Domingo 26 Marzo 2017
El Acordeón

Si no regreso, dale esta cadena a mi hijo

Ana María Rodas

La telenovela


La frase fue pronunciada por la agente de policía Candy Sánchez asesinada por los pandilleros la noche del lunes pasado. La cadena le fue entregada al hijo de Candy, de cuatro años.

Esa corta oración  simboliza los sangrientos sucesos de estas semanas, pero también representa la triste condición en la que se encuentra el país.

El año 15 creímos que habíamos puesto todo en su lugar. Prueba de ello, decíamos para nuestros adentros, era la cantidad de corruptos que fueron a parar a las cárceles más opulentas del país, donde nadie registra a quienes ingresan a ella para visitar a la caterva que allí vive.

Nuestras esperanzas escalaron nuevas alturas al hallar al Juez Gálvez, que en el Organismo Judicial replica la entereza y la honestidad, la integridad de Thelma Aldana y de sus fiscales, cualidades visibles también en Iván Velásquez, cabeza de la CICIG.

No pensamos siquiera en cuánto nos acercábamos al abismo. Ahora, creo, estamos a milímetros de ser el Estado Fallido que todo el mundo teme. No recapacitamos en que el reunir toda esa mafia en el Mariscal Zavala les iba a permitir dedicar su tiempo a  entretenerse retorciendo la ley, obstaculizando procesos que ya deberían estar por finalizar.

Durante las últimas décadas, las organizaciones criminales relacionadas con el Estado pasaron a una fase larvaria. Poco a poco diversos funcionarios, candidatos, magistraturas, variados poderes, o partidos y personajes luchando por hacerse con el poder, fueron creando las redes de corrupción que llevaron a lo que ahora se conoce como cooptación del Estado.

Los organismos ilegales por los que justamente se pidió la instalación de la CICIG en el país, se mimetizaron y se constituyeron en funcionarios embutidos en todos los estratos posibles: desde la cima de los tres poderes del Estado y quienes les rodeaban. No se salvaron de la plaga las municipalidades: las larvas se asentaron, quizás, hasta en el último miembro de los Concejos.

No quiero decir con esto que ‘todos’ los funcionarios del país pertenezcan a tales legiones. Pero alrededor de presidentes, ministros, jueces, cuerpos de diputados, alcaldes, etcétera, penetraron las sombras, convenientemente camufladas.

Revisando durante las dos pasadas semanas periódicos de esas décadas no comprendo por qué no logramos darnos cuenta de cuánto caíamos cada mes, cada año, cada semana.

Los zares de la droga penetraron terrenos, haciéndose primero de los lugares de paso. Se establecieron poco a poco en zonas alejadas de la capital, sin olvidar que aquí era territorio de las pandillas, las maras. Los narcos y los pandilleros se aliaron y como arañas monstruosas fueron extendiendo sus patas por todo el territorio nacional.

Creció el número de pandilleros, crecieron sus actos criminales, pero los organismos del Estado, desintegrados por la corrupción, no tenían la capacidad ni el interés de enfrentar los actos de maldad. Así, hagan las cuentas: cuántos pilotos han sido exterminados en años pasados, cuántas mujeres asesinadas y despedazadas comenzaron a aparecer, primero en barrancos, luego con profundo desprecio o burla, junto a los muros de lugares donde debería haber habido presencia permanente de autoridades policíacas.

El desmadre, que otra expresión no existe para tipificar este país en que vivimos, ha llegado a tales extremos que no hay palabras para describirlo.

Los corruptos que se encuentran presos se ríen de nosotros aprovechando justamente las leyes. De sus abogados no quiero decir nada. Cierto es que hay que defender a los presuntos criminales, pero todo tiene un límite.  Y ese límite, infortunadamente, lo pone el dinero que se va a pagar por presentar uno tras otro, como si cuentas de collar fueran, los recursos que la ley les provee, y colocar estorbos en el camino para quejarse luego de que sus “representados” ya llevan demasiado tiempo en la cárcel.

Solo una joven de 22 años supo en dónde estaba metida, a lo que se exponía. Y le dio a una amiga una medalla de plata con la esperanza de que esa medalla librara a su hijo, su mayor tesoro, del mal que nos invadió desde hace décadas.

comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *