El hecho de escribir, publicar y leer poesía nace de una pasión que sólo puede ser comprendida y compartida a través del lenguaje de la pasión.
El número de libros de poesía que publican las editoriales de todo el mundo es siempre desproporcionadamente inferior al número de libros de narrativa, especialmente de novela. Con los años, esta situación ha provocado que la poesía se haya convertido en una especie de género literario marginal, dirigido a un público delimitado y ya probado de lectores, formado en su mayor parte por intelectuales, escritores y, particularmente, los mismos poetas. Recuerdo que durante el último tercio del siglo pasado, las más importantes editoriales mexicanas incluían, como máximo, dos títulos de poesía en su catálogo anual; los poetas seleccionados eran por regla general autores ya reconocidos. Por ese tiempo surgieron algunas alternativas editoriales, como las llamadas editoriales marginales, que publicaban exclusivamente la obra de los poetas jóvenes, amparadas por instituciones y mecenazgos muy diversos. Hasta hoy, ésta se ha convertido en una de las dos opciones más usadas para editar poesía. La otra, la de siempre, sigue siendo es la autoedición.
En la actualidad, hay que ser un poco zafado o demasiado apasionado de la poesía para lanzarse a editar libros escritos en un género que muy pocos frecuentan y que no aporta prácticamente ningún beneficio económico. Sin embargo, es gracias a estos maravillosos chiflados, que invierten sus magras economías, su tiempo y hasta su salud en el proyecto de publicar libros en los que ellos creen, que la poesía sigue estando presente en los anaqueles de las librerías.
El hecho de escribir, publicar y leer poesía nace de una pasión que sólo puede ser comprendida y compartida a través del lenguaje de la pasión. Y a esta pasión se le une el gusto estético, que es el que guía nuestra elección en materia literaria. Galvano Della Volpe y Levin Schüking ya analizaron este fenómeno en la sociedad. Pero, en realidad, tomándolo individualmente, el desarrollo del gusto literario es un fenómeno de elección rabiosamente personal, y a menudo irracional y arbitrario. ¿Por qué prefiero éste poeta y no este otro? ¿Por qué este poema me conmueve por su perfección técnica y por la profundidad de sus contenidos, y por qué este otro, que tanto me han alabado por las mismas razones, me deja frío? Cuestión de gustos. El refrán popular “en gustos se rompen géneros” es una verdad que podemos comprobar sobre todo cuando nos ponemos a discutir con alguien, quien, como nosotros, tiene ya un gusto formado en materia literaria. En esos momentos los argumentos que empleamos para defender a toda costa nuestros puntos de vista son como cañones de gran calibre, cuyo único objetivo es hacer volar en pedazos los razonamientos del contrincante. Esto lo comprobé por enésima vez recientemente, en una cena prenavideña. Las diferencias en cuanto a autores y gustos poéticos, que siempre me han distanciado, literariamente hablando, de los dos amigos presentes en esa reunión, se pusieron de manifiesto una vez más, treinta años después de nuestras primeras y caldeadas disputas sobre el mismo tema. Y por enésima vez, casi llegamos a las manos a causa de un asunto de gustos literarios y de preferencias poéticas. Esta experiencia me dio la idea de enumerar mis preferencias en materia de poesía, lo que, en el futuro podría facilitar mi relación con las personales que discutan conmigo sobre este delicadísimo tema.
Tenía dieciséis años cuando un amigo antigüeño me regaló un libro que, en adelante, transformaría mi concepto de poesía. Hay libros que marcan para siempre, que ponen un punto y aparte en tu manera de concebir el mundo. La lectura de la antología Quince poetas norteamericanos, de Alberto Gurri, fue para mí esa lectura reveladora. Aunque se trataba de una traducción, cada uno de los universos poéticos ahí reunidos me abrió una ventana hacia una manera distinta de hacer poesía. Como la mayoría de los adolescentes que empiezan a escribir, yo había descubierto la poesía a través de los autores que tenía más a la mano; por un lado, los poetas del gusto popular y, por el otro, los poetas nacionales. A causa de ello, la idea que me hacía de este género era por entonces bastante declamatoria y retórica. Darío, Nervo, Díaz Mirón, Herrera y Reissig, me habían enseñado el efectismo de las figuras literarias, el florilegio de un lenguaje cargado de preciosismo. Los poetas nacionales no eran sino apéndices de este lenguaje extremadamente pesado del que yo, sin saberlo entonces, ansiaba liberarme. De repente, a través de las versiones de ese gran traductor que fue Guirri, descubrí a Eliot, Pound, Jeffers, Frost, Cummings, Williams, Aiken, Stevens, que hablaban de las cosas y de la vida de todos los días con un lenguaje límpido, sencillo, sin retorcimientos. Gracias a ellos pude “torcerle el cuello al cisne”, intentando deshacerme de toda esa sobrecarga lingüística que, al escribir, impide llegar a lo esencial. Incluso fue gracias a esta lectura que pude descubrir tempranamente (y apreciar mejor) a ciertos poetas de mi país, como Alfredo Ballsels Rivera, Luis Alfredo Arango, Antonio Brañas, o Francisco Méndez.
En mi opinión, los poetas angloamericanos fueron los primeros en despojarse de las pirotecnias de la retórica y asumir un tono más cercano al coloquio, sin dejar en ningún momento de renovar las formas poéticas. Esto tendría que subrayarlo en rojo.
En las primeras décadas del siglo XX, ante el choque entre la tradición y la ruptura, los poetas latinoamericanos estaban fuertemente atraídos por el nihilismo europeo (Tzara, Marinetti, Breton); Trilce, escrito insólitamente antes de que César Vallejo se expatriara en Europa, es una bomba que hace explotar la lógica poética existente hasta el momento en la poesía escrita en español; las audacias de los primeros vanguardistas españoles se quedan cortas frente al genio del peruano. Altazor, de Huidobro, es la consecuencia de un distanciamiento cada vez más radical con respecto a la tradición, particularmente la hispánica. Residencia en la tierra se nutre directamente de las fuentes surrealistas. Los angloamericanos, por el contrario, intentan conciliar ambos extremos. Tómese como ejemplo a E. E. Cummimgs; la ligereza lingüística de sus poemas está muy cerca del epigrama latino y del hi-ku japonés. O bien, los primeros grandes textos de Eliot, la Canción de amor de J. Alfred Prufrock y la Tierra baldía, ¿qué son sino un lazo de unión entre estos dos polos? ¿Y las constantes versiones de Pound de los poetas latinos, o de los poetas medievales franceses? ¿O sus Cantos, que intentan recuperar el aliento épico de los cantares de gesta? En general, toda la obra de Ezra Pound pendula entre la tradición y la ruptura.
A Neruda y a Vallejo los descubrí un poco más tarde, en ese orden, y siguiéndolos en su propia evolución. Comencé por los Veinte Poemas de amor y Crepusculario, que hablaban directamente a mi sensibilidad de adolescente; luego, continué con las dos Residencias, donde la pasión neo romántica se confundía con el torbellino sexual, generando así el drama de la pareja contemporánea, el dolor de la separación, la soledad y el desgarramiento existencial. Después, a medida que crecía y tomaba conciencia de mi entorno social, la lectura obligatoria fue El Canto General y, dentro de éste, las “Alturas del Machu Pichu”. Publicado en, en 1950, con un lenguaje unas veces coloquial, otras, narrativo y a menudo recargado, prototipo de la poesía comprometida, de denuncia social, es el que más influencia tuvo en los poetas jóvenes de Latinoamérica durante más de dos décadas, provocando una especie de tsunami de mala poesía, derivada hacia el panfleto político, cuyas secuelas afortunadamente han ido desapareciendo con los años. Las “Alturas del Machu Pichu”, aunque menos atrevido formalmente, a pesar de su aliento mesiánico y un tanto demagógico, sigue siendo una de las cumbres de la poesía extensa en lengua española. Tuvo innumerables imitadores entre los poetas de toda Latinoamérica.
Mi descubrimiento de Vallejo fue otra experiencia definitiva. Toda su poesía es una aventura en solitario, una ruptura en permanencia; su estilo y su mundo poético cambian de piel constantemente; su poesía no se parece a nada ni a nadie existente en esos momentos dentro de su lengua; no pertenece a ninguna tendencia de vanguardia, y pertenece a todas, incluso hay asomos de un modernismo tardío en su primer libro, Los Heraldos Negros (1918), pero también se percibe ahí un aliento expresionista. En Trilce (1922), es una dadaísta avant la lettre, es claro y oscuro al mismo tiempo, imprevisible y pre-lógico en sus formulaciones. En Poemas Humanos, su libro más respetuosamente escolástico, es surrealista a su manera, igualmente sentimos la pesantez de una conciencia existencial mezclada a sus ideas marxistas. Al final de su obra y de su vida, en el lenguaje sencillo, casi objetivo de sus últimos poemas en prosa, predomina un humanismo sereno, que es una manera de cerrar el círculo y reconciliarse finalmente con la tradición a la que, en un tiempo, había intentando dinamitarEste espacio es para promover el diálogo, compartir, discutir y argumentar sobre el artículo publicado, únicamente.
Se prohíben mensajes que contengan:
Nos reservamos el derecho de editar o eliminar cualquier mensaje que no cumpla con las condiciones anteriores. Y de ser necesario bloquear a usuarios.
Al participar, acepta las reglas y el aviso legal.
1 comentarios: