Antonia Rodríguez llegó a trabajar a la casa materna mucho tiempo antes de mi nacimiento.
Antonia Rodríguez llegó a trabajar a la casa materna mucho tiempo antes de mi nacimiento. Era una mujer morena, pequeña de estatura y llevaba el pelo siempre arreglado en dos trenzas largas, anudadas por las puntas, como colas de rata. De aquella mujer silenciosa y de ojos achinados, me impresionó siempre su mirada triste y su gesto desconsolado, signos de alguna tragedia sufrida en su juventud, o de algún cataclismo vivido durante su niñez, como por ejemplo el terremoto del 1917, cuando en Guatemala tembló tan fuerte que se cayeron al suelo los campanarios de todas las iglesias y los perro aullaron como lobos del puro susto durante tres días seguidos.
Según nos contaba mi madre, Tona llegó a la casa de la 12 calle “A”, con una pequeña valija de cuero amarrada con dos cinchos y un tanate de tela a cuadros azules en donde llevaba perfectamente doblados, y enyuquillados, sus fustanes y enaguas de vuelitos, algunas gabachas para el oficio y un juego de sábanas y un par de sobrefundas bordadas. Había simplemente tocado a la puerta de calle con el tocador de leoncito, e inquiriendo sobre la posibilidad de trabajar en la casa, específicamente en la cocina, “lo que mejor me sale es el pulique”, le dijo a mi madre, y para convencerla de sus habilidades culinarias le habló de tamales colorados, decorados con rajas de pimientos y aceitunas que hacía para Navidad; los arroces blancos aderezados con cabezas de cebollas y dientes de ajos y de un pepián indio para chuparse los dedos, receta de su abuela materna, quien aún vivía en un poblado fronterizo entre Chimaltenango y El Quiché.
“El trabajo es suyo”, le dijo mi madre, quien no necesitaba cartas de recomendación ni llamadas por teléfono para averiguar referencias. Le bastaba, como se hacía en el tiempo de antes, verle la cara a la gente. “Antonia es una mujer buena y de confianza”, dictaminó ese día a la hora de la cena, “y se queda con nosotros. Nos ayudará en la cocina”. La Tona, como solíamos llamarla con cariño, llegó a nuestra casa una mañana de febrero de 1939 y partió el día de su muerte, cincuenta años después, chupada y enjutada por los años, viejita, viejita, como pepita de jocote de marañón. Continuará…
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