Afloraron los ronrones. Un poco de lluvia anticipada y han salido delestado larvario para darse de topetones contra las paredes y los muebles. Pobrecillos cegatones. Carecen de la elegancia del zancudo o el donaire de la araña. Emiten un zumbido ronco y monótono, de abejorro. Vuelan torpemente, sin ningún sentido de orientación, dando tumbos para finalmente aterrizar panzarriba y disecarse en las esquinas para festín de las hormigas y los zanates. A Mateo, mi hijo, le aterrorizan. No pican y solo le hacen daño a las cosechas, le digo. No, no es eso lo que provoca sus gritos irracionales.
Sospecho que es la estupidez evidente del bicho, su torpeza para desplazarse a tientas, esa impotencia frenética de las patitas agitándose al aire lo que despierta la repulsión. Porque por más que les tema no puede dejar de observarlos, con fascinación y pena. Pienso en el nombre de estos bichos en inglés, lovebugs. Los bichos del amor. Le digo a Mateo que los humanos somos un poco como ronrones y pasamos por una etapa ronronaria en que nos chocamos con cuanta cosa. Me ve con sus ojos un poco entomológicos, enormes en su pequeña carita. Pero ellos se mueren como ronrones, retruca. Pues sí.
Le convenzo de tomarlo con un papel por la caparazón y sacarlo al jardín, con el resto de ronrones de mayo a aparearse y morir, o lo que sea que hagan además en su corta infeliz vida de coleópteros. Y todos en paz. El problema es cuando les da por la política y se ponen a dirigir
instituciones y a adjudicar compras a tientas y por encima del presupuesto asignado. Tenés razón Mateo, da horror.
>mopaiz@elperiodico.com.gt
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