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Guatemala, sábado 06 de febrero de 2010

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Antonia Rodríguez

Antonia Rodríguez llegó a trabajar a la casa materna mucho tiempo antes de mi nacimiento.

Por: María Elena Schlesinger / Ayer mes@itelgua.com

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EP Foto: 

Antonia Rodríguez llegó a trabajar a la casa materna mucho tiempo antes de mi nacimiento. Era una mujer morena, pequeña de estatura y llevaba el pelo siempre arreglado en dos trenzas largas, anudadas por las puntas, como colas de rata. De aquella mujer silenciosa y de ojos achinados, me impresionó siempre su mirada triste y su gesto desconsolado, signos de alguna tragedia sufrida en su juventud, o de algún cataclismo vivido durante su niñez, como por ejemplo el terremoto del 1917, cuando en Guatemala tembló tan fuerte que se cayeron al suelo los campanarios de todas las iglesias y los perro aullaron como lobos del puro susto durante tres días seguidos.


Según nos contaba mi madre, Tona llegó a la casa de la 12 calle “A”, con una pequeña valija de cuero amarrada con dos cinchos y un tanate de tela a cuadros azules en donde llevaba perfectamente doblados, y enyuquillados, sus fustanes y enaguas de vuelitos, algunas gabachas para el oficio y un juego de sábanas y un par de sobrefundas bordadas. Había simplemente tocado a la puerta de calle con el tocador de leoncito, e inquiriendo sobre la posibilidad de trabajar en la casa, específicamente en la cocina, “lo que mejor me sale es el pulique”, le dijo a mi madre, y para convencerla de sus habilidades culinarias le habló de tamales colorados, decorados con rajas de pimientos y aceitunas que hacía para Navidad; los arroces blancos aderezados con cabezas de cebollas y dientes de ajos y de un pepián indio para chuparse los dedos, receta de su abuela materna, quien aún vivía en un poblado fronterizo entre Chimaltenango y El Quiché.


“El trabajo es suyo”, le dijo mi madre, quien no necesitaba cartas de recomendación ni llamadas por teléfono para averiguar referencias. Le bastaba, como se hacía en el tiempo de antes, verle la cara a la gente. “Antonia es una mujer buena y de confianza”, dictaminó ese día a la hora de la cena, “y se queda con nosotros. Nos ayudará en la cocina”. La Tona, como solíamos llamarla con cariño, llegó a nuestra casa una mañana de febrero de 1939 y partió el día de su muerte, cincuenta años después, chupada y enjutada por los años, viejita, viejita, como pepita de jocote de marañón. Continuará…

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4 comentarios:

  1. Ricardo A Juarez E: (2010-02-13 16:17:54 horas)
    Esta historia mas parece un documental escrito y eso que todavia falta,estas son las historias de la vida que tendrian que estar en las pantallas de TV para que por lo menos rescataramos parte de la moral que ya casi esta en extincion.Adelante Donia Maria pues yo estoy seguro que al final de este documental muchos aprenderan a respetar y a querer al ser humano,en especial a las mujeres sin importar clase social ya que lo que hace grande al ser humano es la sencilles y su honestidad. Extension.Donia Maria,seria bueno que este Gobierno sediera tiempo en el canal 9 del congreso para presentar este tipo de historias reales que dicho sea de paso hay muchas,pero muchas en Guatemala.
  2. Abbi: (2010-02-09 11:27:46 horas)
    que columna tan bonita... me recuerda cuando era niña y doña Lina iba a ayudar a la abuelita... estas señoras son nuestras segundas abuelitas... gracias por refrescarnos la mente...
  3. anibal perez: (2010-02-06 14:22:59 horas)
    Ora, si, Nía María: nos la debe con su próxima entrega; este relato está suculento, como las habilidades culinarias de La Tona, retrato de una época ida, pero bastante mejor que esta vorágine de violencia, gobierno usurpador, enajenación colectiva. La foto habla por sí sola: eran los tiempos en que la palabra y la primera impresión bastaban para establecer una relación comercial que, con el tiempo, se volvía familiar y nos hacía sentirnos enteros como personas, como prójimos. Como siempre, estaré pendiente de sus columnas. Relajante y nostálgico relato!.
  4. luis solares: (2010-02-06 01:18:09 horas)
    Qué interesante historia nos vendrá capítulo a capítulo (ojalá María Elena nos siga regalando toda la historia). Después de la columna en la cual se denunciaba el maltrato recibido por una empleada doméstica, creo que esta nos puede traer el lado amable. La condición de servidumbre, aunque sea pagada, es en cierto modo deplorable. Pero en ciertos casos, se da que algunas de las ilustres empleadas, que quizás comenzaron como "chinas" de muchos de nosotros, llegan a pasar prácticamente a formar parte de la familia, sin serlo. La vida y la casa sin ellas no puede ser la misma. Aunque cuando ya estén entradas en años se vuelven mañosas y enojadas, qué ndulce es tener su compañía, a la par de la compañía de nuestros padres.
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