Guatemala es una sociedad dividida por múltiples factores, el clasista, lo étnico-racial, el lugar de vida, la condición de género y desde hace algunos años, el dolor y el rencor que produjo el llamado conflicto armado, que solo fue conflicto entre la guerrilla y el Ejército por breves períodos (1964-67 y 1979-82). El resto del tiempo, desde 1962 hasta 1992 el régimen militar se ocupó de destruir organizaciones sociales, y asesinar dirigentes y cuadros políticos que a su juicio eran peligrosos. ¿Peligrosos? “La noción de peligro definió al enemigo”, que en una situación de conflicto armado hay que liquidar. El dolor y el rencor aparecen porque la inmensa mayoría de las víctimas no eran enemigos, eran civiles distantes de la línea de fuego. Ellos fueron cazados en sus casas, en la calle, en el trabajo, de forma despiadada; el límite de este vértigo homicida ocurrió con la población indígena. Crearon la figura del desaparecido, acción que acapara los peores síntomas del sufrimiento, porque es un golpe permanente a la esperanza.
Los muertos en combate de ambos lados no entran en la consideración del párrafo anterior; son consecuencias de la guerra y por lo tanto de su lógica mortal. Se sabe que un altísimo porcentaje de los muertos fueron causados por el Ejército y uno mucho menor por la guerrilla. En efecto, la izquierda armada mató gente inocente en un mal manejo de su estrategia. Tienen por ello una cuota de dolor que sus acciones causaron.
Una honda fisura divide a los guatemaltecos de una manera difícil de superar. No lo logra el perdón que es el acto personal de olvidar voluntariamente. Y no se olvida lo que no se conoce bien. La verdad va adelante del olvido. El recuerdo es dolor y rencor como un sordo sentimiento en espera del castigo. No hay límite de tiempo para que el recuerdo se borre, la memoria se debilite y el dolor desaparezca. Por lo tanto, hay que tener plena conciencia de lo ocurrido en Guatemala durante los años de la represión del Estado, el periodo del mal llamado conflicto armado interno.
Los guatemaltecos debemos asumir la verdad de la historia. Han transcurrido ya dieciséis años desde la firma de los Acuerdos de Paz y mas de veinticinco/treinta desde que ocurrieron los peores momentos del horror homicida. Tener conciencia plena de lo que aquí aconteció es reconocer las profundas heridas que se produjeron a la sociedad, es reconocer que más de cien mil guatemaltecos no murieron de muerte natural, sino asesinados por otros guatemaltecos; es re-conocer que los militares se excedieron, que tienen una responsabilidad que la historia no puede olvidar; es reconocer que la guerrilla también mató sabiendo que ningún terror ha conducido a la revolución. Todo este conjunto de reconocimientos es lo que se llama, alcanzar un momento de conciencia histórica. Pero asumir la historia como ella fue, es difícil porque es acercarse a la verdad de las víctimas, distinta de la de los verdugos. ¿Cómo alcanzar la verdad objetiva? Ello solo ocurre con la abrumadora evidencia de los datos; cuando ellos se acumulan por todos los resquicios por donde la certeza puede llegar. No hay aquí espacio para la argumentación. Pero basta una certeza. Sergio Saúl Linares Morales fue capturado por el Ejército el 23 de febrero de 1984, desaparecido desde entonces; su osamenta fue localizada el 7 de septiembre de 2003 e identificada en noviembre de 2011 en una fosa común donde hubo una base militar. Allí hay centenas de cadáveres esperando. Pero un solo caso es suficiente para establecer las responsabilidades.
En los escenarios que hoy estamos viviendo, hay que asumir la tragedia del conflicto en el que una parte de la sociedad castigó a la otra. Hay que poner al día la conciencia histórica, el pasado que se encuentra con la realidad presente. La posibilidad de asumir la verdad de lo sucedido, puede ser el primer paso para la reconciliación nacional; no se ignora que la tarea de lograrla es tan difícil como hacer de lo sucedido un acto de conciencia. Pero en algún momento debemos alcanzar la reconciliación, el fin de ese surco de sangre que nos divide. Los jefes militares, de diversas maneras en Argentina, Uruguay, Chile, han aceptado algunas responsabilidades. En Argentina donde los crímenes fueron mayores pidieron perdón. Se han dirigido a la nación, expectante, asegurando que lo ocurrido no volverá a repetirse.
En Guatemala vivimos un escenario particular, calificado por la excepcional circunstancia que un general contrainsurgente fue electo democráticamente como Presidente. Constitucionalmente, es el Presidente de todos los guatemaltecos y dentro de esa tesitura nos movemos. Frente a los males del país, que son muchos y profundos, no podemos sino esperar que el Gobierno los enfrente exitosamente. Algunos de esos males como la hambruna exigen una solución, que no depende de diferencias ideológicas. También se plantea, como nunca antes, la posibilidad que un alto oficial del Ejército, el Presidente por ejemplo, asuma la historia que le tocó vivir. Le haría un inmenso favor a la nación guatemalteca facilitando la reconciliación nacional, disminuiría notablemente las fisuras de dolor que dividen al país y rescataría para el Ejército el inicio de una nueva valoración de su papel en la sociedad.
Las fechas tienen a mi juicio explicación, que no es posible intentar aquí y que molestarán a aquellos que tienen una visión apocalíptica de nuestra historia.
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