La Ley de Reconciliación Nacional que fue pactada por las partes y que no es más que una amnistía, impide la persecución de los delitos que fueron perpetrados a lo largo del conflicto. La decisión no fue tomada por nosotros: no fuimos nosotros quienes la pactaran ni fuimos nosotros sus legisladores.
Sin embargo, tal es la ley y la ley debe cumplirse.
Si no pueden perseguirse aquellos gravísimos delitos, si no pueden castigarse, si no puede aliviarse el dolor con la justicia, ¿podrá al menos cimentarse sobre el reconocimiento de los mártires y de tantísimo –tantísimo– dolor, una patria distinta? ¿Podría esto mitigar mínimamente ese dolor? ¿Podría convertirse en un imperativo moral para construirla?
Lo más grave de todo es el olvido y Hugo Rolando Melgar –excepción sea hecha de su familia, de quienes lo quisieron y lo recordamos– estaba en el olvido; en ese cruel olvido que pareciera imponerse como que si aquí no hubiese pasado absolutamente nada.
Las propias acciones contra escogidos militares –muy bien vistas y financiadas
en el extranjero– propician ese olvido cuando –queriéndolo o no– eclipsan otros crímenes, los crímenes que no se encuentran en la agenda. El asesinato de Roni Elmer Orellana –aquel pequeño niño de nueve años de edad, por ejemplo–, ¿a quién le importa? El dolor de aquella madre, ¿vive todavía?, ¿le importa a alguien?
Me he permitido señalar que no existe congruencia en quienes pretenden que unos delitos se persigan y otros no, y en quienes pretenden que el castigo se circunscriba a militares, exentos los insurgentes de cualquier persecución.
Mi lógica de “todos o ninguno” no puede aplicarse a la persecución y castigo de los criminales nazis más que en el sentido de que hubiese sido incongruente perseguir a unos y no a otros. Lo que tampoco admite la elemental congruencia lógica que invoco es que al igual que los crímenes del régimen nazi no quieran verse con idéntico rigor los perpetrados por Stalin.
El día en que los deudos de Hugo Rolando Melgar sean capaces de llorar por la muerte de David Guerra Guzmán y de Roni Elmer Orellana. El día en que Ligia de Guerra Guzmán sea capaz de hacerlo no solo por David sino también por Hugo Rolando Melgar y por todos y cada uno de los muertos. El día en que seamos capaces de compartir ese dolor y de condenar –finalmente– por primera vez, el primero de los crímenes, entonces, creo que talvez podríamos empezar a redimirnos.
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