Es una nueva oligarquía política que saquea al país impunemente.
Sus médicos cubanos ya le comunicaron al presidente Hugo Chávez que muy probablemente no llegará vivo a las elecciones de octubre. No se trata de certezas, sino de una aproximación estadística. Las personas de su edad afectadas por el cáncer agresivo que padece, complicado por una metástasis generalizada, sobreviven equis meses. A veces exceden el periodo, a veces no llegan. Solo es un macabro promedio.
Una de las primeras reacciones de Chávez fue llamar a un jefe de Estado amigo para contárselo. Necesita, como cualquier persona moribunda, ánimo, compasión, palmadas cariñosas.
Según una amiga tanatóloga, especialista en ayudar a morir a enfermos terminales, estos precisan, más que palabras de consuelo, que les aprieten la mano cuando se despiden de este mundo. Ese contacto final es misteriosamente reconfortante.
Las personas especialmente poderosas temen, además, la pérdida de autoridad, porque se invierten las relaciones de poder y sufren la indignidad de ser sometidas por cualquiera con una bata blanca o por el familiar o amigo que les acompaña. Son tratadas como niños.
Y está el miedo al dolor. ¿Quién piensa en el amor o en la responsabilidad? ¿Qué hay más absorbente que el temor ante un dolor penetrante?
Chávez tiene poco tiempo para la cantidad de asuntos que deja pendientes, pero súbitamente cambiaron sus prioridades. ¿Le importa mucho el destino de su revolución bolivariana a estas alturas de la vida o de la muerte? Quizás no. Se sabe rodeado de bandidos dedicados al desfalco de los fondos públicos que han echado las bases de un
narcoestado. Una vergüenza.
¿Le importa hoy, a las puertas de la muerte, aquel loco proyecto del socialismo del siglo XXI del que nadie tiene la menor idea? No lo creo. ¿Quién derrotará al imperialismo yanqui y enterrará al capitalismo? ¿El limitado señor Nicolás Maduro? ¿El viejo pillín José Vicente Rangel? ¿Cree alguien que Diosdado Cabello es un revolucionario idealista consagrado a la redención de la especie?
¿Puede Chávez dejarle a un albacea el encargo post mórtem para continuar la filantropía revolucionaria con Cuba, Nicaragua, Bolivia y otros Estados pedigüeños? Chávez es pródigo como nadie con el dinero de los venezolanos. Se compró la gloria a punta de bolívares. Le regala plata a cualquier aventurero que pasa por Caracas y le hace un cuento. ¿Quién reproducirá ese comportamiento dadivoso y cultivará su memoria? Nadie.
¿Qué es, en suma, la revolución bolivariana? Chávez lo sabe: es una nueva oligarquía política que saquea al país impunemente. ¿Qué deja? Nada. Si en algo Chávez recuerda a Bolívar, es en que también ha arado en el mar. Todo ha sido inútil. Su experimento revolucionario no será estudiado en las clases de Ciencias Políticas, sino en las de Criminología. Se morirá con esa pena. Es triste.
*Periodista y escritor. Su último libro es la novela La mujer del coronel.
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