El 23 de diciembre de 2011, dando yo las vueltas de los regalos de Navidad para mis hijos y familiares, recibí al mediodía una llamada de mi hermano Juan Carlos. Con voz preocupada y sombría me dijo que tenía que hablarme. Le pregunté qué estaba pasando.
Me respondió que Carlos de León Argueta había hablado con él e indicado que ese mismo día yo tenía que cederle la guarda y custodia de Salomón y Domenico –nuestros dos hijos en común– y que tenía hasta las seis de la tarde para firmar el documento. “Dice que te preparés porque te los va a quitar a la fuerza, y vos ya sabés cómo se maneja él a la fuerza”.
En ese momento sentí que se abría un hoyo gigantesco en la tierra y que me tragaba. Empecé a llorar sin control.
Todo ese día, Carlos de León acosó a mi pobre hermano por medio de mensajes a su BlackBerry, insistiendo con que yo le firmara el documento, y haciendo cuenta regresiva de las horas.
En el transcurso de la tarde yo le había enviado un correo en donde le pedía que reflexionara para no arruinar las fiestas de fin de año. Al final, son los niños los que más se la gozan, le escribí.
Pero no respondió el correo. Siguieron llegando, eso sí, los mensajes arrogantes y prepotentes desde su BlackBerry.
Al ver que yo no cedía a mis hijos, me dio una prórroga hasta las ocho de la noche.
Fue a las ocho de la noche cuando me senté a hablar con Salomón, mi hijo de siete años. Le expliqué que era posible que iba a tener que irse a vivir un tiempo con su papá, pero que yo iba a luchar para que eso no sucediera; y que si sucedía, yo iba a hacer todo lo que estuviera en mis manos para que regresaran –él y su hermano– conmigo. Le dije que lo amaba profundamente, que siempre iba a ser su madre, y que si me extrañaba, lo que tenía que hacer era nomás cerrar sus ojos y que allí mismo me iba a ver, que yo siempre iba a estar en su corazón y en su memoria… Y recordamos con Salomón cosas que hemos vivido juntos, con el objetivo de que las tuviera siempre cerca. Tuve que hacer un esfuerzo sobrenatural por no llorar, mientras él mismo lloraba desconsoladamente, y me decía que él no quería irse con su papá.
Eventualmente se calmó y se levantó y se fue, y eso me dio tiempo para poder desahogarme y tranquilizarme. Hasta que sonó mi celular. Era mi mamá. Contesté. Al principio no podía entender qué decía: estaba sollozando muy fuerte. Me dijo que Salomón la había llamado en llanto, para pedirle que por favor lo escondiera, para no tener que irse con su papá. La misma llamada le hizo a su hermana, abuelo, tíos.
Esa noche mis tres hijos (tengo otro, aparte de los dos que tuve con Carlos de León) durmieron juntos y yo pasé la noche en vela, viéndolos mientras dormían, y pidiéndole a Dios con todo el corazón que me los protegiera. Mi hermano también estaba allí. En la madrugada, los dos llorábamos de miedo, de impotencia ante las amenazas.
El 24 de diciembre alisté a Domenico y Salomón: según el convenio de relaciones paterno-filiales, firmado con Carlos ante los oficios de la notaria Beyla Estrada Barrientos, abogada de él, ese día debía recogerlos a las ocho de la mañana, y devolverlos a las seis de la tarde.
Pero nunca se presentó a recogerlos, por lo cual yo hablé con su abogada y esta me indicó que él se había ido a Quetzaltenango con su otro hijo, que al día siguiente llegaba por ellos.
Más o menos a las once y media de la noche, Carlos llama y pide hablar con sus hijos, le pregunto si va a llegar efectivamente por ellos al día siguiente, y a qué hora, y a gritos me especifica que a las doce del mediodía los recoge.
Pero pasó el día siguiente, y tampoco llegó. El convenio establecía que Carlos se los iba a llevar el veinticinco de diciembre a mediodía, pasarían el Año Nuevo juntos, y luego me los traería de regreso en los primeros días del mes de enero.
Me comuniqué nuevamente con su abogada.
Que él no había contestado su llamada, me informó entonces ella.
A partir del día veintiséis empezó la comunicación con él, con Carlos. Y él me dijo que no podía llegar porque estaba enfermo, que tenía que hacerse exámenes, que iba a fallecer de una enfermedad terminal. En mi credulidad le respondí que se aferrara a Dios y visitara al Santísimo, y llegué a sentir compasión por él, pensando que era verdad lo que me estaba contando… Él me insultaba y faltaba al respeto. Yo no entendía por qué se estaba comportando de forma tan errática. Luego empecé a ver que estaba jugando conmigo y los niños, para no recogerlos.
Con lo cual le dije que me los llevaba al puerto porque no era justo que estuvieran encerrados entre cuatro paredes, esperando a que él llegara por ellos, y que pasaran los días y no los recogiera. Su reacción consistió en enviar a miembros de la SAAS (Secretaría de Asuntos Administrativos y de Seguridad) a verificar si estábamos o no en la casa, a distintas horas.
El día 29 me indicó que iba a pasar por los niños pero que los recogería en mi casa de habitación y no en la de mis padres, donde yo estaba, y que saliera de una vez.
Al salir del parqueo del edificio Plaza San Marco –donde viven mis padres– me llevé un gran susto: un operativo me esperaba. Carros sin identificación, agentes de la DEIC (División Especializada en Investigaciones Criminales) vestidos de particular, agentes de la PNC (Policía Nacional Civil), todos fuertemente armados con metralletas de alto calibre.
Me detuvieron, amenazantes e intimidatorios, enseñando las ametralladoras y asustando a mis hijos, que empezaron a llorar.
Me pidieron mis documentos de identificación y sacaron un expediente el cual en la portada se leía “Alba Keneth”. Me informaron que la alerta había sido activada por el padre de los niños.
En ese momento llamé a Carlos, y le dije que por culpa de él me tenían detenida. Dijo que me iba a devolver la llamada, que él se iba a encargar de todo.
Transcurrieron unos cinco o diez minutos, cuando sonó el celular de uno de los dos encargados del operativo. Luego ambos se me acercaron e indicaron que me retirara; que todo había sido una confusión. Les respondí que cómo iba a ser una confusión, si yo misma había tenido a la vista el expediente en donde constaban los nombres de mis dos hijos menores, así como el mío. De forma prepotente y abusiva me gritaron que me fuera inmediatamente.
Luego recibí una llamada de Carlos: me ordenó que me encerrara en mi casa, que yo tenía orden de captura, que apagara los teléfonos, que me prohibía comunicarme con cualquiera, y que le hiciera caso en todo si quería salir bien librada.
Llegué a mi casa. Allí se me ocurrió sacar unos datos que tenía en el celular. No tenía ni treinta segundos de haberlo prendido, cuando me llamó y de forma amenazadora me dijo que si yo no entendía lo que era apagar los teléfonos; que ya le habían avisado que yo tenía el celular prendido, y que lo apagara inmediatamente o me atuviera a las consecuencias.
Yo me sentía atemorizada. No sabia qué hacer. Todos los miembros de mi familia se encontraban fuera del país.
Ya entrada la noche, se presentó a mi casa, acompañado de elementos de seguridad sin uniforme, y a los cuales él en todo momento se refirió como miembros de la SAAS. Empezó diciéndome que quería que fuéramos amigos y que iba a arreglar todo. Al retirarse, indicó que vendría al día siguiente, luego de haber arreglado la situación de mis hijos menores, y la mía.
El sábado 30 de diciembre se presentó en mi casa de habitación al filo del mediodía, y me comentó que no había sido posible arreglar nada, ya que era fin de año y era sábado, y que había que esperar hasta el dos o tres de enero y presentar a los menores a la PGN (Procuraduría General de la Nación). Esto me molestó, ya que no hay necesidad de enredar a dos niños que tienen madre y padre en ese ambiente de la PGN y los juzgados de menores solo por el ánimo de fastidiar del padre. Como yo lo veo, es una absoluta violación a los derechos humanos de cualquier menor cuando uno de los padres utiliza las instituciones legales para molestar a su cónyuge, o excónyuge.
Cuando le hice saber mi molestia, se puso a la defensiva. Me expresó que se iba a llevar a Domenico a tomar un helado y que ya regresaba. Le pregunté que por qué solo se iba a llevar a uno y no a los dos si ya los había tenido encerrados durante todos estos días, y que por qué él sí podía sacarlos y yo no. A lo cual me respondió que iba a hacer la prueba con Domenico, y que después probaba con Salomón.
A las tres de la tarde, más o menos, regresó sin Domenico –y apuntó que ya tenía todo listo para el viaje. Yo le pregunté que qué tipo de ropa debía empacarles a los niños. Y él me dijo que no solo los niños iban de viaje, sino que yo también. Solo lo vi y le dije que yo no me iba de viaje a ningún lado con él, y que él mismo me había dicho que yo tenía orden de captura, razón por la cual yo no salía de mi casa hasta que la situación no estuviera resuelta.
En ese momento empezó a gritarme que era una perra maldita, una traidora y que se las iba a pagar.
Salomón me abrazó.
Carlos me gritó que nunca jamás volvería a ver a Domenico.
El domingo 30 de diciembre, a eso de las doce y media, me empezaron a patear la puerta. Bajé: era él. A gritos me dijo que se iba a llevar a Salomón para siempre. Salomón entonces bajó. Y Carlos le gritó que se alistara, porque se lo iba a llevar por las buenas o por las malas.
Y agarraba su celular, y le pegaba de gritos a alguien, reclamándole que por qué no entraba la gente.
Luego entraron elementos de la PNC, DEIC, PGN y del Juzgado de Turno: la casa se fue llenando.
Le pregunté al juez qué estaba pasando, a lo que me indicó que él estaba allí para realizar una Exhibición Personal. Le pedí autorización para sacar a todas las personas que estaban en mi casa y me dijo que sí.
Se llevó a cabo la Exhibición y fue declarada sin lugar, ya que todo lo aseverado por Carlos de León era falso. Ingresaron los de la PGN por la alerta “Alba Keneth”, y se dieron cuenta de la mala fe de Carlos de León, razón por la cual le pidieron al juez que se dilucidara la situación del menor a la brevedad posible.
El juez accedió y fuimos conducidos a la Torre de Tribunales, escoltados por agentes de la PNC y DEIC.
Salomón se fue sin almuerzo y estuvimos en dicha audiencia hasta las ocho de la noche. En cosas como esas se demuestra lo nefasto que es Carlos de León como padre. Nadie en sus cinco sentidos y con un ápice de amor somete a su hijo a ese ambiente del sótano de la Torre de Tribunales.
En la audiencia, Salomón declaró en contra de su padre. El juez me lo entregó.
Saliendo de allí, Carlos de León llama a mi mejor amiga y le dice que es la primera y única vez que yo le ganaba y que todas y cada una de mis sonrisas se iban a convertir en lágrimas, y que el catorce a las catorce me preparara porque su tío asumía la presidencia y que nadie lo paraba.
Luego pasaron los días y él trataba de llamarme, o de mandarme mensajes, pero yo no respondía.
Por cierto, tuve una abogada que me estaba ayudando, y fue tanta la prepotencia por parte de él, que terminó renunciando.
Empezaron las diligencias de la PGN. Fuimos entrevistados por la psicóloga, y fue ella quien me informó que una trabajadora social me iba a contactar. Desde inicios de enero nos habían notificado que la audiencia del Juzgado de Menores estaba para el día dieciocho.
El lunes 16 de enero me encuentro yo en casa de mis padres cuando la empleada me informa que una señorita Mendoza de la PGN me está llamando. Esta se presenta como la trabajadora social, explicándome que necesita entrevistarme, y me pregunta si puedo yo llegar después de las dos allá con ella. Le digo que con gusto, a las dos y media llegaría a la PGN.
Como a la media hora de eso me avisan de parte de la recepción del edificio de mis papás que la señorita Mendoza de la PGN se encuentra allí por motivo de una visita social. Pido que le den el mensaje que no estoy, ya que se me hace todo muy raro. A las dos, alistándome para ir a la cita, me comunican de la garita de mi propia casa que allí está la señorita Mendoza. Una vez más se me hace extraño, y le indico al guardián que le diga que ya me fui, y que cuando ella se retirara me diera aviso. A los dos minutos me notificó que ya se había retirado, y me indicó que iba en una camioneta Yukon, GMC, con placas 428BWZ. El carro que usa Carlos de León. Al cruzar en una esquina, me topé con el vehículo; guardando mi distancia, yo de ellos, llegamos todos a la PGN.
La trabajadora social se bajó del automóvil, el cual era conducido por el mismo Carlos de León. Cuestioné a la trabajadora social el por qué me había citado y luego había llegado a buscarme. Se puso a la defensiva y me amenazó con que en su informe iba a poner que yo no colaboraba. Yo le pregunté que cómo sabía cuál era mi casa si nunca antes habíamos hablado. Ella empezó a tartamudear. Luego me volvió a amenazar. Le puntualicé que era ilegal que estuviera en el carro de Carlos de León. Se enfureció y volvió a amenazarme. En ese momento le señalé que se tenía que excusar porque su parcialidad y objetividad estaban más que comprometidas.
Llegamos al día de la audiencia, 18 de enero. Audiencia en la cual Carlos de León jamás se presentó. Y en la cual Salomón volvió a declarar en contra de su padre. Me entregaron a mi hijo una vez más. Y el juez cuestionó el actuar de la PGN, ya que solo había un menor presente, y el expediente era para dos, con lo cual dictaminó que había que localizarlo inmediatamente.
Carlos de León, no dejándose vencer, ha entablado recursos contra las resoluciones del juez. Una sala que no tiene criterio o es corrupta le ha dado la apelación basada en argumentos espurios e ilegales.
Y ahora yo me pregunto: ¿hasta dónde llega el poder de este hombre, que mi hijo Salomón aparece en la página de personas desaparecidas de Interpol (Organización Internacional de Policía Criminal)? ¿Cuándo se ha visto que la justicia en Guatemala sea tan pronta, que en el país las instituciones se muevan con tanta agilidad? Carlos de León, el zar de la mafia guatemalteca, trabaja con la colaboración y complicidad de los órganos de Estado, cuando estos deberían de velar por la defensa de los derechos de mi amado Salomón y mi bebé, Domenico.
Sé que no soy la mejor persona del mundo, pero como madre he sido intachable. No veo por qué mis hijos deban pagar el precio de que sus derechos humanos sean violados porque su mamá haya escogido como padre a Carlos de León. ¿Vamos a permitirle salirse con la suya una vez más? Yo no estoy dispuesta a hacerlo. Así me cueste la vida, mis hijos son mi mundo…
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