Los paisajes optimistas son raros en Guatemala, pero ocurren. Por eso vale la pena guardarlos en la retina. El domingo 22 se abrió en el Obelisco una de esas ventanas coloridas, llenas de energía, solidaridad y optimismo. Fue iniciativa de la Fundación Margarita Tejada que lidera desde hace varios años, contra viento y marea, un proyecto ejemplar con chicos Down.
Desde las 7 de la mañana comenzó a congregarse un público variopinto. Caminaban desde los cuatro puntos cardinales y eran reconocibles por sus camisetas amarillas y blancas con la leyenda “corro para ayudar”. Iban pletóricos. Gozosos. Con ánimo de compartir y participar. En ese momento ahí se concentró el kilómetro cuadrado más densamente poblado de chicos Down; por eso era tan luminoso.
Down de todas las edades, algunos en brazos de sus padres o en carruajes, hicieron su propia caminata simbólica en torno al Obelisco, hasta llegar a la meta donde un público entusiasta les vitoreaba. Era tal el bullicio que, desacostumbrados y sensibles al sonido, muchos chicos cruzaban la meta con los oídos tapados, pero sonrientes.
Cuando llegué a ese momento con mi familia, viendo a Andrés, mi chico Down, tomado de las manos de sus hermanos mayores, recordé el acto de lanzamiento que organizó la Fundación semanas atrás. La representación la dramatizaron tres chicos Down. Iniciaban una reñida competencia de carrera, que bien podría suponerse era de 100 metros planos por la ansiedad que reflejaban sus rostros. Los muchachos arrancaron al unísono y fueron marcando sus distancias cuando, en el último tramo, uno de ellos tropezó. El corredor que punteaba se percató y volvió sobre sus pasos, y entre él y el tercero levantaron al accidentado. Despacio, abrazados, llegaron juntos a la meta. No toleraron ganar si en la pista había un caído.
Cuando se tiene el privilegio de compartir la vida con un Down, esta resulta una lección cotidiana de la vida que, a veces, necesitamos reaprender. No es que esos chicos no sean traviesos, les disguste competir y no peleen, como cualquier niño. Es que el umbral de todas esas manifestaciones tan humanas, resulta en ellos muy bajo. Siempre se ve arrebatado por la bondad o ese valor que el cristianismo enseña, y poco aprendemos: la misericordia.
La ventana luminosa que abrimos el domingo, gracias a la Fundación Margarita Tejada, nos hizo a todos mejores personas. Más de 3 mil personas entusiastas corrieron para ayudar. Es el rango de corredores de 5 kilómetros que jamás vi: seguro que iba desde los 5 años hasta más de los 70. Y esta vez en la meta, medalla en mano, los esperaban las sonrisas que debemos buscar cuando se nubla el horizonte.
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