El 23 de marzo de 1982 es uno de mis primeros recuerdos políticos. Yo estaba en el colegio cuando nos sacaron al patio de recreo y nos avisaron que volveríamos temprano a casa.
“Golpe de Estado”: esa fue la explicación. Ninguno de nosotros entendía qué significaban esas palabras ni sus consecuencias. Y lo poco que nos decían incrementaba la confusión.
Todos sabíamos que en el país se libraba una guerra con dos enemigos acérrimos: por un lado, el Gobierno y su Ejército; y por el otro, la guerrilla. Cual niños, entendíamos ese enfrentamiento como una caricatura en blanco y negro, con buenos y malos en los extremos.
Mientras el golpe se consolidaba y nosotros esperábamos, reinaba el desconcierto. ¿Si había caído el Gobierno, era el fin de la guerra? ¿Habían ganado los guerrilleros? ¿Cómo estaba eso de que era un movimiento de militares contra militares? ¿No eran acaso del mismo bando?
El embrollo acabó de complicarse horas más tarde, al escuchar que la gente celebraba el desenlace. ¿Por qué la felicidad? ¿Qué había de positivo en que el Gobierno se atacara a sí mismo?
Uno de los protagonistas de ese 23 de marzo fue el general Efraín Ríos Montt, quien en ese momento volvió a nacer a la vida política, una vida en torno al poder que comenzó a apagarse la semana pasada. Despojado ya de su inmunidad parlamentaria, el anciano general se presentó a los tribunales para enfrentar cargos de genocidio y crímenes de lesa humanidad, por los cuales ha quedado bajo arresto domiciliar.
A partir de ahora se desarrollará un juicio para establecer la responsabilidad de Ríos Montt en varias masacres en la región Ixil. Más allá de establecer qué papel jugó Ríos Montt en esos días, si de algo sirve este proceso será para que los guatemaltecos intentemos comprender esa guerra que nos desgarró. Falta responder a muchas preguntas sobre la época. No son las mismas que nos hacíamos de niños, pero nos siguen interpelando.
Con el correr del tiempo, Ríos Montt se llegó a convertir en el símbolo de los horrores cometidos en esos años. Que estas atrocidades ocurrieron es un hecho: lo que cabe debatir es la exacta participación de Ríos Montt en las mismas.
A la Fiscalía le corresponde probar las responsabilidades, materiales y políticas, que imputa al acusado. Al general Ríos Montt le toca rendir cuentas; y a la sociedad, desarrollar una reflexión que construya de cara al futuro.
El general Ríos Montt no era el único habitante de este país en los años ochenta, ni su único dirigente político y militar.
Descargar en él todo el peso del conflicto armado, con sus miles de muertos, podrá resultar fácil y cómodo (en especial si se alivian así otras conciencias) pero no es justo ni útil. Está bien si de niños entendíamos el mundo como una caricatura, pero ese tiempo ya pasó.
A estas alturas, en vez de regurgitar explicaciones maniqueístas haríamos bien en adentrarnos en los pliegues y los matices y emprender, cada cual, un examen de conciencia. ¿Cuáles fueron las causas profundas de la guerra? ¿Por qué permitimos la hecatombe? ¿Qué papel jugó cada quien en el horror? ¿La guerrilla, desde luego, pero también la elite, la iglesia, la clase media urbana, la prensa?
Al ver hacia el pasado, no debemos olvidar que hoy nos abraza una violencia aún más demencial que la de aquella época. ¿Qué hemos hecho tan mal, que no logramos aplacarla? ¿Y cuándo serán prioridad los muertos de hoy, no los de hace 30 años?
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