Domingo 12 Febrero 2017
El Acordeón

Carmen L. Pettersen: Naturaleza, cultura y paisajes de la bocacosta guatemalteca. 1930-1984

La muestra Carmen L. Pettersen: Naturaleza, cultura y paisajes de la bocacosta guatemalteca. 1930-1984 será inaugurada el próximo 15 de febrero en el Museo Ixchel del Traje Indígena. Esta exposición incluye más de treinta obras, que por muchos años  han permanecido en colecciones privadas y salen a la luz pública por primera vez. Conocida por sus  acuarelas sobre trajes tradicionales y por su libro Maya de Guatemala, la referencia documental más importante y completa de trajes y textiles del altiplano, Pettersen es autora de una importante obra paisajística que registró las compactas masas de vegetación de la extinta selva costera. Este texto es una síntesis de una investigación más amplia sobre su vida, su obra y legado.


Por Rosina Cazali

Carmen Dorothy Gehrke de Maria y Campos fue hija de Arthur Henry Theodore Gehrke de nacionalidad inglesa, y María Magdalena Soledad Isabel de María y Campos Hoffmann, nacida en Veracruz, México. Arthur Gehrke era agente de la firma inglesa de importaciones y exportaciones para Centroamérica y México: Rosing Brothers and Company. Fue uno de los muchos inmigrantes extranjeros que participaron en el período de prosperidad en Guatemala, fomentado a través del cultivo del café y el largo proceso de transformaciones y búsqueda de modelos de avance promovido por la Revolución Liberal de 1871.

Arthur Gehrke fue parte de ese gran proyecto progresista, basado en los incentivos de inmigración de extranjeros. Considerando los recorridos que Arthur realizaba a través de toda la región, los directivos de Rosing Brothers decidieron ubicarlo de manera permanente en la ciudad de Guatemala. Con sus dos niños, Enelda Francisca y Arthur Richard, el matrimonio Gehrke se estableció en el Barrio de Jocotenango, cerca del templo dedicado a Minerva. Conectados con la vida social de la ciudad, la residencia de los Gehrke funcionaba como lugar de encuentro de empresarios, finqueros y personalidades que les visitaban para poner en orden negocios o sencillamente porque Arthur Gehrke, aun en su calidad de ciudadano inglés, fue nombrado cónsul honorario del Reino de Noruega en Guatemala. Sin embargo, después de seis años viviendo y siendo un referente imprescindible en el país, en el año 1904 los directivos de Rosing Brothers llamaron a Arthur Gehrke para adjudicarle nuevas atribuciones, lo cual implicaba la decisión radical de trasladarse a Inglaterra. La familia empacó todas sus pertenencias. Los dos niños, Toya, la nana indígena, y dos nuevos miembros de la familia (Carmen con cuatro años y su hermano Conrad de un año) iniciaron un largo y tortuoso viaje desde el Puerto de San José hasta un vecindario al sur Londres.

 

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Ocupada con el bebé, entre llevar a Enelda y Arthur a la escuela y atender la casa, Magdalena siempre enviaba a Carmen a jugar al jardín. Extrañando el clima perfecto de Guatemala, pasaría ahí muchas horas de soledad, observando los cambios en la vegetación, el paso de las estaciones y creando vínculos con un espacio que se transformaría años más tarde en un referente de “lugar propio”. Para una niña pequeña era imposible entender la dimensión que ocupa el jardín en la vida de los ingleses, como alma de las comunidades locales, fuente de relajación, observación y ocio, emblema de identidad y memorias. Mucho menos lo profético que sería esta primera experiencia, donde regresaba continuamente el recuerdo de la ceiba en el Parque Morazán.

En 1909, con nueve años de edad, Pettersen fue aceptada en el internado Young Ladies Boarding School, situada cerca de Tunbridge Wells, al sur de Inglaterra. Rodeada de parajes excepcionales y prácticas educativas estimulantes, comenzó a recibir sus primeras lecciones de pintura. Comenzó, también, a desarrollar un gran interés en la naturaleza y a demostrar una habilidad poco común en el dibujo. En 1911 la familia Gehrke se trasladó a una nueva casa situada en Willesden Lane, desde donde podían distinguir los reflejos del Palacio de Cristal o caminar tres cuadras para tomar el tren hacia los famosos jardines botánicos de Kew Gardens. Alrededor de 1917, Carmen inició sus estudios en la academia Polytechnic Art School de Regent Street.

 

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Vuelta a Guatemala

Al concluir la Primera Guerra Mundial, muchos jóvenes regresaban a Londres para reencontrarse con sus familias y buscar trabajo. “La primera vez que vi a Leif Lind Pettersen fue en Bourne End, la casa de la familia situada en las orillas del río Tamesis”, recordó Carmen en sus memorias. Después de nadar en el río y un paseo dominical en bicicleta, regresaba a su casa a la hora de la comida. Encontró a Leif parado en la escalinata de la entrada a la par de su tío Walter Lind. Carmen estrechó la mano de Leif a quien años más tarde recordó como un joven de mediana estatura, con ojos de un azul profundo y un saco color kaki mal cortado, “nada que ver con el porte de un Vikingo”. Por su lado, Leif pensó: “That is the girl I am going to marry, or I will marry no one.”

En 1923 Carmen regresó a Guatemala junto a sus padres y su hermana Enelda. Los directivos de Rosing Brothers and Co. necesitaban a un representante de confianza en Guatemala y pidieron a Arthur Gehrke que se estableciera nuevamente en el país. Para entonces, el panorama citadino era desolador. Los terremotos de 1917 y 1918 habían dejado al país en ruinas. Para evitar las dificultades, la familia Gehrke decidió ubicarse temporalmente en la finca Helvetia, la cual era administrada por Walter Lind. En 1910, junto al inglés Gordon P. Smith, Walter Lind había adquirido la finca Moca situada en Santa Barbara, Suchitepéquez. En 1919, con el apoyo financiero de dos noruegos: John Poulsson y Harold Stange, Smith y Lind llegaron a administrar las fincas Tambor, Dolores y Palmira. Para tan alto nivel de responsabilidades, necesitaban el apoyo de personas jóvenes y de confianza. Su sobrino Leif viajó a Guatemala para integrarse a las labores de Gordon Smith & Co., la compañía más grande del país.

Después de reencontrarse en Guatemala, Carmen y Lief Lind Pettersen se comprometieron. Carmen estaba dispuesta a embarcarse en la aventura de vivir en una finca, como esposa de un noruego de pocos recursos. Organizaron la ceremonia la cual se llevaría a cabo en la finca Helvetia gracias a la invitación y generosidad de Walter Lind. A cambio de una gran boda en la ciudad, con muchos invitados, eso les ahorraría gastos. Con las maletas listas, antes de tomar el carro que los llevaría a la estación del tren, llegó un telegrama dirigido a la familia Gehrke desde Retalhuleu: “LEIF ESTÁ MUY ENFERMO. LA BODA TENDRÁ QUE POSPONERSE. FIRMA: W. LIND”.

 

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Aun enfermo, extremadamente débil, pesando apenas cien libras y con una fiebre altísima a causa de la malaria, el novio fue llevado en la parte trasera de un camión a Retalhuleu. Según la exigencia de las leyes de Guatemala, debían presentarse al registro civil junto con los testigos. Después de la extraña ceremonia, regresaron a la Helvetia para tomar el almuerzo y abrir algunas de las botellas de champagne que los Gehrke habían llevado para consolidar el matrimonio. Walter se ocupó de tomar fotografías y la familia se despidió demasiado pronto. Carmen volvió a ocuparse de Leif, decidida a trasladarlo al Hospital Americano en la capital. Tenía entonces 25 años. Era pequeña, de apariencia frágil, ojos caídos y muy delgada. Entre el miedo y la angustia se dirigió a Walter, gritando: “Leif se está muriendo”. Walter Lind la vio de reojo y estuvo a punto de estallar en contra de la impertinencia de la joven. Pero Carmen era ahora la esposa y la responsable de sus destinos.

Esa misma noche, Carmen y Leif abordaron el tren con poco equipaje y un quintal de hielo. Sobre el mismo colocaron las botellas de champagne sobrantes de la ceremonia con el fin de tener algo para hidratar al enfermo durante el viaje. Rompiendo el silencio nocturno, el tren atravesó el calor de Retalhuleu, dejaron atrás la humedad escuintleca y los olores de la bocacosta. Muchas horas después, chorreados de champagne, llegaron por fin a Guatemala. Sacar a Leif de la crisis, además de enfrentarse a Mister Lind, no había sido poca cosa. Para vivir en el trópico había que prepararse.

 

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Las memorias de Carmen L. Pettersen proveen una serie de datos en cuanto a la vida de las mujeres en las fincas en la primera mitad del siglo XX. La historia tradicional sobre el cultivo del café y la vida en las fincas ha sido estudiada principalmente a través de la experiencia de los hombres, quienes manejaron las decisiones como agrimensores, a partir de la industrialización de los productos, las economías que produjeron la expansión agrícola y la continuidad de los modelos y jerarquías laborales que se formaron desde la época de la colonia en Guatemala. Pero la historia de una artista como Carmen L. Pettersen rescata ciertas dinámicas que se dieron en los espacios privados de las fincas. Si los hombres controlaban la producción de las grandes extensiones agrícolas, las mujeres decidían sobre el ámbito de la sobrevivencia. Si lo agrícola estaba presente en todas las actividades de la familia no es raro que las mujeres desarrollaran aficiones como el cultivo de plantas, especialmente especies como las orquídeas.

En su condición de “eterna extranjera” en Guatemala, la vida de Carmen aporta formas peculiares de relación con los trabajadores de la finca. Los nietos de Carmen recuerdan y relatan cómo llegó a ser una persona apreciada por los peones y habitantes de los alrededores de la propiedad al proveerles con diagnósticos médicos aproximados y medicinas gratuitas. Ante la precariedad de las comunidades y sus habitantes, Carmen inició una cruzada personal. Al paso de los años se convirtió en una referencia obligatoria en la asistencia de enfermos, principalmente con síntomas de enfermedades endémicas. El papel que jugaron muchas mujeres y esposas de dueños de fincas, fue crucial en el mantenimiento de las buenas relaciones con los obreros, sus familias y esposas. Las atenciones y los regalos y las provisiones que les aportaban eran, como lo calificó el escritor Daniel Wilkinson, “el cemento que mantenía a la finca unida”. Para Mark Leonowens, su abuela fue “la bruja blanca de la finca El Zapote”.

El Zapote y la Condesa de Cinchona

La primera propiedad que Carmen L. Pettersen y Leif L. Pettersen adquirieron fue la finca La Colonia, situada en El Tumbador, San Marcos, una propiedad pequeña con grandes dificultades, desde donde solo se podía entrar y salir a lomo de mula. Para entonces, la fluctuación de los precios del café y la crisis financiera que explotó en 1929 con la Gran Depresión afectó a los miembros de la creciente elite cafetalera de Guatemala. Leif Lind Pettersen se vio obligado a vender La Colonia. No obstante, también se vio beneficiado con la posibilidad única de comprar la finca El Zapote, situada en las faldas del Volcán de Fuego, en el departamento de Escuintla.

Al dar inicio la Segunda Guerra Mundial, la producción de quina pasó a ser un objetivo militar de los países aliados en contra de Japón. Después de tomar Indonesia, los japoneses controlaron el uso del medicamento, de las semillas, de la propagación de la planta y su exportación quedó vedada. Con el inminente peligro de que las tropas norteamericanas quedaran desprotegidas en las selvas tropicales del Pacífico, infestadas de zancudos, el Departamento de Estado de los Estados Unidos inició una cruzada en los países Latinoamericanos y otras latitudes para encontrar alternativas de cultivo y asegurar suministros del producto. Con la asesoría de la empresa Merck and Co. Inc. de Nueva York y la gestión de Wilson Popenoe, se convocó a empresarios y finqueros para que oyeran la propuesta y se apuntaran como colaboradores del proyecto. Leif Lind Pettersen fue uno de ellos. Con el cultivo exitoso de las semillas de quina tipo Ledger y el afán de Pettersen por desarrollar injertos adecuados al clima y la tierra volcánica, la finca El Zapote comenzó a figurar como una de las principales plantaciones del producto.

 

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La bocacosta es de color Verde Winsor

Para comprender el andamiaje artístico con el que se formó Carmen, es necesario retroceder en los ideales del arte cultivados en plena era victoriana. En ésta, el paisaje no fue un simple telón de fondo. Fue un agente activo para la formación del carácter, el comportamiento y la moralidad. La captura del entorno natural fue una forma de proveer memorias, sentido de nacionalidad y pertenencia. En la línea histórica del arte inglés, la pintura de paisajes jugó un papel crucial. En la literatura, la poesía, la música e incluso en la práctica de la jardinería, la lista de estudiosos, intelectuales y creadores dedicados al tema también es inabarcable. La sola mención de personalidades tan distantes en su cronología, como los pintores William Turner (1775-1851) y John Constable (1776-1837), el de las escritoras Emily Brontë (1818-1948) frente al de Beatrix Potter (1866-1943), hasta el de artistas contemporáneos como Ian Hamilton Finlay (1925-2006), da cuenta del papel que ha jugado el paisaje en la cultura británica. En las obras de estos autores, y tantos otros, el paisaje aparece como metáfora o símil, que escudriña el subtexto de la tierra, el mar y el cielo, para hablar sobre el estado mental de quien vive en una isla pero se sabe parte del continente.

Estas reflexiones y miradas sobre el paisaje también se encuentran vinculadas al modelo narrativo que desarrollaron los cronistas y artistas viajeros desde el siglo XVIII y que siguió su curso a través de la fotografía. Los diarios de viaje, tanto en la descripción escrita como en los apuntes gráficos de los especímenes que buscaban, estudiaban y coleccionaban y durante sus expediciones por América, Asia o África, se transformaron en un género y una práctica que unía la experiencia del viaje con el anhelo de documentar científicamente aquellas formas naturales desconocidas que alimentaban la curiosidad del ojo europeo ante lo distinto. Como evidencia quedan los diarios de la botánica inglesa Caroline Salvin (1838-1917) durante el viaje que realizó por Guatemala junto a su esposo Osbert Salvin, entre 1873 y 1874.

 

Como producto de toda esa tradición surgió la figura de Carmen L. Pettersen. Sus obras de paisajes fueron resultado de la observación respetuosa de la bocacosta, un entorno que pocos pintores han abordado en Guatemala. Para Pettersen, el entrenamiento académico fue su recurso y método para plasmar lo que sucedía en el entorno de la finca y su atención hacia los árboles. Matilisguates, chapernillos, flamboyants, lagerstroemias, conacastes, caimitos, ceibas, aguacates, amates, papayas, matapalos, la diversidad de helechos, monsteras, palmas, bambú y tantas otras especies tropicales, se distinguen por sus texturas, colores, floración, edades y formas. En ese sentido, tuvo el mérito de abrir nuevos puntos de vista sobre una zona geográfica y ambiental que, a través de los años, cambió drásticamente por efecto de los monocultivos, las agroeconomías, la tala de árboles y la introducción de nuevas especies en esta zona en particular. Su obra es uno de los contados registros pictóricos de lo que fue alguna vez una selva tropical densa, un ecosistema en sí mismo, y cómo este se transformó en el paisaje de la costa sur que hoy conocemos, compuesto de grandes extensiones cultivables y delimitadas por la propiedad privada.

Tuvieron que pasar tres décadas para que Pettersen fuera considerada como parte del gremio de paisajistas locales. Su entrada definitiva fue en el año 1960, cuando fue invitada por la Empresa Nacional de Fomento y Desarrollo Económico del Petén (FYDEP), para realizar una excursión de carácter artístico cultural en Tikal. A través de la gestión del Coronel e Ingeniero Ricardo Barrios Peña se facilitó el traslado de un grupo de artistas al sitio arqueológico integrado por Humberto Garavito, Miguel Ángel Ríos, Salvador Saravia, José Luis Alvarez, Jaime Arimany y Carmen L. Pettersen.

Un jardín propio

Para Carmen L. Pettersen, Kew Gardens fue el referente exacto de todo lo que imaginó para cultivar su propio jardín. Según su nieto, David Leonowens, Kew Gardens fue el lugar que ella escogió para formarse, estudiar diseño de jardines e iniciar el proyecto monumental en la finca El Zapote. Con el apoyo de su esposo y la ayuda de Venancio Tubac Salazar, los trabajos de jardinización de 15 manzanas comenzaron en 1958. Todos los días, Carmen se encaramaba en su pequeño jeep azul para recorrer el jardín, revisar los avances y ordenar las nuevas tareas. Los nietos no estaban autorizados para observar a su abuela mientras pintaba. Pero el jardín fue un lugar de aventuras y la formación de una ética en relación al manejo de la tierra.

En los últimos años de su vida, Carmen L. Pettersen perdió la vista parcialmente. Su última obra fue pintada en 1984. Actualmente su jardín es una reserva natural y es considerado el jardín botánico más grande de la región.

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