¿Hasta dónde es lícito llevar las cosas para cumplir el propio deseo? ¿Pueden, acaso, llegar las acciones más allá de lo marcado por las leyes físicas que gobiernan al cuerpo…?
El título del que hace uso el director manchego Pedro Almodóvar para su última película es más confesional del que aquí se usa, el suyo es: La piel que habito.
La variación que hace posible estos dos títulos enuncia que entre la piel que cubre y aquel que se encubre bajo ella hay una distancia, una diferencia, una separación, una ruptura.
El juego jugado entre la piel y la identidad que reside por debajo de ella es un juego carnavalesco, es un juego que se determina entre las apariencias y los deseos, entre las carencias y los cumplimientos, entre las renuncias y las necesidades, entre las amarguras y las delicias; juego carnavalesco porque persiste y subsiste en función del poder de la máscara, y de ella no solo como una existencia fortuita, sino más bien como una persistencia irrenunciable.
Toda la atmósfera de este último largometraje de Almodóvar está dominada por una fotografía impecable, que no se sabe si lo es por virtud de ella misma o porque casi todo el tiempo que dura la película se enfoca sobre imágenes prolijas, luminosas y antisépticas de quirófano y bisturí, imágenes con luz y limpieza de labor de cirugía, imágenes rodadas al margen de cualquier riesgo de microbios, bacterias o contaminación; a lo mejor porque el hombre, al ser o al estar separado de la piel que lo cubre, no puede estar enfermo de algo más devastador.
Sería poco delicado y hasta tonto contar la trama de la película en cuestión, baste decir que hay algunos de los sentimientos más básicos envueltos en la historia: el dolor por la pérdida, la ambición personal, los celos, la traición y la lealtad, la venganza, la violencia, la sumisión, sobre todo esta última y quizás algunos otros; todos estos ingredientes sumados a la fotografía lograda desde la más refinada limpieza generan, de la manera más sutil, un resultado en el que tanto los actores como el espectador se ven conducidos (por no decir sometidos, porque bien podría usarse este verbo) por la irresistible mano del director, quien dirige casi como si usara un pincel.
La película, como el juego que la nutre, es carnavalesca al punto de que todas las consecuencias de la trama son desencadenadas por alguien que disfruta disfrazándose, por alguien que suele hacerlo desde niño y además que usa un disfraz de tigre que, como decía Borges, es como el fuego; quizá sea esta la única presencia que desentona con la atmósfera higiénica de toda la película, tal vez porque su presencia es también el punto de quiebre mediante el cual se desarrollan las situaciones más importantes que narra la historia; a través de la aparición de este joven que, en verdad, es alguien que sólo hace uso de una piel de tigre para un carnaval, la trama es capaz de alcanzar el sentido de lo revelado, de lo desvelado y que hasta entonces ha logrado mantenerse escondido.
Con tales señas de identidad este nuevo trabajo de Almodóvar sigue con lealtad y fidelidad el estilo y los temas de algunos de sus trabajos anteriores: desde que hubo uno llamado La ley del deseo; desde aquel otro largometraje que se llamó Hable con ella, en el cual una mujer vive las situaciones determinantes de su destino bajo el velo o escondite de la inconsciencia; desde la aparición de aquel otro que se llamó Volver, en el cual la violencia de una violación presente descubre o desvela toda una historia pasada y reconstruida a partir de aquello, la vieja historia era la de otra violación; desde aquel otro texto reflexivo que tiene el coraje de reconocer todo lo hecho como algo inconcluso que fue Los abrazos rotos, al cerrarse reconociendo lo cubierto o velado con la confesión …las películas hay que terminarlas, aunque sea a ciegas.
Como si la vida fuese, ante todo, un lugar en donde hallar escondites, como si la vida debiese, de algún modo, vivirse siendo otro bajo la creencia de ser el mismo, o bien siendo el mismo pero persuadido de ser otro; aquí, en La piel que habito, el deseo llega a ser tan potente que es capaz de engañar al paciente de la medicina moderna, al punto de hacer responder a la ciencia antes y más frente al querer que frente al sanar, porque ciertamente la cirugía estética, tan en boga, no responde al querer estar sano sino que responde al querer ser diferente, ya sea como un arma para destruir la subjetividad, o bien como una fuerza divina para construirla, ya sea para destruir lo que poseo y odio, o bien para construir aquello de lo que carezco y adoro.
Como si el hombre fuese capaz de decir que se encuentra enfermo en un cuerpo sano.
Valdría la pena preguntarse, a partir de lo que aquí plantea Almodóvar, ¿Por qué la finalidad de la identidad difiere de la finalidad del propio cuerpo? ¿Por qué la identidad corre tras un deseo, aunque este sea capaz de destruir al propio cuerpo? Ejemplos como la vida del cantante Michael Jackson son difíciles de olvidar o de eludir.
¿Hasta dónde (parece preguntar Almodóvar) es lícito llevar las cosas para cumplir el propio deseo? ¿Pueden, acaso, llegar las acciones más allá de lo marcado por las leyes físicas que gobiernan al cuerpo…?
Normalmente, las cosas debieran terminar con las indagaciones anteriores, pero queda algo pendiente, y es que es difícil no recordar a aquel añejo y avejentado protagonista de antiguos largometrajes, al doctor Victor Frankenstein, quien nunca se imaginó que un maduro andaluz llamado Antonio Banderas, después de ganar cierta fama en Hollywood y a comienzos del siglo XXI, llegaría a ser un epígono suyo; y si no lo pudo imaginar él, a lo mejor tampoco Mary Shelley.
Este espacio es para promover el diálogo, compartir, discutir y argumentar sobre el artículo publicado, únicamente.
Se prohíben mensajes que contengan:
Nos reservamos el derecho de editar o eliminar cualquier mensaje que no cumpla con las condiciones anteriores. Y de ser necesario bloquear a usuarios.
Al participar, acepta las reglas y el aviso legal.
1 comentarios: