Alejandro Urrutia vivió para el arte. Como él mismo decía: “Mi postura en la vida es ser quien soy”. Y esa entereza se plasmó en la identidad artística que lo acompañó a lo largo de los años, a lo largo de su obra. Murió en noviembre pasado, dejando una huella profunda y permanente en el arte nacional.
Un día de mayo de 1951, la familia Urrutia Aparicio vio nacer a quien se convertiría en una de las piezas fundamentales de la plástica guatemalteca: Alejandro. Desde pequeño mostró aptitudes para el arte y ello derivó en estudios en la Escuela Nacional de Artes Plásticas. No obstante, para la construcción de su yo artístico la pintura no bastaba. Esa inquietud lo hizo incursionar en la danza, la otra gran pasión de su vida, que supo fusionar con movimiento, texturas y colores en sus lienzos. Murió el 19 de noviembre de 2011, dejando tras de sí más de 15 exposiciones personales, tanto en Guatemala como en el extranjero, y obras en colecciones privadas de todo el mundo. Tenía 60 años.
LA DANZA Y EL PINCEL
La obra de Alejandro está fuertemente influenciada por su afición por la danza, disciplina que practicó por más de 15 años -siendo parte del mejor momento del Ballet Guatemala. Esta simbiosis entre movimiento corporal y trazos sobre el lienzo se manifiestan claramente en su gusto por las líneas fuertes, ondulantes y vigorosas, plasmadas varias veces por medio de los colores contrastantes. Muchas de sus composiciones, además, reflejan a cabalidad el dinamismo coreográfico que dominaba a la perfección.
Pero sus temas de interés abarcaron mucho más. Como un acercamiento descriptivo al trabajo del artista, Estuardo Salvatierra, de la galería Caos, afirma que la obra de Urrutia "se traduce no únicamente a un proceso creativo de por sí, sino también en un análisis de sus múltiples experiencias y lecturas que lo hacen un artista particularmente preocupado por la investigación del arte clásico y de los grandes maestros de otras épocas, amante del impresionismo y del movimiento expresionista". Y es precisamente esta última tendencia la que mejor lo definía, al punto que él mismo se denominaba un expresionista figurativo.
De esa cuenta, entonces, en las piezas del artista se suceden escenas de tauromaquia, rostros, distintas reinterpretaciones de la figura humana y otras formas que construyen una identidad propia y perfectamente diferenciada. Dos elementos, además, destacan como constantes en sus pinturas: el uso de grafías (que se cuelan como adiciones superpuestas que lo ayudan a reafirmar la carga conceptual de la obra) y el particular sello que, como un rasgo característico, se convierte en parte central de la firma.
El legado pictórico de Alejandro es vasto e imponente. Gracias a su gusto por la exploración del color, la reinterpretación de las formas clásicas y la fluidez visual en sus trabajos, Urrutia se posiciona como uno de los indispensables en el panorama de la historia del arte nacional. Para Lourdes Amaro, conocedora de su obra y directora de Art Harvest, el trabajo de este artista es fundamental en dicho panorama. Lo reafirma valiéndose de una frase lapidaria que escuchó una vez: "No hay colección de arte guatemalteco completa sin un Urrutia". Al final, lejos del renombre, la pompa y reconocimiento, el propio artista da la clave justa para entender su esencia: "…el único premio que importa verdaderamente es mi obra", y qué mejor premio que la permanencia de su nombre, sus colores y sus formas en la memoria colectiva de la plástica guatemalteca.
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