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    Guatemala, domingo 24 de abril de 2005

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    PORTADA

    El escultor de ojos

    Es la única persona en Guatemala que talla prótesis oculares a mano. Su profesión, literalmente, le costó un ojo de la cara.

    Roberto Iglesias se presenta ante la gente con su nombre y su profesión, seguido del “mucho gusto” y una frase que deja extrañados a varios: “Y espero nunca tener que servirle.”

    Desde hace 27 años, Iglesias es ocularista. Se dedica a fabricar prótesis de ojos, pero a diferencia de las que se venden en el mercado y han sido elaboradas con máquina y en serie, las suyas son talladas y pintadas a mano.

    Con la ayuda de pinceles, óleos, acrílicos, tubos pvc y la experiencia que sólo le dio la paciencia y la desesperación, Iglesias se ha convertido en la única persona en el país que fabrica ojos postizos, con su puño y fuerza.

    Tiene clientes “desde Alaska hasta la Patagonia” -como él lo resume- y a su consultorio, una casa en La Terminal de la zona 4, lo visitan pacientes que van desde campesinos y albañiles, hasta políticos y pilotos aéreos.

    ¿Su secreto? Iglesias no lo explica, lo ejemplifica. Dice que para entender qué es ser mamá hay que tener un hijo, y que para saber de prótesis de ojos hace falta haber perdido uno. Y eso él lo sabe de sobra.

    TORTURA CÓNCAVA

    Iglesias perdió su ojo izquierdo en 1970. Reparaba una instalación telefónica en su casa cuando la guía de alambre salió por los aires y le atravesó el rostro. Después de una prolongada infección debieron quitarle el ojo y le colocaron una prótesis. Era un ojo postizo que no se parecía en nada al suyo ni en color ni en forma, lo recuerda. A leguas lucía ajeno, inexpresivo, muerto.

    La vergüenza de portar un ojo falso era como salir a la calle y sentirse desnudo, con mil ojos encima, la recuerda. El miedo a la mirada de la gente y a sentirse incomunicado lo encerraron en su casa. Pero lo peor de todo era ese cuerpo extraño enterrado en su órbita como una piedra gigante.

    Pese a las adaptaciones, la prótesis le molestaba todo el día. Le provocaba secreciones, sangrados y mucho dolor.

    “La vida se me volvió un martirio”, relata. Iglesias emprendió la búsqueda de un ojo de su talla. En dos años se cambió ocho veces de prótesis, con los mismos resultados. Harto y frustado, un día tomó su tortura cóncava y con un martillo la estrelló contra una grada de su casa. “No más”, le dijo a su esposa. “Yo voy a hacer mi propio ojo.”

    De prótesis él no sabía nada. Al momento de su accidente estaba recién casado, tenía veintipico de años (no recuerda cuántos) y se dedicaba a la elaboración de aromatizantes para carro. Pero armado de determinación, el joven empezó a experimentar con cuanto material se le puso enfrente para fabricar su ojo personal.

    Probó con silicones, acrílicos, vidrios, y varias clases de pintura. Sus primeros esbozos parecían canicas de colores, luego ojos de muñecos de peluche o iris de muñecas. Pero no lograba que alguno se asemejara al suyo.

    Durante ocho años hizo y deshizo un volcán de ojos postizos, hasta que consiguió una prótesis con su mirada, idéntica a su ojo derecho. Por fin había descubierto cómo debía hacerlo.

    EL ORIGEN DE SU FORTUNA

    Resuelto su problema, Iglesias se propuso ayudar a otros tan desesperados como él. Su primera paciente fue una niña que le refirió un amigo. Tardó un año en fabricarle la prótesis.

    Luego Iglesias presentó un proyecto al Departamento de Oftalmología del Hospital Roosevelt. A los médicos les encantó y de inmediato le refirieron pacientes. Eso fue hace 27 años y desde entonces su oficio es esculpir ojos.

    Su método sigue siendo tan artesanal como en 1978. Para elaborar una prótesis el paciente debe visitarlo cinco veces. En la primera sesión le toma medida de la cavidad y en la segunda talla el ojo artificial. En la tercera cita pinta el iris, tomando como modelo el ojo sano de la persona y la siguiente vez pinta la esclerótica.

    Iglesias copia los colores, manchas, venas y características especiales y se esmera en replicar la mirada del ojo natural. Para cuando coloca la prótesis, luego de 13 horas efectivas de trabajo, el resultado es un ojo tan igual al verdadero que simplemente pasa desapercibido.

    Es tan cotizado el arte de este escultor que los clientes le llegan de todas partes. Y tal es la fama del negocio que ya abrió dos sucursales, una en México y otra en El Salvador, atendidas por sus tres hijos, quienes le aprendieron el oficio desde que él intentaba, por las madrugadas y en un rincón de la casa, construir su primer ojo.

    Competencia, considera Iglesias que no tiene. Esas prótesis fabricadas en serie, “como si fueran panes o carros” no lo inmutan, dice. Y todavía no ha habido alguien en Guatemala que esté dispuesto a pasar ocho años sentado ante un escritorio y con un foco sobre la cabeza, tratando de emular rayitas del iris y diámetros de pupilas.

    Pese a la exclusividad, los precios de sus prótesis son tan accesibles para un piloto de avión como para un agricultor (con esfuerzos y ahorros, eso sí). La profesión de Iglesias nunca lo hará millonario, hizo cuentas él un día. Pero ayudar a los demás a librarse de la vergüenza y del dolor, y poder vivir de su trabajo le da mucha paz, dice, y ésa es su mayor fortuna.

    Paola Hurtado

    24 abril 2005

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