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    Guatemala, lunes 20 de marzo de 2006

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    OPINIÓN

    La carga tributaria

    F. Villagrán Kramer

    En una democracia lo ideal es que todos los ciudadanos tributen.

    Pareciera un eslogan publicitario cuando en los medios de difusión se asocia el desarrollo y la industrialización de algunas naciones con las altas cargas tributarias que sus pueblos soportan y, de la misma manera, cuando se asocian los altos niveles de pobreza en muchas naciones con las bajas cargas tributarias de sus habitantes. En medio de ellas quedan, desde luego, aquellos enclaves que se anuncian como paraísos fiscales.

    En todo caso no se trata de conceptos propagandísticos en favor de los altos impuestos sino de realidades. Así al menos lo entienden los estudiosos de la economía y de las finanzas públicas; entre otros, el alto funcionario del Fondo Monetario Internacional que nos visitó hace pocos días y quien precisamente le expresó a la prensa nacional, de una manera sintética, que no se supera la pobreza si no se está dispuesto a pagar impuestos más altos que los que actualmente existen en Guatemala. Los anteriores conceptos cobran vida propia cuando, por ejemplo, se afirma que el desarrollo y los impuestos van de la mano, al igual que una baja carga tributaria va de la mano con la pobreza.

    Lo interesante de las dualidades desarrollo y una alta carga tributaria y pobreza y una baja carga tributaria es que no se trata de conceptos absolutos, puesto que en ambos se comprimen en una frase tanto los altos impuestos que un sector de la población paga en un determinado país y los bajos impuestos que otro sector paga en el mismo país. Como se logra superar la brecha entre uno y otro sector a fin de incrementar el bienestar de la mayoría, es asunto que unos debaten con ardor y otros con lógica, produciéndose una síntesis a cual más difícil de entender cuando los candidatos a la Presidencia dicen que no habrá nuevos impuestos ni se incrementarán los existentes.

    En una democracia lo ideal es que todos los ciudadanos tributen. Así decían en Inglaterra, por lo que establecieron un impuesto por persona. Este también se estableció en Guatemala y sobrevive en círculos municipales con el nombre de impuesto de ornato. Lo interesante es que es el propio contribuyente quien señala el monto que está dispuesto a pagar, dentro del cuadro que le muestran. Según los recaudadores, el promedio de personas pagan conforme a sus ingresos. Hace algunos decenios un ciudadano sugirió usar este método para el impuesto a la renta de aquellas personas cuyos bajos ingresos los exonera del impuesto a la renta, a fin de cumplir con el principio de que todo ciudadano debe contribuir al bienestar general.

    Se dice que en Guatemala la carga fiscal es baja, y en efecto lo es. Sin embargo, conviene desbrozar los términos que usamos para referirnos a los “aportes” que hacemos, toda vez que no todo lo que pagamos son impuestos, puesto que también existen los arbitrios, las cuotas y las contribuciones que algunos pagan al Estado; otros, al Estado y a las instituciones autónomas y, otros al Estado, a los entes autónomos y a las municipalidades. Hasta ahora no hemos depurado nuestras cuentas a fin de saber cómo distribuimos nuestros pagos. A algunos nos gustaría conocer esa realidad contable.

    La carga tributaria da, pues, para diferentes comentarios; unos, con buen humor y otros con el hígado. Lo importante es encontrar fórmulas y mecanismos que permitan superar las razones que muchos invocan al oponerse a lo que el gobierno propone en materia impositiva. De ahí que sugiramos que utilicemos en las áreas rurales y, particularmente, en las comunidades indígenas el sistema de la consulta popular. Creemos que si se escucha al sector indígenas, este en buen porcentaje estará de acuerdo en efectuar su aporte. Desde luego, habrá quienes digan que a los indígenas no les agrada contribuir al bienestar de los ladinos y quienes sugerirán que se precise en qué se gastarán los tributos que los aportarían. Desde luego, a la mente se vienen esas y otras interrogantes.

    F. Villagrán Kramer

    19 marzo 2006

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