Uno de los grandes poetas argentinos del siglo XX se llamó Armando Tejada Gómez. Muchos de sus poemas fueron musicalizados, como es común en la América del Sur, en la que se hace frecuentemente una fusión entre las letras de los poemas escritos por sus mejores poetas y sus grandes músicos. De esa mezcla han nacido muchos clásicos de la música argentina y brasileña, solo para mencionar dos casos conspicuos. Tejada Gómez es el autor del poema de “A esta hora exactamente, hay un niño en la calle”, como los muchos que viera en las calles bonaerenses. Él y otro mago de la música, como lo fue Astor Piazzolla que, junto a Horacio Ferrer, escribieran también el tango “Chiquilín de Bachín”. Así se llama hoy una casa de entretenimiento en la ciudad de los “buenos aires”.
El caso es que según Tejada Gómez “es honra de los hombres proteger lo que crece”. Y nosotros, que vivimos en una ciudad que se ha expandido territorialmente y que se ha poblado enormemente en los últimos 50 años, hemos visto crecer en sus calles y avenidas, en sus bulevares y calzadas, en sus raquíticas áreas verdes una enorme cantidad de niños abandonados en las calles. ¿Y qué hemos hecho nosotros los capitalinos para honrarnos, protegiendo lo que crece? ¿Qué se ha hecho institucionalmente, desde el Estado y la Municipalidad? Muy poco; demasiado poco, creo que es la respuesta. Ya sé que existen las famosas y loables “Casas del niño” y la Casa Alianza, mantenidas por el concurso de donaciones privadas. Sin embargo, no se dan abasto como el caso de los asilos de ancianos.
Los estudiosos de la ciudad sabemos que nuestros abuelos, desde los tiempos coloniales, crearon y sostuvieron hospicios para proteger a la niñez desvalida. Se les brindaba albergue, alimentación y sobre todo educación a los huérfanos y a los niños que se abandonaban a su suerte en las calles de la ciudad pequeña y pacata. Por muchos años fueron regenteados por las monjas, y cuando en tiempos de Árbenz se intentó desalojarlas, las locatarias del Mercado Central lo impidieron. Y la derecha atenta utilizó dicho evento para llevar agua a su molino. Hace algunos años leí un libro de un egresado del Hospicio Nacional en el que contaba su historia y del orgullo de ser “Pishaco”, como los llamaban despectivamente.
Cuenta las bondades de tal institución y también sus sombras. Nos cuenta que practicaban deportes y especialmente el fútbol, pues todo mundo medianamente ilustrado en la historia del deporte de masas sabe que el origen del Club Comunicaciones de nuestros días tiene su fundación en el famoso equipo del Hospicio Nacional. Cuando yo era niño existían ya los niños de la calle, que pedían “comida” de casa en casa. No se les veía inhalar pegamento o beber botellitas de alcohol etílico a cualquier hora y en plena vía pública. No eran tantos como hoy.
La pregunta central es qué podemos hacer para sacar a los niños de las calles para brindarles mínimamente albergue, alimentación y educación como lo hicieron nuestros abuelos, para que no “naufrague su corazón de barco, su insondable alegría de pan y chocolate”, como alega Tejada Gómez. Aquí, señores, no funciona el sistema de libre mercado y, por lo visto, no resuelve un problema social y humano.
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