Una magnífica fotografía de Esther Cidoncha, donde aparece Cyrus Chestnut —de espaldas, tocando el piano— junto al saxofonista Donald Harrison, me remite, a saber por qué tropiezos de la memoria, a una vieja foto de Miles Davis en la carátula de un disco de los sesenta. Y de pronto estoy esperando un autobús en una vieja calle de Nueva Orleans. Junto a mí hay una señora negra que tiene tomada de la mano a una niña y a lo lejos, seguramente en la radio o en un viejo fonógrafo, se oye una trompeta con sordina que se resbala en el aire húmedo del verano. Era quizá 1967, había un calor pegajoso y, cuando subí al armatoste fue la primera vez que tuve la sensación de no pertenecer a un lugar. Adelante iban sentados los blancos con cara de whatthefuck y atrás, los negros, con el discurso de Martin Luther King todavía palpitándoles en las sienes. Y como no supe dónde sentarme me quedé de pie, en medio del autobús, hasta que la señora que había subido con la niña me sonrió y me invitó a sentarme a su lado. A pesar del racismo que desde siempre hemos practicado en Guatemala, esa muestra de apartheid me golpeó de una manera inesperada. De pronto adquirí conciencia de mi falta de blancura. Los gringos seguían practicando la separación de las personas, como si la marcha a Washington en favor de los derechos de los negros y el boicot de los buses en Montgomery no hubieran significado nada. Después de todo, Kennedy había fracasado en su defensa de los derechos civiles. O tal vez no: quizá ya no sea necesaria una nueva guerra de Secesión.
Todo esto viene a cuento porque hace unas semanas, cuando fui a ver el documental AbUSAdos, de Luis Argueta, me acordé de la trompeta con sordina de Miles Davis (ahora creo que era él quien soplaba esa música pegajosa en la radio) y del episodio del autobús en Nueva Orleans. Sin duda la redada de Postville es una muestra indiscutible de cómo se ha venido actualizando la intolerancia y el racismo estadounidenses; de cómo en el fondo de sus problemas actuales (déficit fiscal, falta de trabajo, un dólar que pierde valor aceleradamente, una crisis económica cuya salida todavía es incierta, la sombra que empieza a proyectar China sobre el todopoderoso imperio, guerras inviables de oscuro pronóstico) algunos blancos siguen cultivando un odio irracional por el inmigrante. Me gustó que la película obviara el camino fácil del sentimentalismo, aunque no carezca de sensibilidad. También que el director haya sido tan objetivo como le fue posible y que hiciera un trabajo exhaustivo para aportar información de primera mano. Argueta logró reconstruir ese episodio vergonzoso con serenidad; siempre puntual e incisivo, y sin abandonar nunca un balance en el que las opiniones de los afectados y de los estadounidenses tienen un lugar igualmente importante. Con el profesionalismo y la dedicación de un periodista acucioso, el cineasta nos va contando esta historia de la infamia, mientras desnuda cada aspecto de la violencia disfrazada de justicia y legalidad; un montaje de la hipocresía para capturar a los indocumentados con una apabullante demostración de fuerza, absolutamente innecesaria, y sin seguir el debido proceso (aunque en apariencia así haya sido) para que los inmigrantes aparecieran como criminales. En todo caso, el documental nos muestra un ejemplo indiscutible de xenofobia, abuso y discriminación.
Uno queda indignado. Pero también agarrado de un hilo de esperanza porque, según nos muestra el documental, hay muchas personas que en Estados Unidos trabajan por conseguir el respeto y la justicia para los inmigrantes. Ese país, autonombrado adalid de los derechos humanos y la democracia, ignora de manera burda el más elemental respeto por las personas. No obstante, algunos de sus ciudadanos han comprendido que no habrá un mundo mejor si no tratamos como iguales a quienes consideramos diferentes. El futuro de los estadounidenses no radica en ganar las guerras en Irak y Afganistán, ni en cerrar sus fronteras como si el país fuera un enorme gueto, sino en abrirse al mundo con la humildad de quien se sabe vulnerable.
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