Opinión:¿Quién dio la orden?Quien lo puso en el lugar tiene que dar explicaciones… Por: Acisclo Valladares Molina
Las personas que fueron condenadas en el caso Gerardi… ¿lo fueron más allá de cualquier duda razonable?
Si no lo hicieron motu proprio, alguien puso a los Lima en la escena del crimen y cabe preguntarse ¿quién? y ¿por qué?, ya que aquel o aquellos que los hayan puesto en ella tienen harta responsabilidad en su condena. ¿Por qué tenía que llegar el Estado Mayor Presidencial al lugar de los hechos? ¿Qué jocotes llegaron a hacer los elementos enviados a la escena del crimen? ¿Fueron enviados a investigar? Si tal el caso, ¿a cuenta de qué, si es así que ninguna función le correspondía a aquel híbrido político-militar –el Estado Mayor Presidencial– en la investigación de ese y de ningún tipo de delitos? Si Lima es inocente debería preguntarse, ¿quién me mandó a la Casa Presidencial y por qué? Puesto que quien lo haya hecho sería el principal responsable de haberlo puesto en entredicho. Yo tengo una teoría que si bien no puedo probar no deja de tener sentido: Los señalados como supuestos autores de este crimen en el libro ¿Quién mató al obispo?, distintos estos de aquellos que fueron condenados –paradoja de paradojas– fueron quienes “inspiraron” el libelo. Se les señala en este –sí– pero sin llegar a ellos, ¡no corren peligro! Sin embargo se alcanza el propósito –en su beneficio– de enmarañar el caso. De disfrazar plenamente el crimen político, sumergiéndolo en un pantano de múltiples elementos distractores y haciendo dudar de la relación de los Lima con aquellos. Los Lima son piezas de la trama como lo es el propio Orantes, pero –en mi criterio– simples objetos de esta, usados para satisfacer los fines que otros perseguían y que se satisficieron con creces: El mensaje de terror y la desacreditación del propio Ejército –o mejor dicho del Ejército que había combatido y el de la Iglesia– fue que “todos son iguales: curas y chafas, los hay buenos y malos, ¡todo es lo mismo!” Si la orden dada al capitán Lima para que se presentase a la escena del crimen –ocurridos ya los hechos– se hizo sin el ánimo de incriminarlo, lo debe esclarecer aquel que se la diera. Las cosas no ocurren porque sí y esto debe de ser esclarecido, lo que puede incriminar o no a su autor y favorecer o no a los Lima. El recurso último aún no se ha intentado –recurso que, por otra parte, jamás se agota en el sistema jurídico que nos rige–, el recurso de revisión, recurso de carácter excepcional que se puede interponer cuando aparecen circunstancias y pruebas que no se conocían, las que pueden sobrevenir en cualquier momento. Algo que puede llegar a ocurrir una y otra vez, por lo que la posibilidad de recurrir jamás termina. Ya me permití calificar la sentencia emitida como un auténtico churro –mamotreto que constituye la antítesis de los silogismos jurídicos– pero ello no descalifica el proceso judicial habido y debemos entender que leerla no nos aproxima a la inmediación de la prueba, que es lo que vieron y oyeron, olieron, gustaron y sintieron –personalmente– los jueces y quienes se hayan encontrado en el lugar de las audiencias. La inmediación es fundamental para su mejor apreciación, ya que cuando uno no participa en los debates queda limitado a la frialdad los papeles y resulta sumamente difícil compartir la apreciación habida por quienes estuvieron en todas las audiencias. Claudia Méndez puede ser un fiel testigo de lo que fue el proceso y valiosas son sus percepciones personales sobre el mismo, puesto que, como periodista, cubrió la totalidad de los actos procesales. Mi crítica más que al proceso lo es al raciocinio “jurídico” que produjo la sentencia o, en todo caso, a la forma en que se plasmara, el que resulta incoherente y desafortunado. ¿Quién dio la orden? ¿De dónde provino? ¿Por qué no la explica quien debe explicarla y asume la responsabilidad de haberla dado? Y algo más: ¿Quién fue quien se la dio a quien la diera? Agregar comentario: |
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