Opinión:“Cuates” delincuentesPreocupa la impunidad de los delincuentes de cuello blanco. Por: Dina Fernández
Mi abuelita siempre se quejaba de mis “malas juntas”.
A doña O la ponían nerviosa mis amigos de morral y pelo largo. Espero que en la nube donde descansa no le lleguen rumores de Guate porque la pobre mujer se vuelve a morir. Sobre todo porque sus sospechas resultaron al revés. De mis amigos bohemios era de quienes menos había que temer. Aunque no ha faltado la “joyita” que desfalque a una ONG, donde realmente han destacado los delincuentes es en los círculos hacia donde ella no se cansaba de empujarme, donde supuestamente moran los apellidos “conocidos” y la “gente decente”. El último de estos criminales de cuello blanco es el propietario de Cuentas S.A., Sergio Chacón, el último espécimen de la zaga de niños bien que se portan mal y le quitan hasta la camisa a cientos de personas. Yo nunca conocí al tal Chacón, pero sí sabía quién era y escuchaba sus historias por amigos en común y porque hasta estuvo medio emparentado con una de mis mejores amigas. Ahora su hija, una patojita a quien yo más de alguna vez cargué cuando aún tomaba pacha, anda prófuga porque trabajaba con el papá y él, tan galante, la puso de representante legal de su emporio del engaño al estallar la quiebra. ¡Qué linda forma de fortalecer el vínculo padre e hija, huyendo a salto de mata de la justicia! En esta profesión he visto demasiadas cosas como para que me dé uno de esos “síncopes” a los que tanto temía doña O, pero he de admitir que me decepciona, y me preocupa, el triste estado de nuestras elites y de una clase media dispuesta a saltarse cualquier tranca con tal de igualarlas. Me tiene impresionada la cantidad de gente cercana que ha participado en delitos serios, ya sea porque se avientan a la repartición amañada de contratos del Estado, o porque contrabandean, estafan y se asocian con las mafias del narcotráfico. Hacer dinero no es sencillo y toda la gente que se dedica a los negocios ha fracasado en una o varias oportunidades. Los caballeros (y las damas) se distinguen de los pícaros en dos puntos fundamentales. Los peores embaucadores suelen tener, desde el principio, la intención de ordeñar a quien se deje, mientras que los aficionados tendrán nobles intenciones, de esas que abundan en el camino al infierno, pero igual optan por esfumarse a la hora de responder por el dinero ajeno. Hay estudios muy reveladores de la doctora Iris Bohnet de la Universidad de Harvard que explican la supervivencia perturbadora de los prejuicios de mi abuelita, que tantas discusiones provocaron entre nosotras. En sociedades como Guatemala, donde reina la impunidad y la ley no basta para hacer cumplir los contratos, la reputación de las personas rige las negociaciones. Dado que el sistema no defiende a nadie, la gente trata de asociarse solo con quien supone que no lo va a fregar, lo cual limita enormemente la posibilidad de una sociedad de organizarse, producir, comerciar y yo diría que hasta de vivir de una manera eficiente y plena. Si le creemos a doña O y a la doctora Bohnet, debemos estar entrando a un nivel superior de caos cuando ya ni esos parámetros funcionan, cuando hasta quienes se supondría tienen un nombre y un prestigio que proteger, se conducen como forajidos. Con algo de cinismo se podría argumentar que las elites criollas siempre han sido turbias y que ahora por lo menos se descubre y señala a ciertos tramposos. Ese razonamiento no obvia lo grave de la situación: que nos ha caído encima una avalancha de saqueadores de quienes se esperaría un liderazgo más constructivo. Y para colmo, los señalados no solo pertenecen a la “crema y nata”, sino que se les ha unido una constelación de trepadores que en lugar de conservar el compás moral usualmente asociado a las capas medias, tratan de pasar encima de quien sea. El propósito de estos ladrones consiste en rodearse de los símbolos del poder, con la esperanza de acceder así al poder real. No importa el costo: todo se vale con tal de intentarlo, aún cuando aquí entre nos, el poder real no es solo cuestión de jaguares y chalets en Juan Gaviota sino de asuntos más complejos y atávicos. Pero no cabe duda de que la vocación de lobos se nos ha salido a todos, de arriba abajo. Estamos a merced de los mareros, de los señoritos bien y de los wannabes. Doña O estaría asqueada… y para qué negarlo… yo también. Agregar comentario: |
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