El tiempo transcurre rápidamente. Mientras el señor de las cuatro décadas –Ricardo Arjona– atraviesa tranquilamente un puente en Panajachel con la guitarra en un hombro y la mochila en el otro, el señor de los últimos cuatro años, –el presidente Colom– atraviesa intranquilo, sin guitarra y sin mochila, “El Niágara en Bicicleta”. ¿Quién lo diría? Mientras hace unas semanas, el propio presidente le otorgaba a su gestión un 8 sobre 10, un sondeo publicado por Prensa Libre reveló que un 95.8 de sus lectores reprueba su gestión.
En política, no tomar decisiones es peor que cometer errores; así los resultados políticos de su permanente indecisión se reflejan en la implacable evaluación que los lectores de Prensa Libre hacen del presidente de la República. Los resultados nos recuerdan que en política un Presidente no puede darse el lujo de postergar peticiones, o se conceden o se niegan, no hacerlo contribuye a construir en el imaginario colectivo una indeleble impresión de debilidad.
En política las intenciones no cuentan, cuentan los resultados, ¿pero cómo alcanzar resultados en cuatro años, cuando las pasiones privadas se convierten en las políticas públicas de Gobierno? Todo Presidente desea que no lo juzguen por los errores cometidos durante los últimos meses de su gobierno, sino por sus probables aciertos durante los cuatro años de gestión, sin embargo, en este caso, la percepción generalizada es que no se le vio hacer, se le vio dejando hacer.
Los asesores “dispensables” nunca les recuerdan a los Presidentes de turno que aunque hayan ganado las elecciones, al término de su mandato habrán de perder el poder. Los problemas de Guatemala no son nuevos, pero la gente siempre culpará de todo mal al que detenta, pero sobre todo, al que abandona el poder. Es tan corto el poder y tan largo el retiro.
En la novela La Silla del Águila de Carlos Fuentes, a las 24 horas de tomar posesión, el presidente Lorenzo Terán confiesa: “Asumes la Presidencia, te ponen en el pecho la banda tricolor, te sientas en la silla del Águila y ¡vámonos! Es como si te hubieras subido a la montaña rusa, te sueltan del pináculo cuesta abajo, te agarras como puedes a la silla, y pones una cara de sorpresa, haces una mueca que se vuelve máscara”. Álvaro, la dulce victoria de ser presidente desemboca fatalmente en la amarga derrota de ser expresidente.
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