Los estudiantes están más interesados en obtener un título que en adquirir cultura general.
La primera universidad fundada en el mundo fue la de El Cairo, Egipto, en 970, siguiéndole en orden cronológico las de Montpellier, Francia, fundada en 1181, y las italianas de Módena (1189) y Padua (1222); las de Toulouse y París, en Francia, en 1229 y 1231; y la de Salamanca, España, fundada en 1244. En Guatemala, el obispo Francisco Marroquín propuso en 1540 la creación de una universidad, misma que se fundó en 1676 como Universidad de San Carlos de Borromeo.
En sus inicios las universidades transmitían un saber común, basado en la cultura grecorromana, utilizando el latín como lengua universal. Las antiguas universidades desde la Edad Media fueron dirigidas por la Iglesia católica, y de ellas aún se conserva la tradición de la toga, el título y parte del ritual de graduación. Igualmente se conserva en algunas el estudio de teología, como una de las ciencias fundamentales. Recordemos que una función de la universidad es la búsqueda de la verdad, y para ello la teología, la ciencia y la filosofía.
Pero es en la universidad francesa donde se inicia, bajo el gobierno de Napoleón (1808), la tradición de la universidad como entidad controlada por el Estado, con el monopolio sobre la entrega de los grados, modalidad que se traslada a otras universidades en el mundo, que con ello pierden la autonomía de que gozaban. En el caso francés se introdujeron nuevas materias de estudio, cerrando las escuelas de teología y arte. Es hasta 1968 que una revolución estudiantil rompe en Francia con ese modelo antiguo de una sola universidad estatal, creándose a partir de entonces varias subvencionadas por el Estado y “privadas”.
La función de la universidad fue durante varios siglos la transmisión de conocimiento, de la cátedra al estudiante. A partir de 1808, Wilhelm von Humboldt, fundador de la Universidad de Berlín, propone como una tarea adicional: la investigación; y ya entrado el siglo XX, las universidades norteamericanas agregan el “servicio a la comunidad”. De manera que es así como en la historia se produce lo que hoy se considera como las tareas centrales de cualquier universidad, esto es: producción de conocimientos (investigación), transmisión de conocimientos (docencia), y servicio a la comunidad (proyección social). En nuestro medio las trece universidades existentes privilegian la formación profesional, y en algunos casos procuran que esa profesionalización se acompañe de formación humana. Pero la investigación es aún muy pobre, por lo que no se produce conocimiento propio.
Las universidades guatemaltecas padecen varias problemáticas; entre ellas el que la mayoría de sus estudiantes está más interesada en obtener un título que les asegure un empleo y movilidad social, que en adquirir una cultura general para ser “más personas”. La masificación, otro problema central, especialmente en la Universidad de San Carlos (Usac), castiga la calidad educativa, por lo que es obligatorio regular el número de estudiantes; al efecto vale recordar el axioma que indica que “cuando la oferta es pública y gratuita, el consumo privado crece exponencialmente”. El asunto no es solo de presupuestos, sino de definir la razón de ser de la institución educativa superior, esto es ¿formadoras de elites para investigación de alto nivel?, o proveedoras de estudios en función de facilitar títulos para movilidad social. Y ello, ¿en función del qué? Un problema adicional de las universidades es su ideologización, pues esta propone “un modelo de sociedad”, y descuida el esfuerzo por “entender el mundo”. Pero el que me parece como mayor problema en prácticamente todas las universidades guatemaltecas es la centralización de su administración y recursos, lo que inviabiliza la posibilidad de que surjan carreras universitarias basadas en los intereses y necesidades de los diferentes territorios del país. Recién empezó un esfuerzo en Quetzaltenango con la nueva Universidad de Occidente, a la que deseamos éxitos en su aventura.
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