Domingo 2 Abril 2017
El Acordeón

El éxtasis de las profundidades

Por: Arturo Monterroso

El 5 de marzo pasado publiqué la segunda parte de mis notas sobre Americana, pero debido a un acontecimiento imposible de obviar (la tragedia del Hogar Seguro Virgen de la Asunción, a la que dediqué mi artículo anterior) no vuelvo sino ahora con mis apuntes finales acerca de la novela de Don DeLillo. El libro, narrado en ciertas páginas con la delicadeza de un relojero, la curiosidad de un observador de escarabajos y la intención de averiguar qué hay detrás de las cosas más simples de la vida, es un viaje cuyo destino podemos prever. No es difícil imaginar que el protagonista va hacia la nada. Porque como sucede en muchos relatos, es el viaje el que importa (la antigua y gastada metáfora de la existencia), el esfuerzo laborioso de construir la pregunta, sabiendo que no hay respuesta, como no sea llegar a la conclusión de que todo lo hemos hecho mal. Pero, además, está la manida excusa de escribir la novela. Como dice el padre de David Bell, un publicista cínico que había estado leyendo a Tolstoi: “Todo hombre piensa que alberga en su interior una novela”. El padre de Bell tiene un rostro “notablemente anónimo” y en eso se parece a la mayoría de los personajes de Americana: gente agradable que viste toda más o menos igual; que habla de forma parecida y dice las mismas cosas; esas personas que se esfuerzan por no transmitir lo aburridos o más o menos intercambiables que son, como los describe DeLillo.

El relato está plagado de digresiones, anécdotas independientes y secuencias retrospectivas que recuerdan la definición de novela fragmentaria, propuesta por Alberto Manguel para describir a este género narrativo en el siglo XXI. De manera que si a usted no le gustan las narraciones digresivas —aunque parezcan lineales—, con multitud de personajes, cada uno con su pequeña historia, absténgase de sufrir con esta novela narrada con cámara al hombro, pero también con la inconstancia de la mente humana. Tome en cuenta que, además, está cargada de descripciones minuciosas, largas y elaboradas que algunas veces lentifican la narración. Queda, por supuesto, la inquietud del descubrimiento. También la habilidad del autor para enlazar todo lo que cuenta. Y la invitación a participar de la cirugía del cuerpo de una sociedad decadente, con su mezcla de atracción y rechazo, como en el accidental y accidentado episodio de la señora Kling: “Varios años antes (…) me había encontrado allí a la señora Kling, sola e ignorante de mi presencia. Estaba de pie, rígida, sin zapatos y sin blusa, con un sujetador que parecía una lámina acorazada y que casi le llegaba hasta el ombligo (…). Había sido uno de esos momentos cuya explicación nos evade eternamente, un momento submarino, ladeado y deformado por el éxtasis de las profundidades (…). Largo rato después, ya calzada y vestida, regresó a la fiesta. Y entonces, como si quisiera demostrar la excelente artesanía de su aparato digestivo y su capacidad para triturar y procesar, vomitó encima de una mesa…”.

Don DeLillo, capaz también de describir escenas hermosas

(“…toda ella sombra y amenaza, como una larga y oscura garza que nadara a través de nuestro sueño vacío”) e inquietantes personajes (“…diminuta, torpe e indecisa, resultaba casi seductora”), ha sido considerado por Harold Bloom como uno de los más importantes novelistas estadounidenses de la última parte del siglo XX. Y, según Joyce Carol Oates, “un hombre de una escalofriante percepción”. El viaje de David Bell, cuya intención es descifrar la esencia de sus conciudadanos, podría encerrarse en un concepto perentorio: en Estados Unidos “existe una tercera persona universal, el hombre que todos ansiamos ser. La publicidad ha descubierto a este hombre, y lo emplea para expresar las posibilidades que se abren ante el consumidor. En Norteamérica, consumir no es comprar: es soñar”.

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