador día a día, con estructuras formales de gobierno inoperantes y redes mafiosas sumamente eficaces. Por el camino de los titulares de prensa que vienen haciendo la crónica de los escándalos de su gestión -como la de cualquier otro Gobierno-, terminará con más pena que gloria. El único activo que guarda hasta ahora es él mismo, pues no está salpicado por los escándalos. Apalancado en su credibilidad puede sacar a flote su ambición de estadista. Pero esa credibilidad se erosiona con el tiempo, cuando la gente sigue sin respuesta a preguntas básicas como, ¿por qué tolerar las redes de negocios corruptos y prácticas ilegales?, ¿son los límites reales del poder de un mandatario o existen compromisos irrenunciables?
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