Abramos nuestras cabezas para la manifestación campesina.
Tras discutir sobre los mensajes que apelan al nacionalismo, esta semana sí que nos podemos meter de lleno al tema con dos detonantes. No tenemos un libro de historia en las escuelas de Guatemala. Y el Estado no refleja la cultura de la mitad de la población de ascendencia maya, que viene en miles a manifestar a la capital la próxima semana para reivindicar derechos.
En Guatemala nos hemos descrito casi siempre desde 1871 como una nación (única) ladina, no indígena, o más bien antiindígena. Solo los unionistas de hace un siglo, la Revolución de Octubre y los Acuerdos de Paz pusieron sobre el tapete la necesidad de construir una identidad nacional porque ni lo ladino ni lo indígena pueden abarcar por sí solos lo universal de lo guatemalteco. Como en el resto del planeta, no hay suficientes países para grupos étnicos y tenemos que construir naciones diversas.
Nosotros, la primera generación de adultos después de la firma de la paz, no hemos tenido la oportunidad de debatir sobre quiénes somos. Hace 30 años que hace aguas la tontera de creer que este país es ladino y que sus símbolos patrios nos representan a todos, con su bandera e himno decimonónicos, o su idioma único (los científicos han demostrado que los bilingües somos más inteligentes). El gobierno de Otto Pérez, como casi todos los militares del siglo XX, parece creer que este es un país ladino.
Así como desde mediados del siglo pasado los indígenas revalorizan su identidad al resaltar ascendencia maya, yo también revalorizo mi identidad mestiza al resaltar sus componentes mayas, y los de muchos héroes y aportes mestizos y criollos de mi país. Y quisiera cambiar en algo nuestra bandera, actualizar nuestro himno, que hayan traductores en el Estado o que todos los niños de hogares hispanoparlantes aprendan en la escuela y el colegio además de español e inglés, un idioma maya.
Lo bueno es que no tenemos que reescribir la historia que enseñamos en las escuelas, porque solo tenemos que escribirla. Un reportaje de Oswaldo Hernández en Plaza Pública muestra que no hay un libro de historia nacional (no digamos ya un curso) y que los maestros tienen que comprar libros de editoriales privadas que obvian hasta que en la reforma liberal hubo expropiaciones a indígenas o trabajo forzado.
Nos queda mucho camino. Bien podríamos empezar cuando nos recordemos la próxima semana que este país es de todos, tan de los mestizos en camioneta o en carro como de los mayas que van protestando a pie. Y que ellos no son la estupidez de “terroristas desestabilizadores”, sino solo guatemaltecos que están hartos de nuestra máxima orweliana que dice que en esta granja todos los animales somos iguales, pero hay unos animales más iguales que otros.
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