Eugenio va por la Atanasio Tzul a las nueve de la mañana, en una camionetilla sin polarizar. En el semáforo de Pamplona, se da cuenta de que tiene dos motos a ambos lados. Mierda. Le tocan el vidrio con un arma.
Eugenio baja la ventanilla. No iba hablando por teléfono, pero lo lleva visible sobre la gaveta que separa los asientos. “El iPhone”, le ordenan. Eugenio lo entrega. “Y el anillo”, exige el asaltante, al ver la pieza de oro macizo que carga en el anular.
Furioso, Eugenio se dirige a su oficina. Abre la puerta del despacho y enciende la computadora. Es el tercer móvil que le roban. No puede ser que le esté pasando ¡otra vez! Cuando le quitaron el segundo iPhone quiso perseguir a los asaltantes y convencer a unos policías que se aparcan cerca de su oficina de ir a buscarlos. En vano los dos intentos.
Eugenio se serena, ya aprendió. El teléfono tiene GPS y en la pantalla de su máquina contempla el recorrido del punto titilante hasta que se detiene en la zona siete, en el Centro Comercial de la Quinta Samayoa.
A pocos metros de la oficina siempre hay un par de patrullas que cuidan la casa de un ministro. Eugenio les pide ayuda. “¿Usted pasó por aquí hace como un mes?”, le pregunta el agente. Eugenio asiente. “Véngase”, dice el policía, “yo sí los agarro”.
Minutos más tarde están en el estacionamiento del centro comercial. El GPS los conduce hasta un Audi A4. Ahí están los tipos, conversando como si nada. Ahora les toca a ellos: ni se dan cuenta cuando tienen a un policía de cada lado. Los obligan a bajar y les piden los papeles. En el asiento trasero hay chumpas de motoristas, cascos, maletines de mensajero.
Del centro comercial salen los curiosos y se forma un barullo. En un primer registro no aparecen las cosas de Eugenio. Sin el cuerpo del delito, no hay arresto. Los ladrones lo saben y sonríen. La gente le dice a Eugenio que desista, que vale más su vida, que no va a lograr nada.
En eso se aparece otra patrulla. Por segunda vez registran el vehículo y esta vez, más tranquilos, encuentran la caja del celular y el anillo. La gente aplaude cuando esposan a los ladrones y se los llevan a la Torre de Tribunales.
Según Eugenio, el resto sería cuestión de trámite. Error. Solo hay un fiscal en todo el municipio para atender estos casos y tomar las declaraciones. Hay 40 en fila y en lo que llega el turno de Eugenio pasan ocho horas. Ocho horas en las que debe esperar en el “gallinero” del sótano de Tribunales con los maleantes y durante las cuales el abogado defensor se le acerca varias veces para “conciliar”, es decir, comprar su silencio.
Eugenio es un amigo de muchos años y me contó esta historia con agradecimiento a las autoridades que lo ayudaron, pero también con mucha frustración por las fallas del sistema. Yo la repito porque unos días más tarde, los diarios publicaron que en la zona 11, no muy lejos de donde asaltaron a Eugenio, un hombre mató a dos motoristas que intentaban quitarle el teléfono a una mujer.
La noticia generó una avalancha de felicitaciones para el asesino. No me extrañaría, por otro lado, que al leer esta historia muchos comenten que Eugenio es un insensato, un temerario.
Y es cierto, quizá en este país al revés no es lo más razonable pedir auxilio y cooperar con la policía, el MP, los tribunales. Pero esa es la clase de locos que necesitamos para enderezar la justicia.
Vea www.dinafernandez.com
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