Si alguien le hubiera dicho que los periódicos publicarían obituarios, esquelas y cartas en su honor y que sus funerales convocarían a la intelectualidad de Guatemala, no lo hubiera creído.
El doctor René Poitevin nunca buscó notoriedad ni primeras planas. Lo suyo era la investigación social. Donde más a gusto se sentía era en su escritorio, volcado sobre una buena cauda de datos que analizar y rodeado de libros.
Con una vocación de apóstol, el doctor Poitevin le entregó su vida a las Ciencias Sociales. Lo hizo con un rigor impecable, pero también con una honestidad intelectual que no siempre se ve en la academia y con una generosidad desbordante, no solo hacia sus colegas y sus discípulos, sino hacia nuestro país.
Por muchas razones vale la pena destacar la trayectoria del doctor Poitevin, pero quisiera enfatizar su integridad como un hombre de ciencia comprometido con la realidad de su tiempo. De eso tenemos mucho que aprender las nuevas generaciones en este país nuestro.
A pesar de cuánto disfrutaba el doctor la investigación en sí misma –ese proceso entre metódico y creativo de redescubrir el mundo– nunca perdió de vista que su trabajo conllevaba una enorme responsabilidad política.
No investigaba simplemente por investigar, por saciar su curiosidad: sabía que en un país como el nuestro, agobiado por males ancestrales, las Ciencias Sociales están llamadas a la búsqueda de soluciones, a la propuesta.
Estudió leyes porque en su juventud ese era el único camino, además de la Historia, para quienes estaban interesados en comprender los entresijos de la sociedad. Al acabar la carrera, consiguió una beca y se fue a París a estudiar Sociología, donde obtuvo su doctorado.
Volvió a Guatemala cuando el enfrentamiento armado estaba a punto de ebullición y en vez de irse –como hicieron con buen instinto de conservación tantos académicos que se negaban a caer en el maniqueísmo de la Guerra Fría– el doctor Poitevin se quedó y se puso a trabajar. Sin aspavientos ni grandes gestos, pero con una independencia y un coraje que pocos se lo reconocieron en vida.
Así fundó la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales y la convirtió en una institución dinámica y fértil, donde decenas de investigadores han encontrado los recursos para desarrollarse.
Su esperanza en la juventud lo llevó luego a ocupar la Vice rectoría Académica de la Universidad Rafael Landívar. Hasta hoy, varias docentes de esa casa de estudios siguen expresando por él cariño, admiración y respeto.
Yo lo conocí por mis andanzas periodísticas más que antropológicas. Su figura, alta y delgada, siempre sobresalía entre la multitud en conferencias y reuniones. Como un faro, era sencillo acercarse a él para conversar o pedirle una opinión, porque le encantaba discutir y comunicar sus ideas.
Reflexivo y sereno, iba sacando su arsenal de argumentos para defender sus puntos de vista. Esa capacidad la demostró en su faceta de columnista de opinión, una labor que asumió sin medias tintas en las páginas de este diario.
El doctor creía en el diálogo, en tender puentes ideológicos. No se dejaba llevar por las modas ni la corrección política y era un demócrata empedernido, que se resistía a las candilejas de los mesianismos populistas.
Hace un año, asumió la dirección de la Fundación Soros. Lamentablemente se enfermó casi al mismo tiempo en que iniciaba esa nueva tarea y el cuerpo no le permitió llevar a término mucho de lo que soñaba para la institución.
Aun así, encontró la forma de dejarnos una gran lección, quizá la más valiosa de todas. Vivió su enfermedad sin quejarse, con un estoicismo que varias veces lo llevó a hacer acopio de todas sus fuerzas, simplemente para poder hablar en una reunión. Trabajó hasta el último día y todavía se las arregló, desde el hospital, para dejar indicaciones sobre la publicación de un libro.
Estoy convencida de que la razón fundamental de ese esfuerzo heroico no fue la ciencia ni su obra académica, sino el amor a su esposa, María Eugenia, por quien gustoso hubiera dado la vida. A ella, a sus hijos Pedro y Kimberly, Alejandro y Antonio, y su nieto, Daniel Alejandro, vayan mis condolencias: son herederos de un legado cristalino y fecundo.
Descanse en paz René Poitevin. Guatemala necesita muchos como usted.
dfernandez@xokomil.com
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