Opinión:El nardo en la palabra (CLXXXI)El primer reto de la vida es conocerse a sí mismo. Por: Amable Sánchez
Quizá no haya sabiduría mayor que la de lidiar constantemente con la propia ignorancia, tratando de reducirla sin disimular y sin desesperar. Esto parece un juego y talvez lo sea. A fin de cuentas, toda la vida lo es. Pero que sea un juego no significa que no haya que jugarlo con toda la seriedad del mundo.
El primer reto –esto lo han dicho los sabios desde antiguo– es conocerse a sí mismo. ¿Qué sentido puede tener conocer muchas cosas, si no se conoce uno a sí mismo? Pero no nos conocemos. Continuamente estamos cayendo en nuestras propias trampas, tropezando con nuestros propios errores, siendo objetos de un susto cuando apenas nos hemos repuesto del anterior, descubriendo nuevos abismos donde pensábamos que todo era plano y manido. Es cierto que esto da fe de lo complicados, ricos y misteriosos que somos, pero no deja de ser por lo menos desasosegante. El segundo reto es conocer a los demás. Cada uno de los otros –protagonistas también en el mismo escenario– es un yo tan complicado como el nuestro. Desde el reverso de nuestra máscara solo vemos máscaras, gesticulaciones, palabras no siempre comprensibles y a veces incoherentes a todas luces. Con ellos hay que lidiar, conversar, entenderse, representar bien el propio papel, para que ellos puedan representar dignamente el suyo, porque los papeles son inconcebibles sin diálogo, y todos tienen que encajar en un proyecto de perfección y plenitud. El tercer reto consiste en conocer el escenario mismo, con sus entradas y salidas, para poder moverse con soltura, sin hacer el ridículo. ¿Pero cuánto sabemos de él? Antes que nada, lo que nosotros vemos del escenario es muy poco, porque es muy poco lo que está iluminado. Es mucho más lo que queda entre bambalinas. Y, por otro lado, el escenario crece, se expande, se mueve, evoluciona, como si fuera de hule o estuviera vivo. Apenas nos llegan atisbos de sus puntos más remotos, y a veces ni siquiera eso. El último reto –¿será el último?– es conocer al que dicen que es dueño del escenario, de los papeles y hasta de los actores. Al que está en el corazón de los actores, entre las líneas de los papeles, dentro del escenario y también fuera de él. Al que apunta, sanciona y califica. ¿Quién? Y la ignorancia se nos impone como un musgo que renace siempre de sí mismo, como una pátina que conforma la propia personalidad, como la capa roída de un mendigo, cuya dignidad peligra cada día, porque se hace muy cuesta arriba ser mendigo y serlo conscientemente. ¿Disimular? ¿Desesperar? Agregar comentario: |
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