Absorbidos por las mieles de la inmediatez, nos negamos a confrontar nuestra historia. Se hace más cómodo hacernos la brocha, arrinconando oscuros sucesos debajo de la alfombra. Habrá que meter el pasado en el fichero de los recuerdos para ordenar nuestros pensamientos confusos y diseminados. Vamos con la erre de racismo. Hablo del siniestro fenómeno que permite obstinadamente que en unos pueblos se viva menos tiempo y peor. Sombrilla perversa para justificar que unos se sientan responsables del destino de otros: de “nuestros inditos” (paternalismo), con la autoridad moral e histórica de decidir por ellos (¿maquila, migración o call centers?). Y claro, todo se maquina desde la capital, desde el idioma español y desde lo ladino. Lo demás es visto como folclor, artesanía o tradición. Ahora, “gran potencial turístico”. Se repite la fórmula mágica de la hegemonía: a mayor distancia, mayor abandono (etnocentrismo). Mayor silencio. El gabinete es muestra de que aún no comprendemos la diversidad, ni el pluralismo, ni la paridad como valores democráticos. ¡Un único ministro indígena y en Cultura! Además hasta le han quitado la rectoría de la celebración del Bak’tun. Todo argumenta el retorno a lo monstruoso: en este contexto es fácil ver al indígena como amenaza para la seguridad nacional. Esto se reproduce hasta en reportajes, que, en muchos casos, no hacen más que defender “solapadamente” intereses económicos y extranjeros. Más que desvirtuar las consultas. Más que bloquear la empatía hacia colectivos y dejarle al otro la responsabilidad de su propia biografía, excusando al Estado de sus responsabilidades (individualismo): “es pobre porque quiere”.
La inmediatez, pautada por la imagen homogénea que reproducimos de nosotros mismos, no nos permite historiar los hechos. Ver más allá. Se levantan cortinas de humo y las sostenemos impunemente.
Haber “lazado” sistemáticamente a miles de jóvenes indígenas durante el conflicto armado para reclutamiento forzoso es uno de los actos de racismo más claros de la historia de la humanidad. Cacería de indígenas en día de mercado. O masacrar sistemáticamente a miles de mujeres y niños indígenas de una forma brutal. ¿Desaparecer aldeas? Y ahora, las escasas o nulas posibilidades de estudio y trabajo para los jóvenes indígenas. ¿Y la hambruna en gran parte de la niñez indígena? Jamás olvide: el genocidio es la máxima y más brutal expresión del racismo. ¿Hubo? ¿Hay?
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