Domingo 5 Marzo 2017
El Acordeón

Settembrini o Naphta

Mann consigue recuperar la voz de una época clausurada, cerrada por el arrebato y la locura de una comunidad humana dispuesta a abrir las puertas del infierno en la tierra, como si reviviera la voz, los gestos y los rasgos de una cultura confiada y creyente que ha llevado, sin sentirlo ni saberlo, los síntomas de su propia destrucción.

Por: Por Rogelio Salazar de León
Thomas Mann publicó una novela preclara en 1924; un momento en que Europa ya había pasado por mucho: adelantos y retrasos, revoluciones y guerras, anhelos y decepciones; para entonces, ya el optimismo racional ilustrado pudo haber parecido un horizonte remoto y brumoso; pero lo que más asombra es que a la hora de esta publicación, todavía faltaba lo peor.

La novela se llama La montaña mágica, y el hecho que aquí importa reside en que este es un texto en donde el autor logra plasmar varias cosas, a lo mejor para conseguir el efecto del contraste dialéctico; pocos textos han sido tan oportunos y caído en un momento tan justo, porque durante esos años ese mismo diálogo pudo ser el trazado por dos campeones del pensamiento: Ernest Cassirer y Martin Heidegger.

Mann consigue recuperar la voz de una época clausurada, cerrada por el arrebato y la locura de una comunidad humana dispuesta a abrir las puertas del infierno en la tierra, como si reviviera la voz, los gestos y los rasgos de una cultura confiada y creyente que ha llevado, sin sentirlo ni saberlo, los síntomas de su propia destrucción; síntomas que se han llevado adentro tan profundamente que, al aflorar, convierten al enfermo desahuciado en el primer sorprendido.

Siempre, quien que sabe algo o mucho, también es algo o mucho lo que ignora, y este es justamente el caso de una de las voces de la novela, la que corresponde al nombre de Settembrini y, también, la que podría ser la primordial o, más bien, la voz oficial del mundo moderno, una voz que al tomarse en cuenta e incluirse convierte al texto en una novela de despedida.

Según esta versión de las cosas, ante el futuro solo se vislumbran promesas de progreso sin fin ni pausa, por lo que se anuncia una humanidad nueva salida de los talleres de la educación moderna, fundada en los principios del idealismo clásico y la razón científica, capaz de eliminar de raíz y para siempre los residuos de la superstición que aún lastiman nuestra inteligencia y nos lastran a las oscuras cavernas de la prehistoria.

Settembrini se ve a sí mismo como el que sabe y, en consecuencia, como el encargado de educar al mundo; pero como se habla de una novela con una trama, él se ve a sí mismo como el encargado de educar al inocente, inmaduro y limpio Hans Castorp, como si su única meta fuera entregar a este joven al mundo verdadero, también podría decirse: al mundo de la verdad, eso sí, convertido en un guerrero de la ciencia y el progreso.

Settembrini es un argumentador incansable que profetiza la paz universal sobre la base del republicanismo democrático y, así, encuentra su mayor satisfacción al saberse y sentirse a la altura de los tiempos que en suerte le ha tocado vivir, sin embargo hay que subrayar que Settembrini se encuentra lejos de ser un Robespierre, porque en su idea del mundo no residen las exigencias de la revolución, tan cercanas a la violencia, la destrucción y la muerte; él se cree heredero de un tiempo que confió en haber eliminado la violencia para siempre, en un mundo cercano a una perfección civilizatoria que permita el despliegue de una cultura y una sociedad más humana, plenamente emancipada y sin ninguna atadura, más que a la encumbrada razón.

Pero, como toda pluma exquisita, Mann coloca al Settembrini de la novela en las cumbres alpinas y, a la par, lo convierte en un contagiado de tuberculosis que, entre otras cosas, fue uno de los rostros más definitivos de la muerte durante el optimista siglo XIX, como si el tiempo que tanto confía en sí mismo estuviese contaminado de una decadencia innegable y rotunda.

¿Será posible, acaso que Settembrini, como si fuese el Dr. Jekill de Stevenson, lleve dentro de sí un lado oscuro…?

El segundo personaje de la novela está destinado a oponerse a Settembrini; posee una figura rara y enigmática, su pasado es indescifrable y oscuro, y su identidad aparece matizada de inquietud y dolor; él es un hombre que en su propia estampa lleva todas las señales del pueblo errante de la historia, como si el propio Thomas Mann, que nunca caía en una trampa, hubiese compartido la caricatura que se venía diseñando y dibujando desde las oscuras trincheras antisemitas.

Alguien dirá más tarde que el novelista se sirvió de los rasgos de Giörgy Lukacs para precisar la imagen de Naphta o, tal vez, este último está tan bien diseñado que sirvió al mismo filósofo húngaro para adoptar y hacer suyos los atributos del personaje salido de la pluma de Mann.

 

 

Naphta no aparece en las alturas alpinas como quien es un habitual de allí, sino como quien de pronto llega, como quien alcanza las encumbradas alturas; pero lo cierto es que en la Europa de entre guerras se produjo un personaje propenso al mareo y la náusea, impregnado de un espíritu romántico y revolucionario, de un aura mística y proclive a leer a Dostoyevski, una combinación que se orienta contra el planificado orden burgués y todo lo que ello, de un modo u otro, significa: positivismo, democracia, igualitarismo, mercantilismo; y todo esto combinado en una mezcla destinada hacia al rechazo y el asco por el capitalismo, el liberalismo y los valores de la democracia burguesa.

Naphta habla de un tiempo que habrá de llegar, seguramente, por vías de una violencia atroz, porque su fin será arrasar la apariencia de una quietud hipócrita, surgida desde un miserable y ruin egoísmo mercantil, como si a alguien apeado en una obesidad abotagada no le quedase nada más que la muerte inevitable.

Para más datos, Naphta es un jesuita, en cuyo discurso aparecen los aromas del místico y cristiano primitivo y, a ratos, el esplendor suntuoso de un cristianismo romano poderoso que no tiene pelos en la lengua ni se priva de decir las cosas con todas sus letras, dándose por enterado de que, para que las cosas cambien, siempre ha sido preciso e inevitable que ríos de sangre purifiquen la lucha de los pueblos.

El perturbador jesuita profetiza una tierra prometida que, como se ha pretendido siempre desde el Génesis, ha de ser de Dios y del hombre, en donde la miel y la leche sean el alimento del león y el cordero, del cazador y la presa, del depredador y el depredado, y ya no más un lugar en donde las crías corran el peligro de ser devoradas, incluso por sus propios padres.

Tanto, Settembrini como Naphta, pelean por el alma del joven Hans Castorp, y esa lucha es la mejor muestra de que este joven es el hijo de unos ideales que pertenecen a un mundo que le cierra las puertas en las narices y, en fin, él es un heredero a quien solo le queda la guerra y el fragor del fuego destructor y/o purificador.

La novela se cierra con el joven Hans hundido en el lodo ensangrentado de la batalla que, como había dicho Hölderlin, es el lodo en que se hunde el hombre moderno.

Para entonces los ideales de Settembrini quedan sin cumplirse, mientras Naphta se ha pegado un tiro en la sien.

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