Asegurar que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo es uno de los perversos conceptos del mundo patriarcal, y mal haríamos las mujeres si no aclaráramos este asunto.
Ana María Rodas
Asegurar que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo es uno de los perversos conceptos del mundo patriarcal, y mal haríamos las mujeres si no aclaráramos este asunto. Por lo menos ahora, cuando el equipo de las Estrellas —que ya jugaba fútbol en Gerona antes de alcanzar sus quince minutos de fama— ha sufrido una nueva forma de utilización.
En lo que se refiere a las mujeres, las profesiones más antiguas han sido las de cazadora, agricultora, botánica, maestra, alfarera, guerrera, astrónoma y mitóloga. Por lo menos.
En la época arcaica del ser humano, la mujer participaba en la caza. Los grupos humanos eran pequeños y para cazar, todos sus integrantes eran necesarios. Además, era la jefe del clan familiar. No se sabía el papel del hombre en la fecundación y, como aseguran los antropólogos, el milagro de la vida que la mujer llevaba en sus entrañas constituía uno de los mayores sucesos mágicos.
Campbell, autor del libro Las máscarasde Dios, afirma que esa magia dio a la mujer un poder prodigioso, y que una de las preocupaciones principales de la parte masculina de la población ha sido destruirlo, controlarlo y emplearlo para sus propios fines.
La capacidad de observación de las mujeres les permitió poner en marcha la agricultura. En aquellas labores eran necesarios: el conocimiento de los astros, para saber los momentos propicios para sembrar; la fuerza, para roturar la tierra; gran experiencia sobre las plantas, para no envenenar a la familia entera.
Todo esto sucedía mientras la sociedad humana era matriarcal. La sucesión era matrilineal porque las madres tenían la certeza de quiénes eran sus hijos. Como jefes de grupo las mujeres decidían, además, cuándo y cómo pelear para defender los derechos de la familia.
Al comprender que la agricultura daba mayor certeza de supervivencia al grupo, los hombres comenzaron a interesarse en esa labor y así aparecieron la propiedad privada y el matrimonio. Era preciso asegurarse un terreno cultivable y los brazos para hacerlo rendir. Mediante una revolución patriarcal la mujer fue relegada a la tarea de parir, perdiendo su libertad y sus actividades productivas.
Y con las relaciones monógamas —para la mujer, por supuesto—apareció la prostitución, actividad hasta entonces desconocida, puesto que durante el matriarcado la pareja no existía y el apareamiento no era una actividad económica.
Miles de años más tarde, para mayor escarnio, se implantó el hábito de la dote: las mujeres, reducidas a la actividad reproductiva —como ahora se hace con vacas y gallinas— debían pagar al hombre para convertirse en la madre de sus hijos.
Muchos hombres, y no el ser humano, se las han arreglado siempre para subsistir propiciando la prostitución y la pornografía. Y la sociedad los ha premiado: véanse en nuestro tiempo los casos de Playboy, Hustler y otras obras literarias similares. La invisible línea entre la pornografía y lo erótico se vuelve clarísima cuando se evidencian las ganancias de la pornografía.
En Suecia, país civilizado si los hay, desde 1999 está vigente una ley que penaliza a quien compra el sexo, generalmente un hombre, y no a quien lo provee, generalmente una mujer.
Y es que en aquel país se estima que, aunque la prostitución como tal no sea un fenómeno social deseable, no es razonable criminalizar también a quien casi siempre es la parte débil, la parte explotada por quien quiere satisfacer su propio instinto sexual.
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