La idea de fabricar en Guatemala una cerveza clara y espumosa, como la que se tomaba entonces en Europa, nació hace más de ciento veinticinco años cuando dos hermanos, Rafael y Mariano Castillo Córdova, decidieron dejar a un lado los morteros, las pesas, las pomadas y los ungüentos de su botica, para aventurarse en el nuevo proyecto de la fermentación de la cebada y la malta.
Según contaban los parroquianos de finales del siglo ante pasado, en los barrios aledaños a la Parroquia, Jocotenango y la Palmita se vendía una cerveza dulzona, opaca, Era tan rudimentaria su manufactura, que se servía al gusto y el bolsillo del cliente, “cerveza con mosca” o “sin mosca”, aludiendo a las que quedaban atrapadas en las botellas por causa del dulzor de la bebida.
El 5 de octubre de 1888, los hermanos Castillo compraron un bello paraje ubicado en el Norte de la ciudad conocido con el nombre de El Zapote en donde funcionaría la nueva fábrica de cerveza. La finca les resultó inmejorable para el nuevo negocio cervecero, no solo por su ubicación, sino por contar con uno de los únicos nacimientos de agua cristalina y pura de la ciudad, el que aún provee de agua para la fabricación de la cerveza.
Con la cerveza llegó a la ciudad el hielo. Por aquellos días de principios de siglo XX se podía ver por las mañanas la carreta de El Zapote repartiendo de casa en casa, no solo la malta y la cerveza, sino también las maquetas de hielo, indispensables para enfriar las hieleras de madera con forma de armario y para hacer los helados mantecados de crema y fresa. La finca también proveía de leche de burra, la que resultaba una bendición para la crianza infantil.
El negocio de la cerveza floreció en Guatemala con la implementación de nueva maquinaria, más sofisticada y moderna traída desde Europa y con la llegada del primer maestro cervecero, el alemán Guillermo Spitz. En 1896 salen las carretas repartidoras de El Zapote, y junto con el hielo y los embutidos tipo alemán que vendían a domicilio, salió a la venta la nueva cerveza en botellitas de vidrio, etiquetadas con un flamante gallo cantor de cresta roja, como el que aparecía en los cartones de loterías, como los que abundaban antes en nuestros patios y corrales, cuando Guatemala era una ciudad pequeña, inundada de verdes.
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