Domingo 19 Marzo 2017
El Acordeón

Último capítulo

En sus últimos momentos, don Quijote llama al cura y se confiesa. Discreto, Cervantes nada nos dice de esa confesión, que queda en el mismo misterio del sueño que devolvió la lucidez al personaje. ¿Qué soñó don Quijote mientras dormía? ¿Qué pecados confesó al cura? Por toda la eternidad, no lo sabremos.


Por Dante Liano

 

Encuentro, en la Revista de la Universidad de Buenos Aires de 1958, un artículo que podría enriquecer la literatura fantástica: Jorge Luis Borges comenta el último capítulo del Quijote. Borges mantuvo relaciones disparejas con la literatura en lengua española: a veces declaraba admiraciones casi reverentes, como en el caso de Cervantes o Rubén Darío, a veces aborrecimientos inextinguibles, como en el caso de Baltasar Gracián, a quien nunca perdonó el trabajado exceso conceptista de llamar a las estrellas “gallinas de los campos celestiales”. Borges padeció la admiración americana por Quevedo, aunque, en conversaciones privadas, señaló agudamente que sus sátiras estaban condicionadas por el poder. En efecto, decía Borges, Quevedo atacó a panaderos, prostitutas, abogados y médicos, pero nunca a los miembros de la corte, de los cuales dependía. Alguna vez, el escritor argentino se burló del título de una novela de Pérez Galdós: Miau, y es difícil no darle razón. No soportaba a García Lorca (compartía esta equivocación con Dalí, a quien el Romancero gitano pareció de un andalucismo de folclore) y hay quien sospecha que el Pierre Ménard de su famoso cuento sobre la reescritura del Quijote aluda de alguna forma a Unamuno. También había parodiado el universalismo de Neruda en el patético protagonista de El Aleph.

Su lectura de Cervantes resulta más afectuosa que reverente. Y quizá no es casual que haya escogido el último capítulo del Quijote, en donde se presentan más las emociones que las farsas. Un primer apunte de Borges llama a la sensatez: se exige al lector que haya acompañado a don Quijote en sus aventuras anteriores, de modo que se entre al capítulo final considerando a los protagonistas como amigos, no como personajes. Porque el mismo Cervantes ya no habla de ellos, en este capítulo final, como figuras ficticias, “sino como amigos suyos y nuestros”.

En este episodio final, el título se abstiene de misterios: dice “De cómo don Quijote cayó malo y del testamento que hizo, y su muerte”. Lejos están las bromas de aquellos títulos que anunciaban “Donde se habla lo que en él se verá”. Sabemos a lo que vamos. No obstante esa primera transparencia, Cervantes nos juega otra deliciosa trampa, al comenzar diciendo: “Como las cosas humanas no sean eternas…”, y con eso le confiere a su personaje una realidad que no tiene, o, como mejor dice Borges: el Quijote “es un sueño, un sueño de Cervantes, un sueño que pudo ser inmortal”.

Encontramos a don Quijote postrado después de su última derrota y, para animarlo, los otros personajes lo incitan a que se levante para seguir combatiendo engendros, venciendo gigantes, enamorando a Dulcinea. Esto es, el bachiller Sansón Carrasco, el ama, la sobrina, el cura y Sancho siguen danzando en aquel mundo imaginario que durante toda la obra han combatido, mientras don Quijote se prepara a recobrar la lucidez. La lucidez y la tristeza. Viéndolo tan melancólico llaman a un médico que, fantasma de un instante, aparece un momento para desparecer de inmediato. Más que un médico, un pretexto narrativo para decir que “atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro”. Médico fugaz, médico honesto. Al oírlo, ama, sobrina y escudero comienzan a llorar copiosamente, y Borges anota que ese llanto es el nuestro, pues anticipamos la despedida del personaje al que hemos llegado a querer y es el de Cervantes, que tendrá que separarse de un compañero de años y años.

En seguida, Borges examina el problema técnico que se le plantea a Cervantes con la recuperación de la lucidez de su personaje. Toda la obra está escrita para que, al final, Don Alonso Quijano recobre la razón. “Cervantes, sin duda, pudo haber inventado un episodio singular”, dice Borges, “pero recurrió en buena hora a algo más convincente y más misterioso: al oscuro proceso del sueño. ¿Qué nos pasa al dormir? ¿De qué mundo desconocido regresamos al despertar?” Seis horas duerme don Quijote, al cabo de las cuales, proclama casi a gritos que ha recuperado la razón y traza una línea sin equívocos entre la realidad y los “disparates” y “embelecos” de la imaginación. Reflexiona Borges: cualquier otro habría hecho morir a don Quijote combatiendo contra gigantes o paladines. En cambio, es más turbador y más triste este regreso a la cordura que el prestigio de morir loco.

Cuerdo, sí, pero más que nunca valiente. Si fue arrojado hasta la temeridad en su locura, esa reciedumbre de espíritu se fortalece cuando se enfrenta al más hostil y duro de sus enemigos: la severa realidad de la muerte. Con la misma valentía con que exclamó, capítulos atrás, “¿Leoncitos, a mí?”, ahora “sabe que toda su vida ha sido un engaño y no siente miedo. […] Alonso Quijano ahora está solo; sabe que todas sus empresas han sido necedades y humo. Sin embargo, ni se acobarda ni se entristece; se alegra porque ha encontrado la verdad, aunque esta verdad venía a aniquilar toda su vida”.

En sus últimos momentos, don Quijote llama al cura y se confiesa. Discreto, el narrador nada nos dice de esa confesión, que queda en el mismo misterio del sueño que devolvió la lucidez al personaje. ¿Qué soñó don Quijote mientras dormía? ¿Qué pecados confesó al cura? Por toda la eternidad, no lo sabremos. Llama también al escribano y dicta testamento con claridad admirable. Recuerda incluso algunos dineros que debía a Sancho. La reacción de Sancho responde a su personaje: invita a don Quijote a levantarse, “porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más” y lo invita también a que se disfracen de pastores y vayan a buscar a la señora Dulcinea detrás de una mata, ya desencantada. Los papeles se invierten, señala Borges, y el que habla quijotescamente es Sancho, mientras don Quijote sufre ya de una cordura irreversible.

Hecho esto, se entra en el grave momento de la espera de la muerte. Ocurre aquí algo profundamente humano y profundamente cruel: pues aunque estaban tristes y dolidos, “comía la sobrina, brindaba el ama y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena…” También Cervantes está cerca de la muerte y no por nada ha vivido. Conoce con profundidad de experiencia al ser humano y harta razón le asiste cuando señala la alegre tristeza de los deudos.

Notable, también, el pasaje de la muerte de don Quijote: “el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu: quiero decir que se murió”. Comenta Borges: “Los autores suelen cuidar el lecho de muerte de sus héroes. […] Cervantes deja que éste se vaya de la vida de una manera lateral y casual, al fin de una frase. Cervantes nos da con indiferencia la tremenda noticia. Es la última crueldad de las muchas que ha cometido con su héroe; acaso esta crueldad es un pudor y Cervantes y don Quijote se entienden bien y se perdonan”.

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