Dos médicos jóvenes, pero visiblemente muy calificados y con muy buenas referencias, me veían de forma esquiva, mientras revisaban la audiometría que recién me habían hecho. Llegué a la consulta, porque sentía un tapón horrible en mi oído derecho, lo cual es realmente molesto y me impide trabajar con comodidad… usar –últimamente– ese oído
–cincuenta años usado y considerado, hasta hace poco, como “el más afinado”– es ahora sumamente incómodo, de manera tal que desde semanas atrás me estoy acostumbrado al uso de mi oído izquierdo.
Aunque había sentido una pérdida importante, en mi capacidad auditiva en mí oído derecho, lo cual descubrí, gracias un vecino de esos “purruneros” que no tienen vida… al menos que atormenten a sus colindantes… cada fin de semana, nunca le habría prestado mayor atención, si esa sensación de taponamiento no se hubiese hecho presente. Recuerdo que cada vez que el vecino –quien felizmente ya se mudó– celebraba, yo me recostaba sobre mi oído izquierdo y el derecho era incapaz de escuchar con toda la intensidad el ruido… así que podía descansar un rato. Ello mientras –inconsciente– me daba vuelta y entonces el ruido lo percibía en toda su magnitud por mi oído izquierdo… despertándome molesto.
Pues bien, finalmente, luego de mucho tiempo fui al médico… y vuelvo a la escena del inicio. Allí estaban esos jóvenes profesionales, teniéndole que decir a un –para ellos– viejo que había perdido el cincuenta por ciento de su oído derecho… y que era un hecho irreversible… más incómodo les resultaría sugerirme que –de seguir el deterioro– debería usar un aparato. Intuitivo como soy, les ayudé y animándoles les dije: “Disparen… no tengan pena, según yo he perdido como la mitad de mi oído derecho ¿es cierto?” Sí… respondieron ellos de forma instantánea, en ambos tiene pérdida pero el peor es el derecho… subrayando que el daño era irreversible y debían verme dentro de un año para evaluar la evolución y si era necesario un aparato. Sobre el molesto tapón, no se trataba –como estaba seguro– de falta de asepsia, sino de mucosidad en la Trompa de Eustaquio, con motivo de mi alergia crónica… la cual no se puede extraer y debe drenar, con ayuda de medicamentos nasales.
Salí agradecido de que la cosa no fuera –desde mi perspectiva– tan grave, aunque en el carro, camino a casa me entristecí un ratito… pues me tocaba aceptar un achaque más de esos que la edad inexorablemente nos va presentando, con los que hay que vivir y es menester hacerlo con fe y optimismo. Dos de mis más queridos amigos son medio sordos y les he querido siempre –y ellos a mí– con todo y sus aparatos… cada vez menos visibles. Antes de llegar a casa, decidí lo mismo que cuando me informaron –hace años– que tenía miopía, luego astigmatismo y finalmente presbicia… resolví valorar más mis ojos que para mí funcionan muy bien… ahora decido –aunque oiga menos– escuchar más… y doy gracias a Dios porque me permite hacerlo. ¡Piénselo!
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