laColumna: Lucha libre
Fuimos una de las delegaciones más grandes del mundo. ¿Cómo no? Si el viaje costaba algo así como US$400 con pasaje ida y vuelta, hospedaje, transporte y comida incluida durante la semana que duraba el XIV Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en La Habana, Cuba. No se crea que era el espíritu comunista el que nos movía a todos, mas bien el consumista, que dictaba que una oferta así, no debía desaprovecharse.
Lo que no sabíamos era que ponernos a vivir en casas de personas fieles al régimen cubano era parte de una estrategia muy bien planeada; los anfitriones recibían un cargamento de cerveza, papel de baño y víveres mientras nosotros recibíamos un cocowash para hacernos creer que Cuba era la utopía hecha realidad. Y claro que lo creímos, al menos los primeros tres días, pues nos sedujo la calidez y amabilidad de los cubanos, las inmensas imágenes del Che Guevara, las anécdotas de Camilo Cienfuegos y los conciertos en vivo de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. La “sede de una esperanza” albergó ese año a jóvenes de 136 países del mundo que rompimos la rutina de la telenovela, la libreta y los apagones en la vida de los cubanos. Pero todo era un escenario tan frágil que con sólo hacer algunas preguntas capciosas o ver la diferencia del trato entre los extranjeros y los cubanos fue suficiente para que el teatro se desmoronara y nos diéramos cuenta que la panza llena no es el único requisito para tener un corazón contento. A pesar de la decepción puedo decir con seguridad que ese viaje me cambió la vida y me llenó de esperanza. Por eso, hoy, exactamente diez años después, no me resisto a recordar con un mojito mientras tarareo aquello de: “Después de tanto tiempo y tanta tempestad... Son los sueños todavía/ los que tiran de la gente/ como un imán que los une cada día”. Agregar comentario: |
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